Opinión

Nueva emigración
laboral española

Este año se cumple el 75 aniversario del inicio de la emigración española a México producto de la Guerra Civil de 1936-1939. Como se ha documentado ampliamente en análisis históricos, experiencias personales y, sobre todo, por el legado de los republicanos exilados, la contribución en múltiples campos (academia y educación, industria, agricultura, legislación, medicina, etc.) fue fundamental para el crecimiento económico y el desarrollo del país en las siguientes décadas.

Esa fue la “segunda ola migratoria” entre ambos países, consecuencia de crisis esencialmente políticas; la primera, a fines del siglo XIX y principios del XX, tuvo un carácter económico: la búsqueda de oportunidades de generación de ingreso en América en sectores comerciales y de servicios como mueblerías, hotelería, panificación, comercio al menudeo, y también en algunas industrias muy incipientes en México en esa época.

Desde principios de los 2000, pero sobre todo como consecuencia de la crisis económica de 2008, se registra una “tercera ola migratoria” entre España y México que se diferencia de las anteriores ya que se trata preponderantemente de población joven con elevadas calificaciones laborales y que no encuentran empleos adecuados y bien remunerados en su país.

En la década pasada, antes de la crisis, la incorporación de españoles al mercado laboral mexicano se dio por la incursión de grandes empresas que buscaron expandir sus mercados en economías emergentes y aprovechar las ventajas del TLCAN en la zona de Norteamérica. Así, intensificaron operaciones en México empresas en los sectores financiero (Santander, BBVA, Mapfre), energético (Iberdola, Gas Natural, Técnicas Reunidas, Abengoa), construcción e infraestructura (OHL, FCC), hotelero (Meliá, Barceló, Riu), comunicaciones y transportes (Telefónica, CAF), medios de comunicación (Prisa, Planeta) y muchas más de las 315 empresas instaladas en México con capital español, según información de la Secretaría de Economía y la Consejería Económica de la Embajada de España. Ello implicó la incorporación de personal español en esas empresas en niveles directivos.

Con la crisis, ante una economía en recesión y una tasa de desempleo global superior a 25 por ciento y de más de 50 por ciento en los jóvenes, en España se disparó la emigración laboral. Oficialmente, entre 2008 y 2012 emigraron 225 mil personas aunque las estimaciones no gubernamentales ubican esa cifra en 700 mil, en su mayoría a países de la Unión Europea (Reino Unido, Francia y Alemania) y a Estados Unidos. En el caso de México, de acuerdo con información de la Secretaría de Gobernación, se otorgaron a ciudadanos españoles cerca de siete mil 500 permisos para trabajar (FM3) en ese periodo, lo que implicó una tasa de crecimiento promedio anual de 20 por ciento; no obstante, diversos estudios señalan que el número de emigrantes fue del orden de 18 mil.

Aunque aparentemente la economía española muestra signos de recuperación, el Banco de España estima que el PIB crecerá sólo 1.1 por ciento en 2014 y menos de 2.0 por ciento en 2015, en tanto que el desempleo se mantendría entre 23 por ciento y 25 por ciento, es previsible que los flujos laborales migratorios continúen en aumento, como consecuencia de las políticas de “flexibilización” laboral que se instrumentan en ese país como los denominados “Expedientes de Regulación de Empleo” (ERE) que permiten los despidos con indemnizaciones mínimas y la recontratación en condiciones mucho menos favorables para los empleados.

Esa nueva emigración laboral a México es diferente a la de principios del siglo pasado y a la de la Guerra Civil: voluntaria, no obligada; personal calificado joven, y no de todas las edades y condiciones; y un desarrollo del país con muchas deficiencias, pero radicalmente distinto. El país es otro. Sin duda, México deberá aprovechar ese capital humano, compartiendo experiencias e iniciativas. Por otra parte, ese capital enfrentará condiciones de competencia en el mercado laboral, que tampoco tiene precedentes. Será importante no caer en “malinchismos” de uno y otro lado.

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