Opinión

Ocho formas de decir No

 
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[Nelson Mandela / Foto: Reuters] 

La imagen icónica del insumiso es la de aquel hombre con una bolsa en la mano parado delante de una columna de tanques en la Plaza Tiananmen. El hombre que se atreve a decir No. A costa de sacrificar sus comodidades, su trabajo, su vida misma. Un No que nace de lo profundo, de las entrañas morales de un individuo, pero que puede poner en jaque a un Estado.

El No de Edward Snowden, por ejemplo, desafió al Estado más poderoso que haya conocido la historia, revelando una ingente cantidad de material secreto. Lo hizo al darse cuenta de que los sistemas de espionaje se usaban contra los ciudadanos de su país (y de otros países, incluyendo a mandatarios como Angela Merkel y Dilma Rousseff) con el pretexto del terrorismo. Se negó a someterse y entregó a la prensa sus hallazgos. Desde entonces vive escondido. Para Snowden esa excesiva vigilancia equivalía a un golpe de Estado contra la Constitución.

Snowden tomó el camino que antes habían emprendido los disidentes de la época soviética. Lo hizo siguiendo los imperiosos dictados de su exigencia moral.

En la muy útil cronología del progreso que recientemente publicó Gabriel Zaid es posible advertir el progreso moral de la humanidad.

Muchos de esos “avances” han sido obras de insumisos, aquellos que se negaron a someterse a la coacción del poder. Así, encontramos que en 1700 aC. Abraham se opone a los sacrificios humanos; en 750 aC.

Amos hace la crítica del poder; en 441 aC. Sófocles en su Antígona antepone los derechos humanos a las razones de Estado; en 410 aC. Sócrates prefiere padecer una injusticia que cometerla; en 873 el Papa Juan VIII prohíbe la esclavitud; en 1215 se promulga la Carta Magna contra la arbitrariedad del monarca; en 1641 se crea el recurso del habeas corpus; en 1815 Dodge funda una asociación contra la guerra; en 1848 Thoreau predica la desobediencia cívica; en 1901 Arnaud inventa el concepto de pacifista; en 1909 se funda la NAACP contra la discriminación racial; en 1915 Gandhi convierte en arma la no violencia…

Tan acostumbrados estamos a las inmoralidades de la política (la mexicana y la del exterior) que parece fuera de lugar tratar de insertar la moral en la esfera de la acción política. Esto es lo que Tzetan Todorov hace en su más reciente libro: Insumisos (Galaxia Gutemberg, 2016).

Ochos vidas registra Todorov en su libro: Etty Hillesum, Germaine Tillion, Boris Pasternak, Aleksandr Solzhenitzin, Nelson Mandela, Malcolm X, David Shuman y Edward Snowden. Ocho resistentes pacíficos que sin odio ni violencia se opusieron al poder. La insumisión es una fuerza impersonal que actúa en nosotros y nos mueve a reaccionar ante lo injusto.

“Lo más probable –dice Todorov– es que, frente a la opresión, la injusticia, la tendencia natural de la mayoría de nosotros es someternos y esperar a que pase la tormenta”. Sin que se trate de una elección consciente y voluntaria, hay personas que reaccionan a la asfixia con la fuerza del espíritu, “como si la falta radical de humanidad preludiara el brote de su espléndida manifestación moral”.

Es el caso de Boris Pasternak y de Aleksandr Solzhenitzyn que Todorov vuelve paralelos para mostrarnos dos formas de la insumisión.

Solzhenitzyn actuó como un guerrero dispuesto a acabar con su enemigo, el Estado soviético. Pasternak, en cambio, no pretendía derribar un Estado injusto sino ofrecer a sus contemporáneos el ejemplo de una vida digna que no se doblega.

Todorov registra vidas y no podía ser de otra manera, porque “dar lecciones de moral no es un acto moral. El acto moral sólo puede producirse en primera persona”, con el ejemplo. De las vidas que ofrece Todorov destaco dos, colocadas en los extremos, que me parecen extraordinarias por su radicalidad. El primero es Mandela que enseña a resistir sin odio y a fraternizar con el antiguo enemigo. Su esfera de acción insumisa es pública, política. El otro caso, no tan conocido, es el de Etty Hillesum, joven judía holandesa recluida en un campo de concentración.

En su caso su transformación fue interna. Rechaza odiar al enemigo: “en caso contrario corremos el riesgo de parecernos a aquellos que condenamos”.

Enfrentada al mal, no intenta destruirlo en los demás sino prohibirle el acceso a si misma. “Se vive bien en todas partes, incluso detrás de los alambres de espino y en las barracas abiertas al viento, siempre y cuando vivamos con bastante amor a las personas y a la propia vida”.

En medio del castigo nazi, se niega a someterse al clima de odio. “Es una insumisa que no pretende ofrecer resistencia al agresor luchando”.

Ocho vidas que son ejemplos. Ocho formas diferentes de decir No.

Twitter:@Fernandogr

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