Opinión

Oiga Obama, 'los hombres no lloran'

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En mi país vivo apesadumbrado con noticias constantes sobre secuestros, robos, corrupción, fraudes y asesinatos. No hay día sin que de alguna parte lleguen informes sobre “levantones”, cuerpos desmembrados, camiones quemados y hasta hombres colgados de algún puente; todo esto ya se ha vuelto una normalidad en la que nuestra capacidad de asombro prácticamente ya no existe. Y mucho menos, nadie llora. Eso es lo cotidiano y data de cuando menos un decenio. Por eso me llama tanto la atención ver las fotos del presidente de Estados Unidos llorando en el Salón Este de la Casa Blanca. ¿Qué fue lo que lo conmovió? Lo hizo cuando daba a conocer los detalles de su plan para reforzar el control de las armas de fuego y para ello recurre a sus poderes presidenciales, ya que el Congreso no ha aprobado los cambios que él ha venido impulsando inútilmente desde hace años.

En mi país, no hay la permisividad de adquirir pistolas y rifles en las tiendas comerciales; no obstante, el número de esas armas, provenientes de Estados Unidos, cada vez es mayor según fuentes oficiales. De hecho, portar un arma está prohibido para los ciudadanos simples. Algunos tienen la autorización de tenerlas en casa para protegerse en caso extremo, punto.

En la Unión Americana, en cambio, cualquiera puede adquirir en las armerías, desde un revolver hasta una bazooka. Se calcula que hay más de 360 millones de esos artefactos en poder de la población; en otras palabras, hay más armas que habitantes. Y con ese poder bélico, desde niños, los yanquis aprenden a manipular pistolas, rifles, lanzaderas automáticas, ametralladoras y hasta granadas expansivas y de fragmentación. ¿Por qué y para qué? Asientan que son armas defensivas, que, en uso de su libertad y amparados por su constitución, las poseen para defenderse, ¿de quién? Pues de ellos mismos, ya que hasta ahora no han sufrido ninguna invasión de ejército alguno.

Como quiera verse, no hay hogar sin una buena arma y lo que es claro, con la disposición en mente de usar ese arsenal en cualquier momento. Así ha sido y el resultado es que, entre accidentes al manejar esas armas, en ataques y en suicidios, 32 mil estadounidenses mueren cada año. Y el número va en aumento; se prevé, según la Oficina de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos (ATF), que para este año, la cifra llegue a 39 mil muertos. Sólo durante diciembre pasado, en Estados Unidos se vendieron, vaya usted a saber a quién, 4 millones de armas.

En este clima, se da el hecho para nada aislado que individuos alentados por tanta permisividad e irresponsabilidad, salgan a la calle a buscar escuelas llenas de estudiantes, iglesias con sus fieles o sanatorios y sus pacientes para vaciar sus instrumentos de muerte. Fue así como al recordar a 20 niños asesinados en la escuela primaria de Sandy Hook en 2012, el señor Obama se conmovió y en su rostro aparecieron lágrimas: “Cada vez que pienso en esos niños, me da rabia” confesó. Por supuesto, también podría conmoverse con la muerte de niños bombardeados en Irak o atrapados por el Estado Islámico que los obliga a convertirse en asesinos, o por tantos fallecidos por enfermedades y hambre en el centro de África mientras que Estados Unidos se convierte en el campeón de la pornografía, el mayor mercado de drogas y el principal promotor de violencia en series televisivas.

En mi país, desde niños se nos dice “los hombres no lloran”, no importa el sufrimiento que tengamos ni la cauda de miedo que pueda depararnos la miseria, la ignorancia y la falta de oportunidades. Llorar para nosotros significa debilidad y flaqueza. Y con la excepción de José López Portillo que defendió nuestra moneda como un perro y se retorció en la tribuna del Congreso al aceptar que nada pudo hacer en seis largos años para paliar la pobreza y el hambre de millones de mexicanos, ningún funcionario público ni empresario, banquero o dirigente eclesiástico o sindical se permite llorar en público al admitir cualquiera de tantas limitaciones que nos acosan.

En mi país, llorar no es cosa de hombres… nos lo repiten.

Twitter: @RaulCremoux

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