Opinión

Nuevos partidos

Siempre he desconfiado de las organizaciones políticas, sociales, civiles o incluso deportivas que se construyen y edifican en torno a un personaje. Una sola personalidad que convoca, organiza, aglutina y sienta las bases fundadoras para cualquier organización.

En el sector social, las asociaciones filantrópicas se concentran y trabajan por años en conseguir la “institucionalización” que les permita sobrevivir y crecer, más allá de sus fundadores. Y la causa radica simplemente en que las metas, objetivos y estrategias que giran en torno a personajes, tarde o temprano acaban por desgastarse, desaparecer y perder sentido. Porque carecen de sentido, no tienen fundamento ni razón de existir y de trabajar, más allá del pensamiento y la visión de su fundador. Cuando el fundador se va, se retira, renuncia para dedicarse a otras tareas, esas organizaciones desaparecen. Tal parece ser el caso de -por lo menos- dos de los nuevos partidos políticos que el INE evalúa para su registro.

Morena (Movimiento de Regeneración Nacional) está diseñado y construido a obra y semejanza de su líder y caudillo Andrés Manuel López Obrador. Desde sus diferencias irreconciliables con el PRD y su dirigencia hace más de dos años, quedó claro que AMLO buscaría el registro de su propia organización, que no lo sometiera, limitara o le exigiera postulados compartidos con el Consejo Político de su partido. Andrés Manuel es un líder social, es un caudillo, con un pensamiento político que no permite cortapisas, ni diálogo, ni negociación. Las cosas son como son, bajo su mirada y perspectiva. Aquellos que disienten, cuestionan o se atreven a visiones más conciliadoras o dialogantes, son arrinconados al abandono y al olvido, porque “El líder” no acepta otros posicionamientos. Eso es Morena y eso será aunque le hagan una fachada de democrática. Andrés no requiere seguidores y simpatizantes, “gente buena” que quiera y busque el cambio en el país, AMLO demanda creyentes, fieles que sigan su prédica y practiquen su fe.

Otra nueva organización a la que el INE le ha otorgado su atención es el Frente Humanista, ligado y emparentado a Felipe Calderón. Se desprende de aquella fundación que el propio Calderón anunció a su regreso a México después de la estancia en Harvard. Es, como se dijo entonces -aunque formalmente lo negaron- la semilla de un nuevo partido político.

Hoy es ya una realidad, más sólida que nunca después de la derrota del grupo calderonista al interior del PAN. Cordero, Lozano, Gil y todos los legisladores y panistas críticos a Madero, podrán eventualmente mudar su filiación y sumarse a este nuevo frente que rescata filosofía humanista y principios éticos que en el ejercicio del poder y la lucha política son difícilmente sostenibles.

Más allá de los personalismos, de las individualidades y del tamaño de los egos, la pregunta es si México necesita otros partidos políticos. ¿Los que tenemos -siete en total- no representan al extenso y diverso mosaico social de nuestro país? Los personajes en cuestión y sus fieles seguidores, ¿no tienen cabida en los que militan y donde obtuvieron cargos públicos?

La reflexión es pertinente por el costo que estas organizaciones representan para el país, por los abultados presupuestos que el INE transfiere -así es el diseño de nuestra democracia- a los siete existentes, y ahora también a los nuevos.

La partidocracia que ha dominado a este país por los últimos 14 años
-por lo menos- ha demostrado que la lucha entre partidos se impone al interés nacional. La contienda electoral está siempre por encima de los temas vitales y esenciales que México exige, pero que se subordinan a la agenda y al interés de los partidos. Lo podremos constatar en los próximos meses, cuando se desate la contienda por el 2015, y todo acuerdo de madurez política alcanzado por y para la reformas, se disuelva en campañas y denuestos.

No necesitamos más partidos, México requiere -de ser posible- mejorar y profesionalizar los que tenemos, eliminar los de nicho y gremio y concentrar el gasto en hacer mejores los que hay, aunque para ello tuviéramos que abolirlos y fundarlos de nuevo.