Opinión

Opacidad y transparencia

 
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AMLO. (cuartoscuro)

Los contadores son fruto de la desconfianza. Cuánto entra, cuánto sale, cuánto hay. Son un reconocimiento institucionalizado de la falibilidad humana. En teoría, los contadores evitan la mentira y el desorden administrativo. ¿Pero quién cuida a los contadores y a los administradores?: los auditores. ¿Y a ellos?: los auditores de los auditores. La transparencia tiene un origen calvinista. Si hay cortinas es porque hay pecado detrás de ellas, pensaban. Curiosamente, nos dice el escritor cubano Ernesto Hernández Busto, en Holanda se desterraron las cortinas y nació ese engendro televisivo que se llama Big Brother: transparencia total. En Amsterdam “pasea uno por la ciudad y puede ver sin esfuerzo lo que sucede dentro de las casas.” A finales del siglo XVIII, el filósofo inglés Jeremy Bentham escribió: “entre más estrictamente vigilados, mejor nos comportamos.” No es casual que Bentham haya sido el inventor del panóptico, el tipo de construcción que se usa en las cárceles para vigilar todas las zonas desde un mirador.

En resumen, porque hay mentiras, hay contadores, y porque éstos fallan hay transparencia que tiene un origen religioso de control del pecado. De ahí pasó a la vigilancia en las prisiones, de donde fue trasladado a la administración pública. La primera ley de transparencia data de 1776 y fue obra de un sacerdote, economista y tabernero sueco llamado Anders Chydenius. Él creó la “Ley para la libertad de Prensa y del Derecho de Acceso a las Actas Públicas.” En Finlandia se estableció una ley semejante en 1951 y en Dinamarca en 1970. En el corazón de la transparencia y rendición de cuentas late la ética protestante.

En México suele atribuirse la Ley de Transparencia a Vicente Fox. Fue obra en realidad del llamado Grupo Oaxaca, conformado por académicos, periodistas y ciudadanos que buscaban que la sociedad tuviera acceso a la información generada por el gobierno federal. La bancada del PRI la adoptó, con el aval del Grupo Oaxaca, y el 13 de marzo de 2002 fue aprobada por todos los partidos. Fue la ley más importante de ese sexenio más bien mediocre. Un año antes se había suscrito la Declaración de Oaxaca, que dio paso a un seminario en el seno del cual se fraguó la ley del derecho de acceso a la información pública. El Grupo Oaxaca es un modelo de cómo un grupo de ciudadanos puede transformar a fondo la estructura de gobierno, en este caso, permitiendo la transparencia. Hoy en día es también aplicable a escala municipal. No es ocioso mencionar que la mayor parte de los escándalos de corrupción con los que nos topamos en los medios casi a diario son resultado del ejercicio de la transparencia. Desde el escándalo de la ‘casa blanca’ de la esposa del presidente hasta los papeles relacionados con la publicación de una polémica antología de poesía, la sociedad está enterada gracias a la ley de transparencia. Sin embargo hoy se escuchan voces a favor de la opacidad, voces contra la transparencia, que es tanto como decir: voces contra la democracia.

Uno de los casos más llamativos es el de Andrés Manuel López Obrador. Durante meses se resistió a presentar su declaración 3 de 3. Cuando a regañadientes la presentó, mostró diversas irregularidades. No reportó los viajes que continuamente hace al interior del país y al extranjero. Para no declarar bienes, años antes los donó a sus hijos.

Con humor, hay quien lo acusa de “empobrecimiento inexplicable”. Él ha declarado que obtiene ingresos por la venta de sus libros, pero esas entradas no aparecen en su declaración. El 16 de junio pasado, a través de su cuenta de Twitter, afirmó que la ley de transparencia ha sido muy costosa para México, que es inservible, “una mascarada.” López Obrador opina que la Ley 3 de 3, aprobada por el Senado, “es una tomadura de pelo”; que “se trata de un engaño para hacer creer que hay transparencia y que se combatirá la corrupción” (La Jornada, 16 de junio 2016).

Como en el 2006 y en el 2012, López Obrador tiene en 2018 posibilidades de llegar a la Presidencia. Es alguien que no cree en la transparencia. No cree en el sistema de justicia ni en los jueces. Sería incapaz de trabajar con un hipotético Congreso opositor por considerarlo parte de “la mafia”. Sería congruente entonces si suprimiera la transparencia, sustituyera a los jueces (por jueces afines a él) y se hiciera cargo del control del Congreso: medidas chavistas. La estrategia consiste en acceder democráticamente al poder para socavar desde dentro las instituciones de la democracia. Sus declaraciones y acciones contra la transparencia son una advertencia de lo que puede venir. ¿Dejaremos morir a la democracia?

Twitter:@Fernandogr

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