Opinión

Nueva política

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Cada vez son más los procesos industriales que son realizados por máquinas, desplazando a los trabajadores. (Bloomberg)

Hace algunas semanas comentaba con usted cómo ha estado cambiando la política en el mundo como resultado de la transformación económica que, a su vez, resulta de la innovación tecnológica.

Se dice con frecuencia que los grandes cambios ocurrieron hacia la mitad del siglo pasado, y desde entonces apenas hemos ido mejorándolos un poco: aviación, televisión, incluso revolución verde. No es así: la democratización de los vuelos ocurrió después de los años setenta, la del flujo de información apenas está en proceso, y la producción de alimentos ha seguido creciendo al ritmo de aquella famosa revolución. Visto en términos de cómo se produce, los grandes cambios empiezan a fines de los setenta, cuando se alcanza el mayor número de personas en producción industrial en los llamados países desarrollados.

Gracias al cambio tecnológico, una parte de la producción ya no es realizada por humanos, y otra parte se ha podido globalizar. A veces no lo consideramos, pero sin la gran revolución en las tecnologías de información y comunicaciones, sería imposible la globalización actual, desde el control de la producción, la logística, el transporte, etcétera.

Ese gran cambio tecnológico ha provocado que muchas más personas trabajen en el mundo en la industria y en servicios avanzados, pero que lo hagan por menos tiempo al día. En consecuencia, el modelo del empleo vitalicio, de ocho horas diarias y cinco días a la semana, con vacaciones y prestaciones, ha ido desapareciendo por 30 años. Eso ha provocado una gran caída en la densidad sindical, pero ha ido más allá, reduciendo el tamaño de lo que por décadas se llamó “clase trabajadora”.

Sin trabajadores, y sobre todo sin sindicatos fuertes, la izquierda se vino abajo. En la búsqueda de una explicación, se inventó una especie de conspiración que llamaron “neoliberalismo”, que más que ayudar, le impidió a ese segmento de la política entender el proceso de cambio. Lo mismo le ocurrió a la derecha, que perdió a su contrincante sin tampoco entender el proceso.

Hoy, la gran discusión política no tiene que ver con la de la posguerra, que giraba alrededor del empleo y el estado de bienestar. Hoy los problemas tienen que ver con el financiamiento de ese estado, la dificultad de incorporación a la producción, y el manejo del tiempo libre. Así que la gran disputa actual ocurre entre quienes pagan impuestos y quienes reciben gasto, entre quienes tienen las habilidad para participar en la producción y quienes no las adquirieron, y entre todos, tratando de entender cómo se puede vivir con 20 horas de trabajo a la semana o menos.

En esa discusión, ni la izquierda ni la derecha tradicionales tienen mucho que aportar. Y como no aparece aún un discurso que construya sobre estos nuevos temas, vivimos un regreso al populismo: ofertas irresponsables, liderazgos caudillistas, movilización sin fin. Por eso el ascenso de movimientos como Cinco Estrellas en Italia, Podemos en España o los extremos: la derecha en Francia con el Frente Nacional y la izquierda en Grecia con Syriza, que ganó las elecciones. Usted verá a muchos diciendo que éste es el regreso de la izquierda y el fin del neoliberalismo. No se vaya a confundir.

Twitter: @macariomx

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