Opinión

Nuevo México

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Enrique Peña Nieto

Sigo pensando que no percibimos la magnitud de los cambios por los que atraviesa el país, y que pesa más la inercia en nuestro ánimo. En mi opinión, el gran proceso en que estamos es el tránsito de una sociedad comunitarista, agrupada en corporaciones, profundamente autoritaria y discriminadora, a una sociedad menos orgánica, más democrática, libre y tolerante.

No quiero decir que ese tránsito haya terminado, pero sí que llevamos un buen trecho avanzado, y eso es precisamente lo que genera los desajustes que tanto nos angustian. Para ponerlo más claro: hace medio siglo que el intento de administrar este país mediante corporaciones, vertical y autoritariamente, dejó de funcionar. El ímpetu económico que aparentemente teníamos, y que era más bien resultado del largo estancamiento postporfiriato, se fue diluyendo en la segunda mitad de los años sesenta, justo cuando la clase media empezaba a exigir un espacio propio, al margen de las corporaciones: los maestros, los médicos, y finalmente los estudiantes, que llevaron al viejo régimen a mostrar su peor rostro.

Pero también en ese momento empezaba la gran migración a las ciudades, haciendo evidente el inmenso rezago. Usando las definiciones actuales, al inicio de los setenta el 75 por ciento de los mexicanos estaba en la informalidad y más de 30 por ciento estaba en pobreza alimentaria. La proporción de mexicanos con estudios inferiores a primaria terminada era de 70 por ciento, y sólo 2.0 por ciento tenía estudios superiores. La población, por cierto, era de 48 millones de mexicanos al inicio de esa década, trabajaban 13 millones.

Para que pueda imaginar la presión, en los siguientes 20 años la población llegó a 80 millones, un incremento de 60 por ciento, pero la población que trabajaba pasó a 30 millones, más de 100 por ciento de incremento, sin contar con quienes se fueron a Estados Unidos, que para ese momento sumaban otros cinco millones. En el sistema educativo pasamos de 11 a 25 millones de personas, y al mismo tiempo se redujo a la mitad la proporción que no había terminado primaria.

Pero esa presión se intentó manejar con los instrumentos anteriores, provocando la crisis económica de 1982 y la ruptura política de 1986.
Son momentos definitorios, que terminan con una forma de vida. En los siguientes 30 años fuimos sumando diversos cambios que, en el fondo, son síntomas, pero también causas, de la transformación social.

La omnipresencia sindical (y de las centrales campesinas en el campo) de los años setenta se va diluyendo. El partido del sistema deja los 90 por ciento en que se movía, pasa a 60 por ciento y luego a 40 por ciento que ahora tiene (con todo y el Verde). Es decir, que los mecanismos de representación de la población ya no son las corporaciones, ni su pirámide, sino los partidos de oposición. Pero todos comparten costumbres del viejo régimen, de forma que empiezan a aparecer otros mecanismos de representación, que en conjunto llamamos sociedad civil. Grupos de ciudadanos preocupados por un tema en particular (paz, seguridad, educación, pobreza), centros independientes de investigación y opinión, agrupaciones empresariales ya independizadas del corporativismo, empiezan a presionar a los gobiernos. En los años noventa con demasiada presencia partidista, después ya plenamente ciudadanos (no apolíticos) en lo que va de este siglo.

Sin su presencia sería imposible entender la relativa recuperación de Tijuana, Juárez, Monterrey, o los avances (por muy lentos que sean) en la reforma educativa o en la lucha contra la corrupción. Pero es un fenómeno incipiente, al que los partidos le tienen miedo, y que nos ha llevado por un camino extraño, del que mañana le cuento.

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