Opinión

Nueva política

He comentado con usted aquí mismo acerca del fenómeno, cada vez más evidente, de la desaparición del empleo. Ya no se crean empleos, ni se crearán, y los que existen serán cada vez menos. Esto no significa que no haya forma de ganarse la vida, sino que no será a través de la forma que más conocemos, porque fue la preponderante durante el siglo XX.

El empleo no fue la relación laboral más importante sino hasta el siglo XIX, en parte de Europa, y en el siglo pasado en todo el mundo. Antes, existían otras formas mucho más comunes, asociadas con el trabajo agrícola, que no son exactamente el tipo de empleo que ahora conocemos y consideramos normal: ocho horas diarias, cinco días a la semana, pagos regulares, prestaciones. Eso es lo que está desapareciendo.

Sin ese empleo, dejan de existir los trabajadores como los conocíamos, y sin ellos, deja de tener sentido la izquierda. Si esa fuerza política tenía como centro de su existencia la defensa de los trabajadores, se ha quedado sin materia. Y lo mismo le ocurre a su contraparte, la derecha. No hay más esa división en la política, especialmente en los países desarrollados. La mejor demostración fue lo ocurrido alrededor de la Gran Recesión: los países desarrollados que tenían gobierno de derecha, cambiaron a la izquierda, y los que tenían gobierno de izquierda, cambiaron a la derecha. Sólo por cambiar.

La gran disputa política del siglo XXI no será alrededor del trabajo, es decir, entre izquierda y derecha, como lo fue la del siglo XX. Ni será entre liberales y conservadores, como en el siglo XIX. La disputa del siglo XXI es entre jóvenes y viejos. Los viejos tuvieron empleo, con prestaciones, incluyendo pensiones y servicios de salud, que no se financiaron correctamente, y que han provocado deudas enormes. Deudas que tendrán que pagarse con impuestos. Los jóvenes, en consecuencia, no tendrán empleo (porque eso ya no existe), pero tendrán que pagar impuestos más altos para cubrir prestaciones de los viejos. Prestaciones que ellos no tienen.

Es una transferencia de riqueza de jóvenes a viejos que no parece tener justificación. Por eso los jóvenes en los países desarrollados han decidido que ya no quieren a los partidos existentes. En Japón, esto permitió el regreso al poder de Shinzo Abe, con una propuesta económica muy diferente a la tradicional en ese país. En Estados Unidos, el descontento está siendo capitalizado por el Tea Party, que no es una simple locura de derecha, sino una oferta que les parece aceptable a quienes ya no quieren pagar impuestos a los niveles actuales.

En Europa, estas figuras avanzan. En Italia, el Movimiento 5 Estrellas (M5S) ha capitalizado este descontento alrededor de un bufón; en España, casi de la nada surge Podemos, en torno a un profesor con presencia mediática; en Alemania, Alternativa para Alemania (AfD), una de cuyos máximos dirigentes es una joven química (curiosamente, la profesión de Merkel). Estos partidos han obtenido, 21, 8 y 7 por ciento del voto, respectivamente, en las últimas elecciones europeas.

Estas nuevas fuerzas políticas no son exactamente de derecha. Sí son populistas y anarquistas, al menos parcialmente. Responden a una realidad social, aunque no necesariamente sean el mejor vehículo político. En Francia, quien está capitalizando esto es la derecha extrema, y eso es peor. Vivimos tiempos interesantes.

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