Opinión

Obama, un país dividido

    
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Los chistes de Obama sobre pavos

El gobierno de Barack Obama no originó las profundas tensiones sociales que hay en su país, pero tampoco sirvió para aliviarlas. Se esperaba que ese hombre progresista del Chicago profundo, con dotes de gran orador y organizador, convocara a un reencuentro de los americanos de todas las condiciones sociales, raciales y religiosas. Sucedió lo contrario y eso explica en parte la derrota de su partido este año.

Es claro que la mayor culpa la tienen los republicanos, que lo bloquearon permanentemente en el Congreso y lo calumniaron con infundadas sospechas. Pero él resultó un pésimo negociador, que cedió demasiado, que se metió en polémicas absurdas con comunicadores estridentes y que nunca pudo o quiso aprovechar las corrientes de opinión favorables.

El mejor ejemplo de lo anterior es el champurrado en que acabó el Obamacare. El servicio público de salud Medicare y la seguridad social absorben 41 por ciento del Presupuesto y no tienen sustentabilidad financiera. Ello como consecuencia del envejecimiento de la población y del encarecimiento de los servicios. Al mismo tiempo, 50 millones de americanos carecían de seguro médico y no era presupuestalmente viable universalizar la afiliación.

La Affordable Care Act hizo obligatorio asegurarse, cubriendo el gobierno parte del costo. Pero las coberturas fueron reducidas, con altos deducibles y primas que rápidamente se fueron a las nubes. El desenlace: sólo 16 millones acabaron siendo medio amparados y las verdaderas beneficiadas fueron las aseguradoras. Bill Clinton lo calificó como “the craziest thing in the world”.

En educación no fueron mejor las cosas. Con recursos de la Fundación Gates se promovió una reforma centrada en tres medidas muy polémicas: el tronco de materias comunes para educación básica (common core), la evaluación de los maestros mediante exámenes estandarizados y la promoción de los contratos por resultados para hacer más competitivas a las escuelas (charter schools). Desgraciadamente eso no detuvo la caída de la calidad de la enseñanza ni amplió el acceso escolar para los niños de familias desfavorecidas.

Tampoco le entró con ganas al asunto del alza de las colegiaturas en las universidades y el endeudamiento de los estudiantes: 40 millones de egresados deben en conjunto 1.3 trillones de dólares (el triple que hace diez años). Lo más que logró fue incrementar las becas, bajar un poco los intereses y lograr un acuerdo con los estados para hacer gratuitos unos cuantos colegios comunitarios.

Bernie Sanders, aspirante a la nominación presidencial de su partido, centró su campaña en soluciones más radicales a este problema.

La mayor decepción. Pero donde Obama falló más fue en promover el progreso de los pobres de las ciudades, la mayoría negros e hispanos. Unos miles pudieron pagar sus hipotecas vencidas y algunos vecindarios fueron renovados, pero en general siguió privando la decadencia y la falta de oportunidades. Escuelas y centros comunitarios abandonados, insuficiente transporte público, drogas y armas fácilmente accesibles, explican en parte la proliferación de pandillas violentas.

Frente a eso, Obama mantuvo el sistema penal opresivo, continúo la política de encarcelación masiva de sus antecesores y dotó de equipo bélico a las fuerzas del orden. Eso terminó por romper los lazos familiares y comunitarios, propició el abuso policiaco y aumentó el encono. Las tensiones raciales se recrudecieron y surgió el movimiento de resistencia #BlackLivesMatter, que irónicamente ve con desdén al primer presidente de color.

Un político que les dicta inspiradas homilías sobre la hermandad y la responsabilidad familiar de los hombres negros, pero cuyo mandato no produjo un cambio significativo para los miles que le dieron su confianza hace ocho años. No por nada, en la reciente elección muchos prefirieron dar su voto a Donald Trump.

En febrero de 2007 Obama anunció su candidatura frente al viejo Capitolio de Springfield, el mismo lugar en el que Abraham Lincoln pronunció su discurso sobre “la casa dividida”. A lo largo de su campaña se repitieron los mensajes de reconciliación racial y las promesas de crear 'escaleras de oportunidad' para alcanzar “a more perfect unión”.

Ocho años después persisten la miseria, la polarización y el resentimiento. Él y su familia dejan la Casa Blanca sin haber abusado del poder o protagonizado algún escándalo, pero también sin haber consumado las esperanzas que despertaron.

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