Opinión

Nueva educación

Seguramente usted se ha dado cuenta de las dificultades que tienen las economías para generar empleos. A partir de la gran recesión, la mayoría de los países más ricos no ha podido regresar a los niveles de desempleo que tenían, a pesar de que su PIB es ahora mayor. Se discute mucho si la política económica es la adecuada, si se requiere más gasto de gobierno o menos, si debe seguir el relajamiento monetario o no, pero no parece entenderse que el empleo es un fenómeno en extinción.

El empleo es algo que no ha existido siempre. Antes del siglo XIX era más bien marginal, y se limitaba a la administración pública, que entonces era considerablemente menor a la actual. En ese siglo el empleo empezó a crecer, hasta convertirse, en el siglo XX, en la principal relación productiva en el mundo. Nosotros, los que vivimos la segunda mitad del siglo pasado, creíamos que era lo normal, porque es lo que conocíamos. Sin embargo, a partir de 1979 el empleo deja de ser la relación productiva casi única.

Ya no se generan empleos como antes y en el futuro cercano habrá aún menos. No quiero decir con esto que ya no haya forma de ganarse la vida, sino simplemente que esa forma, que creció durante el siglo XIX y dominó durante el XX, irá desapareciendo en este siglo XXI. Ya hoy mismo la proporción de personas que trabajan en formas diferentes es, en Estados Unidos, de 25 por ciento; en Francia es de 33 por ciento, en Alemania de 37 por ciento y en Holanda de 50 por ciento. Por cierto, Holanda es ya el país en el que menos horas se trabajan al año. Estamos logrando, gracias al capitalismo, el sueño de Marx: una vida de ocio productivo.

Pero esas nuevas formas de producción requieren personas diferentes. Los sistemas educativos, no hay que olvidarlo, crecieron junto con el empleo y se dedican, de manera preponderante, a preparar individuos para esa forma de producción. Necesitamos preparar a los niños y jóvenes de otra manera.

Las formas alternativas al empleo requieren personas con mayor autonomía, y simultáneamente con mayor capacidad de adaptarse a diferentes equipos. Esto no es contradictorio. La autonomía personal es lo que permite esa adaptación, pero hay que construirla. Por ejemplo, es necesario que los niños y jóvenes adquieran desde temprano mayor confianza en sí mismos junto con mayor tolerancia a los demás. Es también imprescindible que puedan manejar diversos lenguajes, y no me refiero con ello sólo a idiomas, sino también al lenguaje matemático, los códigos computacionales, los lenguajes plásticos y musicales, etcétera.

Puesto que sin empleo desaparecerá (o se reducirá) la cobertura de salud y seguridad social a la que el siglo XX nos acostumbró, es de la mayor importancia la educación financiera: ahorro, inversión, seguros. Tampoco habrá jefe directo, de forma que hay que aprender a decidir, que no es nada simple.

Cuando iniciaba la industria, hace 200 años, muchos pensaban que no habría forma de que las mayorías rurales y campesinas pudiesen jamás participar de esa nueva actividad económica, ni mucho menos aprovecharla. Hoy pasa lo mismo, me dicen que las mayorías no son capaces de trabajar si no es mediante empleos. Creo que están equivocados. Lo único que falta es darles herramientas, y eso implica una nueva educación.