Opinión

Nunca me dices nada


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Nunca me dices nada

Para toda clase de males hay dos remedios: el tiempo y el silencio.
Juan Ramón Jiménez.

Lo observa vigilante, buscando señales de cómo está, en qué piensa y cómo se siente, porque él prefiere los silencios a las palabras. Ella es una fanática de decir las cosas, nombrarlas y expresarlas tal y como las siente. Se reconoce impulsiva verbal. ¿Él? Un administrador profesional de los silencios.

A veces no saben cómo han logrado comunicarse y amarse tanto como se aman.

Si ella se cansa del silencio, él se cansa de la tendencia a la anécdota que la caracteriza, contándole cada detalle, de cada momento, de cada minuto (exagerando) en lugar de decirle algo como “tuve un día complicado”.

El silencio puede ser defensivo cuando reconocer con palabras algunas realidades implique confrontación y quizá sufrimiento. Es imposible no comunicar y el silencio siempre está cargado de algún significado.

Puede asociársele con una tendencia negativa a guardarse los pensamientos y sentimientos. Efectivamente, a veces es una maniobra para evadir temas incómodos, conversaciones que puedan derivar en desacuerdos o pleitos. También puede ser una estrategia para controlar a los demás, manteniéndolos en suspenso respecto de las intenciones del silencioso.

Le pregunta varias veces a lo largo de la semana cómo se siente, qué piensa y si ya podrá por fin tomar varias de las decisiones que ha postergado. Él sólo la mira y mueve un poco los ojos para que ella lea en ellos un no sé, que es la respuesta más sincera que tiene por ahora. Prefiere no decir nada hasta no tener sus ideas más claras. Quizá no ve que la deja fuera de la posibilidad de conversar y construir entre los dos algún tipo de entendimiento temporal. Ella llena los silencios con hipótesis improbables. Se inventa cosas para intentar comprenderlo. Porque lo ama; ama al administrador profesional del silencio y por eso lo acepta. Él también se guarda lo que piensa, porque a veces se ha sentido frente a una jueza y no frente a su mujer. Cuando se anima a contarle lo que le pasa, ella lo regaña un poco, lo critica por haber decidido tal o cual cosa y también –sin darse cuenta– inicia una pequeña guerra porque lo que él dice le parece una expresión de desinterés o desamor. La relación es mucho más importante y central para ella que para él: ella es una apasionada, él un melancólico.

El silencio puede surgir de la autocensura; del miedo a la reacción del otro. O puede ser un camino para terminar una conversación incómoda, como cuando alguien dice “no tengo nada que decir”. A veces se silencia con silencio; quien lo ejerce como forma preferida de comunicación, tiene poco desarrollada la capacidad para decir YO y expresar directamente una emoción.

Los momentos más conmovedores de nuestras vidas, nos encuentran sin palabras, dijo el gran Marcel Marceau.

A veces solamente somos capaces de hablar cuando la soledad del corazón se vuelve insoportable y es verdad que las palabras tienden a ser menos equívocas que el silencio. También es cierto que hay palabras sin significado y silencios llenos de él. El silencio es una herramienta para enfrentar estados emocionales complejos. Puede ser una forma de castigo, una defensa, una resistencia. Y también un acto vinculante y de comunicación: el amor puede ser definido como la comodidad del silencio compartido. El silencio como señal de intimidad.

Ella casi se ha acostumbrado a que él sea callado. Una tarde de domingo comparten el sillón, ella lee un libro y él también. Los pies de ella están debajo de las piernas de él. Llevan un largo rato sin decir nada. Él la mira varias veces por encima de su libro; explora su rostro, lo memoriza, la ama en silencio.

Ella sabe que la observa detalladamente, que la ama cuando cambia la vista del libro a su rostro. Son esas tardes de silencio las que vuelven habitable el resto de la semana, cuando ella vuelva a preguntarle en qué está pensando.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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