Opinión

Nos tienen agarrados
de los litros

 
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Aeropuerto de Cancún

Presencié la escena. No me parece común. Transitaba a media tarde el martes sobre Calzada de Tlalpan en la Ciudad de México en una ruta que me llevaría al aeropuerto.

Frente a mí, avanzaba lentamente una pipa color verde olivo que en su tanque exhibía una leyenda: turbosina.

Detrás del vehículo, una camioneta tipo pick up a manera de escolta. Seis oficiales del Ejército conté que viajaban en ésta. Armados, al menos los cuatro montados sobre los asientos de la caja trasera. Este especial cuadro tiene lógica: transportaban un bien escaso. Unos 20 mil litros de ese producto.

Recordé la nota publicada por EL FINANCIERO acerca de la escasez de combustible en el aeropuerto de Toluca refutada por el distribuidor, Aeropuertos y Servicios Auxiliares. Inevitablemente también, en lo que me contó un importante distribuidor de petrolíferos acerca de que Pemex hoy hace malabares para surtir las gasolineras del país.

La cosa es fácil. Pemex está dejando de producir gasolina y la turbosina nacional se perfila para ser producto exótico en los aeropuertos.

Datos oficiales contenidos en el Sistema de Información Energética (SIE) confirman que la petrolera produce este año un tercio menos de combustible para jets, respecto a aquél que fabricaba hace cinco años.

El problema es que la caída coincide con los mejores años que han visto la aviación y los aeropuertos del país.

No hablemos de esa máquina moledora de carne en la que se convirtió el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, en donde tanto vuelo vuelve fortuna un arribo a tiempo.

Veamos el negocio de Fernando Chico Pardo, Asur, el combo de aeropuertos que incluye Mérida y ese tazón de bombones que es Cancún.

En el mismo lapso de cinco años en el que cayó la producción nacional de turbosina, el tráfico de pasajeros, sólo ahí, subió 58 por ciento. En octubre los complejos de Asur movieron 46 pasajeros… por minuto, 17 más que hace cinco años.

Si Pemex no ayuda a mover el tráfico adicional, líderes de las petroleras extranjeras levantan la mano. En cinco años, México aumentó la importación de turbosina cuatro mil 215 por ciento. Más de 40 veces. En cinco años.

De cada litro de turbosina que se vende en México, 480 mililitros, prácticamente la mitad, ya es importado. Hace cinco años esa participación era casi nula, unos 15 mililitros por cada litro, de acuerdo con el SIE, del gobierno federal.

El caso de la gasolina es más conocido. Sólo actualizo cifras: 66 por ciento de la gasolina vendida acá ya es importada. En gas LP y en gas natural aumentan también las importaciones.

Está claro que dependemos de que alguien nos venda combustible para que podamos movernos a donde queramos.

Lo que no está claro es qué nos garantiza que Estados Unidos, el principal proveedor con el que contamos hoy, nos siga vendiendo. Si su gobierno establece restricciones --como impuestos a la exportación, por ejemplo-- no hay mucho que acá podamos hacer.

“En el NAFTA no hay naftas”, me dijo un ingeniero, aludiendo la ausencia de la gasolina en el TLC con Norteamérica.

Sólo hay una mención del intercambio comercial de combustibles entre los tres países. En un anexo al artículo 603, pero sólo refiere las restricciones constitucionales que antes tuvo México en materia de distribución de petrolíferos.

El presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, divulgó que quiere renegociar el tratado o salirse. Acá, este país que aprendió a volar no quiere parar y acaso tiene un arma de negociación para defenderse contra una imposición hostil, pero de eso daré información luego.

Mientras, empezamos a entender el mundo desde el punto de vista de un país grande e importador de energía. Los pleitos que tal dependencia genera llenan las hemerotecas.

Twitter: @ruiztorre

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