Opinión

Obama en Cuba
y Argentina

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Barack Obama

El balance del viaje que realizó el presidente Obama por América Latina la semana pasada tiene matices diversos. El paso histórico de la reconstrucción y restablecimiento de relaciones con Cuba representa sin duda un parteaguas en casi 60 años de embargo, conflicto, confrontación y retórica antiimperialista.

A pesar de la cercanía y el fraternal “hermano Obama” que Fidel dedicó al presidente estadounidense en su texto periodístico, pasó apenas una semana para que el propio líder de la revolución –que el próximo 13 de agosto cumplirá 90 años– le lanzara un “No necesitamos que el imperio nos regale nada”, en declaraciones a la prensa.

Al interior de Cuba, en el gobierno de Raúl, existen muchos escépticos –o nostálgicos revolucionarios– que se resisten a esta nueva era de 'normalización'. Lo ven con resistencia, con reservas, con lecturas que apuntan más a una operación de capitalismo voraz que pretendiera apoderarse de la isla.

En Washington existen posiciones muy semejantes, de reserva y rechazo –más ideológico que pragmático– curiosamente ubicados al extremo contrario del espectro político: son conservadores extremos, que manifiestan una negativa atroz a sostener trato alguno con 'los Castro', esos tiranos disfrazados de redentores, dicen en los pasillos del Capitolio.

Sin embargo, la astucia política del presidente Obama protegió su comitiva con empresarios la semana pasada, enviando el mensaje a esos conservadores de que hay más negocio y oportunidades que posiciones a destiempo y discursos de otras décadas. “No pretendo cambiar Cuba” les dijo Obama en plena Habana. Mientras que a Raúl le dijo “seamos prácticos, hay que reconocer que el libre mercado y la libertad individual producen más riqueza y oportunidades”. Un sutil llamado al respeto a los derechos humanos –que de forma explícita no mencionó el presidente estadounidense–y al respeto total de las libertades civiles, ciudadanas.

Obama le retiró el tinte ideológico al discurso, le sustrajo la carga de las izquierdas y las derechas en una América Latina enfrentada durante 50 años por visiones de espectro: no importa, la democracia ha probado generar más oportunidades y riqueza para la población.

El viaje, los mensajes, el juego de beisbol fueron representaciones simbólicas de una nueva era que, para muchos en Washington, es ya irreversible. Eso no significa que este 'proceso' avanzará con rapidez, o con la soñada esperanza que miles de cubanos desean. Vendrá muy despacio, gradualmente, sin que asuste a nadie, ni siquiera al Fidel nonagenario cuya opinión, parece, no fue tomada en cuenta.

El próximo mes de abril, en unos días, tendrá lugar el Congreso del Partido Comunista Cubano, el foro cargado de retórica socialista e ideología del siglo XX, donde se definirá el futuro inmediato de la isla. Esa reunión que congrega a los líderes del partido en Cuba, marcará el ritmo, los sectores, la conveniencia de que este proceso de 'acercamiento' y normalización empiece a manifestarse en cosas concretas en la isla. En opinión de internos e investigadores estadounidenses, será con extrema calma y delicadeza, al estilo cubano.

Barak Obama visitó también Buenos Aires para el cierre dorado del relanzamiento de una relación dañada, maltrecha durante ocho años de Cristina y unos cuatro más de Néstor Kirchner. Obama en Argentina disfrutó, se reunió con Macri y les asignó el valioso epíteto de “Aliado estratégico” que en Argentina han celebrado a tambor batiente. Con todo, allá también hay las voces críticas, los sentimentales que extrañan el populismo rampante de Cristina y su aceitada retórica antiyanqui que tanto disfrutan sindicatos y centrales obreras.

Obama escribe su legado, construye una relación con Latinoamérica distinta, mediante el diálogo, el acercamiento, el abierto rechazo al intervencionismo y muy reducida ayuda estratégica. Es un nuevo continente al de hace ocho años: no hay Chávez, se fue Cristina, Maduro agoniza, los Castro son amigos –por lo menos Raúl– y en Colombia, Chile, Perú, Uruguay y otros tantos florece una democracia prometedora.

No hay acuerdos concretos, zonas firmadas, intercambios significativos, sino un tono cordial, respetuoso, de vecinos y de socios que tal vez, por primera vez, puedan verse entre iguales muy desiguales. Pero entre iguales que se respetan y no se someten. Veremos después de noviembre y las elecciones en Estados Unidos.

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