Opinión

Nos contaminamos unos a otros

El problema de la contaminación debiera ser visto de manera integral. En el país entero tenemos ríos que están muriendo debido a la contaminación, tanto industrial como por los asentamientos humanos; ríos y lagos que podrían y deberían ser rescatados y aprender a convivir con ellos como un tesoro natural que habría de ser aquilatado en toda su dimensión. Por cierto, si quisieran experimentar la sensación que causa admirar, inclusive sentir en carne propia el correr de un río cristalino, inmerso dentro de un ambiente boscoso, puro y, afortunadamente, alejado de toda la contaminación de una gran ciudad como lo es la nuestra, los invito a que visiten los famosos dinamos, en la delegación Magdalena Contreras; tal vez sea el único lugar con esas características que nos queda a los que habitamos en el Distrito Federal.

Tenemos también contaminación por ruido el cual trae como consecuencia terribles efectos en la población, desde sordera hasta neurosis, o el llamado estrés; camiones que circulan por nuestras ciudades con el escape abierto sin que nadie ponga un alto, discotecas o fiestas privadas, ya sea en pueblos o colonias, en donde el volumen de la música es tan alto que impide que los vecinos duerman, además de cerrar las calles muchas veces sin permiso de las autoridades. La contaminación visual es francamente exagerada, desde anuncios espectaculares y vallas, hasta el grafiti que afean, todo ello, a nuestras ciudades; ya ni mencionar los tiraderos de basura al aire libre, en las calles o en terrenos baldíos donde la contaminación es de diversa índole, o el cascajo abandonado en la vía pública producto de las obras de remodelación o construcción; bueno, la basura misma, desprovista de una cultura de separación de los desperdicios orgánicos de los inorgánicos, por supuesto que también suma a la problemática.

Son muchos los medios de comunicación que contaminan el pensamiento de la gente, manipulando a través de su programación a sus audiencias. La contaminación vehicular es un grave problema y sobre todo en nuestra megalópolis en donde la concentración de gente hace que la movilidad sea lenta, y si a esto le aunamos la falta de recursos de la población, será evidente que la 'carcachización' del parque vehicular seguirá siendo la constante.

Hoy las bicicletas son una buena opción, pero en una ciudad como la de México, tan grande y caótica, se hace imposible su uso de manera constante. Las motocicletas podrían ser otra buena alternativa, como lo son en Europa y Asia, pero las autoridades restringen su uso frecuentemente, además de que en los dos casos anteriores no existe respeto alguno de parte de los conductores y el peligro es inminente. Desgraciadamente no hay una educación del automovilista, la cual necesariamente tendría que derivarse de una medida gubernamental. Ejemplo de lo anterior sería implementar el uno por uno, como se da en ciudades como Morelia o Oaxaca; sin embargo, en nuestra ciudad la constante es el 'agandalle'.

Sería muy benéfico el replanteamiento de las formas de circulación vehicular en nuestra ciudad, en el que se establezcan normas tales como dar preferencia a aquellos automovilistas que circulan sobre glorieta, o no llenar de topes las colonias, ya que esto contribuye a una contaminación mayor por la emisión excesiva de humo de los coches. Pero sería mejor si, específicamente, se hiciera respetar, sin cabida a corrupciones, el Reglamento de Tránsito.

Buena parte de la solución para bajar los altos índices de contaminación atmosférica está en el transporte público, pero no en el tipo de transporte que tenemos en las diferentes ciudades del país, mismo que considero obsoleto e indigno. Para que la gente use mucho más el trasporte público éste debe ser eficiente, ordenado, cómodo, limpio, constante, permanente, seguro, rápido y con tarifas accesibles para todos. Hoy por hoy el transporte público es desastroso, no existen paradas establecidas y las que sí, no son respetadas; tampoco existen horarios determinados en los que debieran hacer las paradas establecidas. El transporte público no cuenta con ninguna de las premisas antes mencionadas y además contamina en ruido, humo, visualmente y propicia la falta de civismo por parte de los conductores. Las bases en donde el transporte público se estaciona se han convertido en auténticos basureros en donde conviven puestos de comida, perros, roedores, ladrones, piratería, abusos de toda índole y etc., etc., etcétera.

Rescatar a la megalópolis y a las ciudades de nuestro país tiene que ver con la capacidad de las autoridades de generar y conservar el orden a través de medidas e instrumentos necesarios, pero también tiene que ver con la capacidad de una ciudadanía que además de exigir orden, sea capaz de respetarlo.

El problema es mucho más grave de lo que parece y lo que percibimos es que nadie está dispuesto a solucionarlo de manera integral.

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