Opinión

Nueva Guerra Fría

18 marzo 2014 6:33
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Desde la caída del Muro de Berlín en 1989, o la desintegración formal de Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas en 1991, no vivía el mundo una tensión de esta magnitud entre la Federación Rusa y Occidente.

Se realizó el referéndum en Crimea, que registró una participación cercana a 85 por ciento y cuyos resultados establecen la firme intención de la mayoría –96.7 por ciento de los votos– de desvincularse de Ucrania. Horas más tarde, desde Moscú, el presidente Putin declaró el reconocimiento formal a la independencia de Crimea como nación libre y soberana, un mero requisito para pasar a lo que sigue: la solicitud –tendrá lugar hoy en Moscú– de ser admitidos como parte de la Federación Rusa.

Parece un guión trazado paso a paso desde un escritorio muy cercano a la oficina de Putin en el Kremlin. Un guión preparado escena por escena, con declaraciones de respeto, libertad, reconocimiento, protección de derechos y mucha retórica. Todo, hasta ahora, ha salido conforme lo planeado. Tal vez hasta las sanciones económicas por parte de Europa y Estados Unidos estaban previstas. No calculaban, eventualmente, que las sanciones estadounidenses llegarían a las personas –con nombre y apellido– y también a sus cuentas o inversiones depositadas en EU. Se trata de siete rusos del más alto nivel, asesores presidenciales, diputados encargados de la Comisión de Justicia y Constitución, el viceprimer ministro y otros, que la inteligencia norteamericana identifica como los orquestadores responsables de esta vulgar anexión. Hay también cuatro ciudadanos de Crimea, señalados como los líderes prorrusos encargados de impulsar la maquinaria para que todo esto sucediera. El propio Yanukovich, expresidente de Ucrania, está en la lista. Las sanciones incluyen prohibición de viajes y congelamiento de cuentas y activos, por ahora.

Los soldados rusos, llamados ahora “corteses caballeros” o “hombres de verde” han llegado a Crimea como un “ejército libertador”. Uniformes nuevos, armas relucientes y especialmente un trato y un tono suave y gentil, diametralmente opuesto al habitual estilo áspero, gritón y autoritario que caracteriza a los militares rusos. Gran trabajo en el cuidado de su imagen, de aceptación y reconocimiento como estrategia, para no ser advertidos como lo que son en verdad: un ejército invasor.

El 58 por ciento de la población de Crimea es considerado ruso-étnico, es decir, racial y culturalmente ruso. Tiene una minoría no superior a 12 por ciento de musulmanes kasajos y centroasiáticos, herederos de las glebas de reubicación poblacional ordenadas por Stalin entre 1938 y 1950, además de otros segmentos no mayores a 10 por ciento de “ucranios originales”. Fue Nikita Krushev, líder soviético (1954-1966), precisamente de origen ucraniano, quien ordenó la anexión de Crimea a Ucrania en 1958. Hasta entonces había pasado por muchas manos y era el destino vacacional favorito de los zares. Antes de eso, hubo turcos, musulmanes, bizantinos y tantos otros como la historia registra.

Nada de esto le otorga derecho alguno a Putin para engullirse a la provincia en pleno siglo XXI, pasada la era del colonialismo y superada la Guerra Fría que reaparece como emisario del pasado. Es Putin y su nostalgia por la URSS, por los poderes hegemónicos, por la esfera de poder e influencia, por su constante desafío a Occidente. No se ven signos que permitan encontrar una salida pacífica y dialogada, lo que deja a Europa y a EU en una encrucijada: ¿las sanciones y castigos económicos serán suficientes para detener a Putin? Improbable.

¿La OTAN y sus efectivos en Europa serán puestos en alerta como señal de confrontación armada? Nadie quiere una guerra en Ucrania por Crimea, a pesar de su importancia estratégica y geopolítica. El 30 por ciento del gas natural que calienta los hogares europeos proviene de Rusia y, a nivel global, es el tercer socio comercial de Europa. ¿Qué hacer? ¿Convencerlo con palabras o amenazarlo con castigos? Mucho me temo que nada dará resultado con Gaspadín Putin, quien se saldrá, aparentemente, con la suya.