Opinión

Obama revindica
su Nobel

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Obama asistió a la Conferencia Nacional sobre el Consumo de Fármacos Prescritos y Heroína. (AP)

La Cumbre de Seguridad Nuclear que inició ayer en Washington es sólo uno de los grandes esfuerzos que ha realizado Barack Obama desde el inicio de su presidencia para dejar un legado de paz. Cerca de 50 jefes de Estado se reúnen para discutir el peligro inminente de que ojivas o material nuclear lleguen a manos de grupos terroristas.

Su insistente discurso sobre la no proliferación de armas nucleares le valió a Obama, al concluir su primer año de gobierno, el máximo galardón global para quienes hacen una contribución a la paz y seguridad del mundo: el Premio Nobel de la Paz. La distinción fue vista a todas luces como una que, por lo menos, fue prematura.

Ahora que Obama se acerca al final de sus ocho años en la Oficina Oval, considero que se ha ganado a pulso la decisión temprana del Nobel.

El legado de Obama en seguridad nacional será altamente controversial y seguirá siendo objeto de múltiples debates y centenas sino millares de libros. No es para menos, Obama fue el comandante en jefe (ése es su mandato constitucional) del Ejército más poderoso del mundo en una época en que el escenario internacional estuvo lleno de tormentas y vendavales.

En la edición de abril de la revista The Atlantic hay un espléndido artículo de Jeffrey Goldberg, que será un documento de referencia obligada para la enorme pila de libros sobre la doctrina Obama.

Goldberg trabajó arduamente su extenso análisis sobre la doctrina de seguridad de Obama. Cita largas conversaciones con el propio presidente; su secretario de Estado John Kerry; Hillary Clinton, primera secretaria de Estado; Susan Rice, asesora de Seguridad Nacional y prácticamente todos los asesores influyentes, incluyendo a la más cercana, Valerie Jarret.

El inicio del artículo de Goldberg se centra en el episodio que ciertamente ha sido el más controvertido: la decisión de no cumplir su palabra de atacar al tirano sirio, Bashar al-Assad, cuando cruzó “la raya roja” pues utilizó armas químicas contra su propia población. Ante la evidencia de que al-Assad había usado gas sarín en un ataque a mil 400 civiles, entre ellos cientos de mujeres y niños, el Pentágono se preparó para atacar. Goldberg narra cómo durante una semana “funcionarios de la Casa Blanca públicamente construyeron el caso de que Assad había cometido un crimen de lesa humanidad.” Esa semana, el jefe de la diplomacia estadounidense, Kerry, culminó con un discurso en el que literalmente hizo un llamado a intervenir: la historia presenta “previas tormentas… donde hubiésemos podido evitar crímenes innombrables; hemos sido advertidos sobre la tentación de mirar hacia otro lado [para no actuar].” También cita al vicepresidente Joe Biden quien puntualizó: “las grandes naciones no blofean“.

Sin embargo, a pesar de las presiones internas e internacionales como la del primer ministro del Reino Unido, David Cameron,  y del presidente francés, François Hollande, Obama decidió no actuar.

Goldberg explica que Obama siente orgullo de su decisión, pues tuvo la capacidad de ir contra el consenso de aliados y enemigos; en especial porque tuvo las agallas de no haber seguido el “libreto de Washington.” Es decir, Obama percibió que incursionar militarmente en Siria sería una trampa como la de Irak.

En el análisis de Goldberg, Obama aparece como un comandante en jefe realista que, únicamente cuando se pone en riesgo directo al interés de Estados Unidos, piensa que la actuación bélica es obligada. Incluso cita a Obama cuando menciona que el Estado Islámico “no es una amenaza existencial para Estados Unidos”. En contraste, Obama enfatiza que “el cambio climático [si] es una amenaza mundial.” El Obama que nos presenta Goldberg es el de un admirador de la sensatez internacional de George H.W. Bush, quien llevó a buen puerto el derrumbe de la ex Unión Soviética. Más aún, nos muestra a un comandante en jefe que entiende el costoso legado del intervencionismo estadounidense, y recuerda los ejemplos de Centroamérica y Medio Oriente.

Obama ha sido un mandatario que cuestiona la “verdad” de Washington sobre quiénes son sus aliados lo mismo que sus enemigos. Mientras que ha sido cauteloso en relación a las alianzas sin cortapisas con Israel y Arabia Saudita, también ha corrido riesgos en acercase a adversarios tradicionales: Irán y Cuba.

Los párrafos de Goldberg sobre Latinoamérica no tienen desperdicio. Obama explica que al inicio de su presidencia el Grupo ALBA estaba en su apogeo y tuvo que aguantar las bravuconadas de Chávez e incluso un discurso de una hora del nicaragüense Ortega. “Tuve que sentarme allí y escuchar una hora de críticas hacia Estados Unidos. Pero estando allí, no tomando las cosas con demasiada seriedad –pues en realidad no eran un peligro para nosotros–, ayudó a neutralizar el antinorteamericanismo en la región”. Tuve la oportunidad de acompañar al presidente Felipe Calderón a la Cumbre de las Américas de Trinidad y Tobago en abril de 2009, y me consta la paciencia y sobriedad de Obama con los peleoneros de nuestra región.

Mi conclusión es que el pacifismo realista de Obama –únicamente actuando cuando hay un riesgo inminente para Estados Unidos o la paz del orbe en su conjunto– y sus agallas para no seguir el guión de Washington, le hacen merecedor al final de su presidencia de una distinción adelantada: el Premio Nobel de la paz.

Twitter: @RafaelFdeC

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