Opinión

Nostalgia política

04 agosto 2017 5:0
Etiquetas
  
 
 

 

Elecciones Veracruz

Uno. Teóricamente, cuando el perfil del político de altura, lo trazaba, además del protagonismo histórico, el sentido de Estado, un sexenio se dividía en tres partes.

Dos. Primera parte: la asunción del cargo, decidida por inmediatos golpes al timón que, como la orina de los perros, marcara no sólo el nuevo territorio sino la resolución de asuntos públicos pendientes.

Tres. Política viva pautada, no obstante, por las horas de gabinete. Las dedicadas al estudio, directo o asesorado, del momento real de la Nación. O de la entidad federativa o del municipio.

Cuatro. El mandatario nacional, estatal o local, como autoridad número uno de la agenda pública, su especialista supremo. Economía, violencia, servicios, fuerzas políticas en juego…

Cinco. Segunda parte: la acción concertada de un equipo de viaje tan leal como apto, invitado al doble juego de capacidad de gestión y ambiciones personales. Máxima era, la de que el brillo de una administración dependía de la sinergia de personalidades notables. La caballada del sprint final.

Seis. Tercera parte: la preparación, justamente, del tramo final de la travesía, “haiga sido como haiga sido” el sexenio. Venturoso, desventurado, tormentoso, calmo en lo que cabe. Fecha fatal, pero por igual aprecio público tenía la condición de Ex-Guerrero que abandona el campo de batalla.

Siete. ¿Y qué rayos perdura del cuatro (idílico, en parte, lo admito) anterior? Nada, nada que yo sepa.

Ocho. El “político” al uso (y no sólo en México, “remember” Donald Trump), es una mixtura de improvisación, ineptitud, mediocridad, desconocimiento sistemático de los asuntos bajo su cuidado; y ansias locas por un próximo escaño (Trump, para seguir con el ejemplo, está en plena campaña por la reelección).

Nueve. El tiempo actual de la administración pública no es el del gobierno sino el de elecciones permanentes. Atribúyalo el lector de El Financiero a la partidización total de la vida pública. Modo deshonesto de vivir.

Diez. Partidos políticos: maquinarias electorales, tumbas de la ideología.

Once. Y, por cierto, si ya se está cocinando, para que todo siga igual, la alianza PAN-PRD, ¿por qué no el menage a trois PRI-PAN-PRD?
Doce. Golpe maestro. Metafóricamente, matar de una sola jugada al perro y a la rabia. Y que sigan dándole vuelo a la hilacha las prerrogativas, los “moches”, los ejércitos de asesores, las comisiones y sub-comisiones cuando algo sale mal, los Pasos Exprés a la muerte.
Trece. ¿Para qué fatigarse en candidatos ciudadanos, independientes, si ya están a la mano las estructuras partidarias, cosa nomás de juntarlas?

Catorce. ¿Y los ex-presidentes municipales, los ex-gobernadores, los ex-presidentes de la república? ¿Gozan todos de buena fama, colgados ya los arreos de la brega cívica? ¡Qué va!

Quince. Los desvelos, el sentido de responsabilidad del ex-presidente municipal de Palmar de Bravo, Puebla, se vieron compensados, vigorosa sospecha, con la propiedad de 17 inmuebles.

Dieciséis. ¿Y qué decir de las prisiones, reales o quemándoles lo aparejos, de los dos Duarte y de Borge, mencionados en el número del nuevo PRI?

Diecisiete. ¿Y de los ex-presidentes de la república, excepción hecha de Luis Echeverría, confinado?

Dieciocho. Carlos Salinas, intrigando mañana y noche (amén de publicar libros capitales). Ernesto Zedillo, viejo sueño, cooptado por los “head hunters” norteamericanos. Vicente Fox, gracias a la política, al fin empresario boyante, disparando burradas. Calderón, jefe de campaña electoral familiar.

Diecinueve. Así estamos camino (viacrucis) a las elecciones presidenciales de 2018. 

También te puede interesar:
El poder superior
México en vilo
Grupo Atlacomulco