Opinión

Obama: la gran derrota en los medios


 
La fase final de la lucha de Barack Obama por aumento de ingresos sin ningún recorte de gastos se dio en la prensa y ahí tropezó con su Watergate.
 
Sin aprobación presupuestal, la Casa Blanca tendrá que bajar gasto y hundir más a EU en la recesión, con efecto en la economía internacional.
 
El debate en medios en torno ha llamado 'secuestro del presupuesto' por los republicanos porque se negaron a aprobar más impuestos o más gasto reventó cuando Bob Woodward, el reportero del The Washington Post que investigó el caso Watergate con su compañero Carl Bernstein, publicó el pasado viernes 22 la información de que la estrategia de uso de la palabra secuestro fue inventada y manipulada por la Casa Blanca como una forma de presionar en medios a los republicanos.
 
Lo que más molestó a la Casa Blanca fue la revelación de Woodward de la manipulación del concepto de secuestro pero también el que el propio Woodward hubiera revelado que sobre la discusión del presupuesto el gobierno de Obama hubiera 'movido los postes de la portería' al proponer no sólo aumentos en el gasto sino más incrementos de impuestos. La frase de la portería enfureció a los funcionarios de Obama, al grado de que el asesor de economía de la Casa Blanca, Gene Sperling, le gritó a Woodward por el teléfono y luego le envió un correo electrónico que el propio Woodward reveló como una 'grave amenaza' contra la libertad de prensa.
 
Ahí fue donde Obama realmente perdió la batalla del presupuesto, días antes de la fecha límite: presionó a la prensa, quiso lanzar a la sociedad contra los republicanos, manipuló la información diciendo que el recorte afectaría a los pobres y a la defensa nacional, pero al final tuvo que aceptar su derrota y meterse de lleno al recorte de 85,000 millones de dólares. Lo peor de todo fue que durante el proceso de debate, el gobierno de Obama se negó siquiera a considerar la posibilidad de recortes en gastos suntuarios o innecesarios; quiso doblar a los republicanos con más gasto sin un dólar de recorte. Y perdió.
 
El problema de fondo no se localizó en alguna estrategia perversa de los republicanos contra Obama sino en las evidencias de la realidad: Obama aumentó en casi 70% la deuda nacional -de 10 billones de dólares a 17 billones, trillones en la numeración estadounidense- y llevó el déficit presupuestal a 8.5 %, pero con un crecimiento económico menos 1.5% y un desempleo de 9%; es decir, que el gasto como salida de la crisis ha sido ineficaz para resolver la crisis y ha sobrecalentado las variables económicas.
 
Lo grave de la discusión del presupuesto es que Obama se ha asentado en el discurso populista de primero los pobres pero sin preocuparse por la estabilidad macroeconómica, en tanto que los republicanos han sido bastante más certeros en señalar que el costo de los derechos sociales con Obama -Medicare, Medicaid, y Seguro Social- absorberá el 62% del presupuesto, lo que derrumba el argumento de que el recorte afectará a defensa porque en realidad el gasto social es el que afectará el gasto de defensa. Las cifras del presupuesto están en un análisis de la Fundación Heritage -www.libertad.org/wp-content/uploads/2012/04/El-Presupuesto-Federal-en-Graficos-2012.pdf-, que es conservadora pero dio en el clavo al desglosar el costo presupuestal del populismo de Obama.
 
En este contexto los comentarios de Woodward acertaron en señalar las debilidades argumentativas del gobierno de Obama, lo que le dio espacio inclusive para burlarse un poco del discurso de Obama de que el recorte afectaría a la defensa y tendría que regresar tropas. Woodward dijo que era una 'locura' que nunca le escuchó decir a Ronald Reagan, a Bill Clinton o George W. Bush. Al final, la estrategia de Obama buscaba ganar con más presupuesto de gasto, mayores impuestos y alza en los ingresos. Pero como buen populista, Obama no ha sabido perder y por eso está organizando a agrupaciones sociales para que protesten contra los republicanos por el recorte.
 
El fondo del debate no ha sido la crisis, la recesión y el costo social, sino la estrategia global de Obama de crear y fortalecer los derechos sociales pero sin una política económica sana, igual que los gobiernos populistas de México y América Latina que llevaron al desastre de los ochenta. Se ha tratado de una estrategia para refundar el presidencialismo autoritario, para convertir al Estado de seguridad nacional que ha definido a EU en un Estado de bienestar social y para convertir la nueva cobertura social en una nueva base electoral demócrata.
 
El dato no ha pasado inadvertido para los analistas: la semana pasada, el subdirector del The Wall Street Journal, Daniel Henninger, definió el estilo personal de ejercer el poder de Obama: "si después de todos estos años nadie en Washington ha podido lograr concretar un trato con Barack Obama en temas de gasto público, impuestos y crecimiento económico, tal vez sea porque él está en un lugar efectivamente ocupado por nadie más". A ello Obama ha respondido, con amarga ironía: "yo no soy un dictador, soy el presidente", aunque llamó estúpidos a los recortes exigidos por los republicanos.
 
Sin embargo, el pleito de la Casa Blanca con Woodward ha comenzado a revivir el ambiente autoritario del republicano Nixon, quien acusaba a la prensa de conspiraciones en su contra. Pero las denuncias contra Obama por presionar a la prensa para disminuir la crítica se multiplican, como lo denunció Maureen Callahan en el New York Post o como bromeó J. Christian Adamas, jugando con el libro de Woodward y Bernstein sobre Watergate, Todos los hombres del presidente, al referirse al asesor de Obama que amenazó a Woodward: 'Todos los matones del presidente'.
 
Pero el asunto con la prensa es colateral -si no un poco anecdótico- porque el tema central se localiza en el uso del poder autoritario de la Casa Blanca para imponer una política económica populista en Estados Unidos.
 
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