Opinión

Ojo por ojo

 
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Marina Abramovic. (http://performancelogia.blogspot.mx/2006/11/marina-abramovic.html)

Hay algo de sintomático en la reacción de algunos de mis amigos hombres hacia el Día de la Mujer, y de pronto parecía que en mi Facebook algunos de los más inteligentes se unían para declararse y argumentar en contra de esta conmemoración. “La historia de 140 chicas calcinadas en una fábrica, convertida en ocasión para regalar bombones. Dame una mejor definición de capitalismo”, argumentaba uno. “Celebramos a Margaret Thatcher, Elba Esther Gordillo, Abarca de Iguala, Kellyanne Conway, Ninfa Salinas, Eva Braun, Rosario Robles, Karime Macías, Carmen Salinas, La Gaviota, Marine Le Pen, Sarah Pallin, ¿o esas no?”, replicaba otro.

Si en el Día Internacional de la Mujer vimos manifestaciones en todo el mundo para protestar por la desigualdad, algunas noticias particularmente atroces de esa semana le dieron más urgencia y más sentido a estas manifestaciones. Pienso en particular en el caso de la mujer en Nicaragua que fue quemada viva por el pastor de la iglesia y otros hombres del pueblo, o en el incendio provocado por las autoridades del albergue para mujeres en Guatemala, en el que perecieron 40 niñas. No existen formas éticas o lógicas de asesinar, pero resulta curioso cómo el amor a la mujer (peor aún, el simple gusto) y el amor a Dios ponen constantemente en peligro la vida de éstas. Y en estos casos específicos, además de la violencia ejercida sobre sus cuerpos, nos asusta la marca del retroceso: estos crímenes nos remiten al incendio en la fábrica Triangle Shirtwaist de Nueva York, y a las hogueras medievales donde fueron reducidas las acusadas de brujería.

El cuerpo de la mujer siempre ha resultado incómodo en nuestra sociedad, por la regla, por amamantar, por las hormonas, por su sexualidad. Vivimos en el régimen del ojo, y en esta tiranía de lo visible la mirada es definitivamente patriarcal. El hombre es el modelo universal de lo humano y nunca la mujer, y esta norma de lo visible nos vuelve ciegos, o al menos muy miopes, al hecho de que el género es un invento violento e injusto para más de la mitad de la población. Somos el género excluido, el otro, el inferior, el manchado de rojo. La práctica ciudadana de las mujeres tiene apenas 60 años, y la nomenclatura de su inferioridad tiene miles; y el feminismo, a través del pensamiento, de la teoría, de la práctica artística, del activismo, y de su cuerpo, busca hacer obvia esta atrofia del ojo.

El cuerpo siempre ha estado al centro de las prácticas artísticas de las mujeres. Las artistas aparecen como objeto y sujeto de sus piezas, actuando sobre su propio cuerpo, su cuerpo de mujer, su cuerpo sexuado, su cuerpo dolido, su cuerpo violentado. Me viene a la mente el performance Object, de Marina Abramovic, poniéndose a la disposición del público, sin moverse, sin reaccionar, como un objeto, durante seis horas, en el que termina siendo desvestida y torturada; las fotos de Sarah Lucas donde un pollo muerto y desplumado tapa y simula una vagina; los autorretratos de Cindy Sherman, que tratan de alterar la reduplicación de la mirada conformadora del hombre; o Ana Mendieta pegándose vello facial para luchar contra los esquemas canónicas y denunciar que la belleza es otro acto de violencia.

Todas estas obras y casi todas las artistas se enfrentan a los acertijos ontológicos ¿qué es ser mujer? ¿Para qué? ¿Hacia dónde vamos? El feminismo no ha creado nada, es un punto de vista, unos lentes que una vez puestos ya no te puedes quitar; y después de mucho tiempo, tal vez descubramos que no existe tal cosa como la mirada de mujer, y que sin las protuberancias de la mirada, sin este juego de espejos deformados, todos somos iguales.

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