Opinión

Nuestros migrantes no deben ser los peones del ajedrez estadounidense

¿Alguien que sale de México en búsqueda de la oportunidad de una mejor vida sigue siendo mexicano? La respuesta es evidente, pero por décadas el gobierno de México ha hecho entre nada y poco por ayudar a 12 millones que nacieron en México y viven en Estados Unidos, o a los más de 21 millones de mexicanos que no lo son por nacimiento.

Esta comunidad carece de peso político en ambos lados de la frontera, aunque México avanza erráticamente en el registro de electores que residen en Estados Unidos, y el perfil demográfico de los mexicanos nacidos ahí los hace una fuerza cada vez más difícil de ignorar para políticos estadounidenses.

Mientras tanto, esta población padece de racismo, discriminación y falta de oportunidades tanto en Estados Unidos como en México. La criminalización de la migración indocumentada cumple con importantes propósitos económicos y políticos en ese país. La criminalización de la posesión de pequeñas cantidades de mariguana despedazó a las comunidades afroamericanas, ésta creó un boom para las prisiones privadas. Como dice Michelle Alexander, autora del libro The New Jim Crow, esa política creó una nueva forma de esclavitud. Uno de cada tres jóvenes negros que no terminó preparatoria está en la cárcel, y el sistema es cruelmente punitivo para quien ha estado en prisión, perdiendo incluso el derecho a votar.

En Estados Unidos hay 2.3 millones de presos, la mayoría afroamericanos y crecientemente hispanos. Uno de cada cuatro presos del mundo está en una prisión estadounidense, a pesar de que tienen sólo 4.5 por ciento de la población global. El número ha crecido, a pesar de que las tasas de criminalidad han caído fuertemente desde 1980. El “complejo industrial carcelario” ha cabildeado agresivamente en estados como Arizona.

Por muchos motivos, crece la importancia de que ahora sean los hispanos quienes pueblen las prisiones. Claramente, la clientela más leal del Partido Demócrata es la afroamericana. En las dos elecciones que ganó Obama, como sería de esperarse, más de 90 por ciento de ellos sufragaron a su favor. Pero, más importante que eso, salieron a votar, cuando usualmente han sido una comunidad políticamente apática.

Los hispanos son potencialmente menos leales pues son socialmente más conservadores y religiosos, lo cual podría hacerlos simpatizar con republicanos. A diferencia de la comunidad afroamericana que ha logrado beneficiarse de esquemas de gasto social, los migrantes hispanos recientes (después de la migración puertorriqueña) se han tenido que rascar con sus propias uñas y se han visto forzados a emprender. Al hacerlo, sin embargo, han desplazado económica y socialmente a los afroamericanos. Cerca de un millón de pequeños negocios en Estados Unidos son de mexicanos.

Los cambios recientes a la ley hacen que vaya a prisión un migrante indocumentado que es deportado, regresa y es nuevamente detenido. El presidente Obama ha deportado a más migrantes que los últimos tres presidentes sumados. Difícilmente podríamos creer que esto no tiene correlación con todo lo anterior.

¿Cuál es la probabilidad de que un padre deportado no intente nuevamente migrar, si dejó a sus hijos solos y sin sustento? ¿Qué pasa en México cuando cientos de miles de deportados que llevaban décadas en Estados Unidos son enviados a México, donde ya no tienen casa, trabajo, familia o red de sustento? El impacto en las ciudades fronterizas ha sido enorme.

La obligación del gobierno y de la sociedad civil de México es defender y empoderar a nuestros paisanos. Pero, hay que leer correctamente el panorama político. Por las razones antes expuestas, Obama no ha querido una reforma migratoria. Si la hubiera querido, habría aprovechado cuando los demócratas tuvieron mayoría en ambas cámaras los dos primeros años de su mandato. La reforma era un elemento incómodo para los republicanos, particularmente antes de noviembre. Ellos prefieren que esa elección sea un referéndum de Obama, cuya popularidad se ha desplomado.

El momento favorece a los republicanos, pues todos los candidatos del Partido del Té, antiinmigrante, perdieron en las recientes elecciones primarias republicanas. Los adultos recuperan las riendas de su partido.

Es crecientemente probable que en la elección legislativa de noviembre, el Partido Republicano recupere la mayoría en el Senado. Eso presentaría una situación interesante. Los republicanos necesitan del voto hispano porque saben que la evolución demográfica del país va en su contra. Al controlar ambas cámaras, podrían ellos pasar una reforma migratoria y recuperar el terreno perdido y posicionarse para las elecciones presidenciales de 2016.

Por lo mismo, Obama pudiera tratar de adelantárseles y profundizar los derechos otorgados por la iniciativa de “Acción Diferida”, que protege de la deportación a jóvenes a quienes sus padres llevaron a Estados Unidos como niños, y que cubren ciertos requisitos.

México tiene que organizar, orientar y financiar a organizaciones de migrantes para que vendan caro su apoyo y aceleren el empoderamiento político de una comunidad que merece mucho más de lo que de ambos lados recibe.

Twitter: @jorgesuarezv