Opinión

Ojos bien cerrados

No vamos a referirnos al título de aquella complicada película protagonizada por el matrimonio Cruise-Kidman y dirigida por Stanley Kubrick, sino a un fenómeno que reviste aún mayor complejidad en nuestra vida diaria y que paradójicamente puede tener explicaciones de extrema sencillez.

Los altos niveles de criminalidad que aquejan a diversas regiones del país y que han demandado la intervención directa de la Federación no se deben sólo a la tan aludida capacidad operativa y corruptora de los grupos criminales, sino a un elemento fundamental e indispensable, sin el cual la delincuencia se acota y carece de instrumentos para expandirse y tornarse endémica: la participación de la autoridad, sea ésta cooptada por el crimen por temor o dinero y lo más pernicioso aún, cuando ella se fusiona de origen con la delincuencia.

Los acontecimientos recientes en Michoacán, no son más que una muestra de lo que se reproduce de manera cotidiana en otras partes del territorio; situaciones bien conocidas por la población local, secretos a voces que son parte de la rutina diaria de las comunidades, pero que parece escapar a la observación experta y obligada de la autoridad.

Condición elemental de la gobernanza es el puntual conocimiento del gobernante sobre la situación en que se desenvuelve la sociedad, la atención a las necesidades de la comunidad y la anticipación de los problemas que puedan afectar su sano desarrollo. Los ojos y los oídos del régimen deben estar atentos permanentemente a cualquier señal de riesgo o amenaza externa e interna, para prevenir o actuar en consecuencia. Así, la función inteligencia se ha vuelto prioritaria e insustituible para cualquier gobierno y no exclusivamente en materia de seguridad sino en temas económicos, políticos y sociales de todo tipo.

En México los servicios de información han sido ampliamente privilegiados durante los últimos años, desarrollándose costosos y sofisticados sistemas orientados particularmente a las tareas de seguridad pública y contra el crimen organizado; sin embargo, la criminalidad y la violencia asociada a ésta han ido en aumento constante. La explicación más sencilla a la evolución del crimen la encontramos en la simbiosis manifiesta de la política y la delincuencia, como ha sido expuesta en los elocuentes videos difundidos recientemente, en los que hacen gala cordialidad y camaradería entre el hijo de un entonces gobernador y de una señora alcaldesa con miembros destacados de la delincuencia organizada.

Pobres pueden ser los resultados institucionales para evitar la degradación social, la inseguridad y la violencia, cuando la tolerancia y la colusión son doctrina, cuando la función pública es secuestrada por el interés criminal y más aún cuando el crimen mismo es consustancial al poder formal.

Si los servicios de información y los sistemas de inteligencia son los ojos y los oídos del Estado, su herramienta fundamental para la toma de decisiones y la acción eficaz, poco aporte pueden dar, cuando ante la corrupción, se mantienen bien cerrados.