Opinión

Obama y el Brexit

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Barack Obama

El presidente de Estados Unidos, Barack Obama, visitó Gran Bretaña la semana pasada. Aprovechó su periplo europeo para celebrar con su majestad, la reina Isabel II, el cumpleaños número 90 de ésta. Pero la visita tuvo un tono más profundo y lleno de significado político.

El presidente Obama dirigió un discurso respetuoso de la política interna de su aliado más importante en el mundo desde la Segunda Guerra Mundial: si ustedes salen de la Unión Europea, les dijo Obama
–palabras más, palabras menos–, Estados Unidos mantendrían su acuerdo comercial con la Unión, pero no firmarían uno nuevo con Reino Unido, que tendría que esperar a la deliberación de muchos planes de libre comercio pendientes de revisión en el Congreso.

Obama los invitó a no repetir la postura independentista de Estados Unidos, de 1776, cuando la naciente nación americana se separó de Gran Bretaña. Hoy los tiempos y las necesidades de los pueblos son distintos.

Este renovado independentismo inglés se ha cultivado y alimentado de las no pocas crisis europeas de los últimos 20 años, pero existe desde la firma misma del Tratado de Maastricht, en 1992. La posición de los ingleses siempre ha sido la de mantener su autonomía al máximo posible, como lo ejemplifica su ausencia de la unión monetaria, que ellos jamás adoptaron.

Pero ahora la argumentación se ha recrudecido. El astuto alcalde de Londres, Boris Johnson, campeón del Brexit (Britain´s exit), ha esgrimido insistentemente las razones que, a su juicio, “limitan la soberanía británica” y la subordinan a los mandatos de la Unión. Johnson ha encendido los viejos ánimos nacionalistas al señalar los enormes costos de la Unión, su burocracia, las cuotas obligadas y, en especial, la actual crisis migratoria con los ciudadanos provenientes de Siria.

Como Trump en Estados Unidos, el discurso separatista aparenta una exitosa mercadotecnia política basada en la independencia, la libertad, la identidad nacional y la soberanía intocable e impoluta. Pero es una falacia, porque pretenden hacer creer a miles de electores que la abundancia económica que hoy disfrutan –Reino Unido es la quinta economía del mundo– sería posible exactamente igual, de hecho mejor, sin los tratados y acuerdos comerciales, sin las uniones, los pactos de alianza, los aranceles bajos o inexistentes y tantas otras ventajas de inversión compartida.

Boris Johnson busca con su ánimo separatista capitalizar un sentimiento antieuropeo –muy común y extendido en la Gran Bretaña– para catapultar su carrera a la jefatura del Gobierno inglés. Pero olvida que muchos de esos beneficios económicos, laborales, de alianza estratégica, de libre tránsito de personas y bienes, se verán gravemente afectados si rompen con la Unión Europea. Es fácil declarar que estarían mejor solos; es sencillo incendiar los ánimos de ciudadanos que perdieron su empleo por una fábrica que se mudó al continente y afirmar que lo mejor es salir de la Unión. Muy semejante al xenófobo discurso de Trump al activar sentimientos antimexicanos en Estados Unidos.

Pero la bonanza económica de la modernidad, la derrama de empleos e ingresos por exportaciones globales, no puede ser sustituida por las fábricas locales y los consumos domésticos. Los ciclos económicos que cambian una era son irreversibles. La globalización no tiene marcha atrás. Es como si Johnson quisiera regresar a la era dorada y poderosa de la Revolución Industrial para Reino Unido. Pero eso ya no se puede.

Lo cierto es que según las encuestas, existen muchas posibilidades de que triunfe el Brexit en el referéndum del próximo 24 de junio. El discurso de Johnson se ha visto fortalecido por un viejo conservador antieuropeo: John Redwood. Juntos, afirman que esa fecha celebrarán la independencia del Reino Unido.

Obama les ofreció una visión clara del daño o las consecuencias que tendría la separación. Fue claro en cuanto a comercio, pero dejó entrever que la 'relación especial' podría verse afectada también. ¿De qué le sirve a Estados Unidos tener un aliado que ya no tiene influencia, relevancia o peso alguno en la Unión? Alemania o Francia podrían ser, estratégicamente, mucho más atractivos.

La ceguera del independentismo nacionalista consiste esencialmente en fijar la mirada en el pasado y no reconocer los cambios del mundo moderno. El peso específico, político, económico y militar de Reino Unido se verían sensiblemente disminuidos con su retiro de la Unión. Veremos el 24 de junio si se impone el pasado nostálgico, o la visión de futuro, crecimiento y globalización.


Twitter: @LKourchenko

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