Opinión

Oda al tlacoyo (reflexión sobre el sentir nacional)

        
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El presidente Peña ha llamado a consumir productos nacionales. Lo hecho en México está bien hecho, se nos recuerda desde el gobierno. Qué bien. La vida es un nopal y un sombrero, una chela y un tequila, un mariachi en el fondo entonando canciones de valiente desprecio al amor; aquí no nos rajamos que somos hombres y no nos importa que estén muy grandotes, pues no los vamos a cargar. Gritemos ¡viva México!, entonemos el Himno, es momento de unidad, nada de discrepar. México nos une. Bien, ¿pero cómo usar los recursos, los productos nacionales con provecho en esta situación de orgullo mexicano y de conflictividad internacional? Aquí, algunas reflexiones sobre el sentir nacional.

Comamos tlacoyos, parece ser una buena medida para enfrentar al extraño enemigo que no deja de mandarnos tuits intimidatorios. Con su maíz azul, sus frijolitos, su crema, queso y salsa roja, el tlacoyo puede serenar el ánimo, entender la amenaza como el producto de la locura de un gringo desequilibrado, y que mientras el dios del maíz esté entre nosotros, nada nos será vedado. Este producto tan apreciado en el carácter nacional debe acompañarse con un refresco de fabricación autóctona como el sidral Mundet, el Titán o la Lulú. Por supuesto, debajo del tlacoyo, un pedazo de papel estraza que absorbe el aceite completa el cuadro de nuestra vocación por la unidad. México en un tlacoyo, somos eso y más.

La barbacoa de hoyo puede ser el refugio ideal de las negociaciones que en materia del TLC se lleven a cabo. Se sabe: no hay nadie que se resista, ni siquiera en los más altos niveles de la política internacional, a un buen taco de barbacha. De maciza, muy limpia, también se adereza de grandes acompañantes de nuestra comida –el uso del diminutivo es muy importante para recrear en la imaginación el antojo–: con su limoncito, su cebollita picadita, su cilantrito y su salsita borracha. Una mordida para sentir que la carne se salga de la tortilla, para después de un buen trago de refresco, proceder a eructar tapándose levemente la boca como muestra de gozo y satisfacción culinaria. Manjar de los dioses en tortilla azul o 'normal', crea un verdadero ambiente de camaradería y buena disposición con los negociadores que nos quieran tranzar.

Apoyemos la torta. Ya sea en su modalidad de bocadillo o maxi, la torta es un producto esencial para aguantar las embestidas del extranjero. Sobre todo en la versión gigante. Uno no puede darle una mordida completa –muy superior en ese sentido a las hoy vilipendiadas Big Macs con doble queso–. Las tortas pueden ocupar media cara. Llenas, rebosantes de aguacate, tomate y cebolla, queso, pierna, jamón; o las de Guadalajara con carnitas y ahogadas en salsa; de milanesa, lomo o huevo con chorizo, garantizan un aliento fresco y confiable durante las reuniones que sostengamos para explicar nuestras definiciones en materia de geopolítica, con la certeza y satisfacción de que nadie más, en ningún otro país, se está empujando algo similar.

Twitter: @JuanIZavala

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