Opinión

Obama, recuperación desigual

     
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Barack Obama

Cuando Barack Obama llegó a la Casa Blanca la financiera Lehman Brothers y la aseguradora AIG estaban declarándose en quiebra, la industria automotriz se tambaleaba, la bolsa se hundía, el déficit fiscal se había disparado hasta 1.4 trillones de dólares y se perdían 800 mil trabajos al mes. La economía americana se colapsaba y se anunciaba una recesión mundial.

La prioridad era obvia: había que cortar la hemorragia, ayudando de alguna forma a bancos, empresas y trabajadores. Republicanos y demócratas estaban de acuerdo en que se necesitaba un paquete de estímulos, pero diferían en su monto, composición y forma de operar.

Obama en su campaña había planteado uno de 50 billones de dólares, mientras que expertos decían que se necesitaría treinta veces eso. Al final se acordó la American Recovery and Reinvestment Act, que costó 787 billones.

Ocho años después, el déficit se redujo en 75 por ciento y la inflación está controlada. La economía crece, las exportaciones aumentan, la venta de automóviles rompe récords. Nuevos trabajos aparecen sostenidamente y la tasa de desempleo es la mitad de la de 1989.

Además, en estos años Estados Unidos experimentó el mayor boom en producción petrolera, al grado de convertirse en autosuficiente y exportador. Aunque eso se logró al autorizarse el fracking y al abrirse a la exploración los bosques nacionales y las aguas del Ártico y del Atlántico.

En contraste con lo anterior, se hizo más estricta la regulación de las emisiones, se cerraron las minas de carbón, se impulsaron las energías limpias y se ratificaron en París los acuerdos contra el calentamiento global.

El gobierno logró sacar al país de la peor crisis en décadas, sin ignorar el papel del Banco de la Reserva Federal, que mantuvo las tasas de interés ridículamente bajas e hizo esfuerzos poco convencionales para estimular la economía a través de la compra masiva de bonos.

¿Por qué entonces la gente no está agradecida?

En primer lugar porque fue Wall Street quien operó el paquete de estímulos, en su claro beneficio. En tanto el Dow Jones se triplicaba, muy poca ayuda recibieron los ahorradores y pensionados despojados y los que quedaron entrampados con créditos e hipotecas. La economía del país salió adelante, no así la economía de muchos estadounidenses.

El sector financiero, generoso donante de las dos campañas de Obama y dudoso blanco de sus ataques retóricos, no sólo no fue castigado por sus excesos, sino que resultó el gran ganador de la recuperación y siguió como si nada con sus prácticas predatorias.

Ello a pesar de la ley Dodd-Frank, que en teoría limita la capacidad de las financieras para especular, previene otra 'falla sistémica' y protege a los consumidores.

La realidad es que las hipotecarias no se reformaron y los grandes bancos no fueron divididos como se prometió. Gracias a su intenso cabildeo, lograron relajar las regulaciones que se les impusieron. Mientras miles sufrían los recortes de personal y la congelación de sueldos, ningún alto ejecutivo de Wall Street acabó en la cárcel y ellos siguieron recibiendo sus bonos millonarios y llevando la vida de avaricia y excesos que muestra la película The big short.

Por otra parte, la deuda y el desequilibrio comercial se ampliaron, la infraestructura queda en estado deplorable, el crecimiento de la economía y de la productividad ha sido exiguo y no alcanzaron a concretarse el Acuerdo Transpacífico y su similar Transatlántico.

Obama se presentó como transformador ("change we can believe in") pero nunca comunicó un gran proyecto modernizador para recobrar el liderazgo económico del mundo, puesto en duda por el resurgimiento de China. Desde luego, el tamaño de la crisis que enfrentó y el rabioso bloqueo legislativo que soportó, lo hubieran entorpecido igual, pero a los americanos comunes nunca atinó a ofrecerles un horizonte claro y optimista.

A ellos, el mejoramiento de los indicadores macroeconómicos les dice muy poco, porque el ingreso promedio de las familias siguió cayendo y nuevos contingentes se sumaron al paro permanente o al empleo precario. La prosperidad no compartida, el declive de la salud y la educación públicas, han hecho cada vez más lenta la movilidad social y cada vez más grande la insatisfacción de los americanos. Sanders y Trump lo entendieron desde el principio

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