Opinión

Odio

 
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Odio.

“Proyectar aspectos de uno mismo en el terapeuta que no se identifica ni reacciona ante ellos, pero que puede pensar sobre ellos, es una experiencia emocional correctiva”: Hanna Segal.

Sentir que el terapeuta es insuficiente, odiarlo por ello y anticipar el odio reactivo del terapeuta, es un mecanismo frecuente entre los pacientes. De vez en cuando, las personas que van a terapia suelen pensar que no les está sirviendo. He recibido a muchos pacientes que llegan al consultorio “como último recurso” porque nadie ha sido capaz de ayudarlos.

Me encantaría poder detener el sufrimiento de otro ser humano en tiempo récord. Uno de los riesgos de mi profesión es creer en la fantasía omnipotente, de que el terapeuta es alguien que puede atravesar almas y reparar mundos internos. La realidad es que resulta necesario contener la desesperación que despiertan algunos pacientes, que parecen imposibles de ayudar y que se van de la terapia inundados de odio y decepción.

Laura, por ejemplo. Ha venido durante dos años y es muy raro que no termine una sesión evaluándome. Dice, por ejemplo, que esta vez la conversación sí fue útil, a veces dice que habló demasiado y que mi breve aportación apenas le alcanzará para sobrevivir la semana; es muy sensible a mis estados anímicos y a mi apariencia, como si quisiera adivinar cómo es mi vida personal. Me pregunta que si estoy cansada o triste. Otras tantas dice que estoy más arreglada que de costumbre. A veces, que me sintió desconcentrada durante la sesión, y cuando le preguntó por qué contesta que no sabe, pero que lo “vibró”. Me dice que estoy más delgada, cuando en realidad subí un par de kilos en las últimas semanas y constantemente se disculpa antes de decirme que me falta fuerza, que le gustaría que fuera más “perra” al confrontarla, porque ella con el buen trato no aprende, se aburre y le dan ganas de irse para siempre.

Vale la pena relatar algunos datos biográficos de Laura para entender estas reacciones. Es hija de una pareja de gran belleza física y sobreinvolucrada emocionalmente, por lo que les era difícil ver a Laura e interesarse por ella. A los 7 años contrajo una salmonella muy agresiva que estuvo a punto de matarla. Durante muchos días tuvo vómito y diarrea, sin poder retener casi nada en el estómago, mientras su madre la regañaba por manipuladora. Una mañana el padre pudo, finalmente, registrar la gravedad de su estado y la llevó al hospital. Los doctores en urgencias no podían creer la negligencia con la que habían tratado la enfermedad de su hija. Así pasaba con todo. Nunca asistían a los eventos de la escuela porque se les olvidaban las fechas. Les costaba trabajo responder qué año escolar cursaba Laura y si les hubieran preguntado cuáles eran el color, la comida, la película y la canción favorita de su hija, no habrían podido contestar.

Laura es hoy una mujer casada y tiene dos hijos. Confiesa que no soporta mucha cercanía y que necesita correr a su marido y a sus hijos los domingos porque siente que la asfixian. Haber crecido siendo invisible y maltratada emocionalmente, la convenció de que nadie la quiere, que no le importa a nadie, que sólo puede despertar y sentir odio. La cercanía, el buen trato y el amor la angustian.

El reto terapéutico con esta paciente será no responder a su hostilidad para que logre verla y analizarla. Aceptar que a veces uno odia a su terapeuta es aceptar que se le transfieren viejas formas de relación.

Señalarlas es el principio para poderlas cambiar. Sólo los terapeutas entrenados son capaces de soportar el odio y de buscar, junto con el paciente, la transformación de su mundo interno, que le permita encontrar en el consultorio, a una madre o a un padre, suficientemente buenos.

Twitter: @valevillag

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