Opinión

No siempre puedes tener lo que quieres

    
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Ser perfeccionista no es precisamente una virtud. (Shutterstock)

You can´t always get what you want
(M. Jagger, K. Richards)

Es raro que alguien crea que ser perfeccionista es un rasgo negativo: gracias a que le gustan las cosas perfectas ha tenido grandes logros en la vida y es indispensable en todas partes porque nadie alcanza el culto al detalle que lo o la caracteriza.

Muchos jóvenes empresarios inician negocios en Silicon Valley, la nueva tierra de las oportunidades, pero no todos tienen éxito. Algunos gurús empresariales que reconocen la importancia de las emociones en la relación con el éxito, cuentan casos dramáticos de jóvenes promesas de la tecnología destruidos porque su proyecto fracasó. Hombres y mujeres brillantes creen que ser valiosos es tener éxito económico y reconocimiento social.

Sharon Salzberg dice que el perfeccionismo es “el uso improductivo de la atención. El odio por uno mismo no nos hará mejores”.

Los altos estándares de desempeño suelen estar motivados no por el amor al conocimiento sino por el miedo al fracaso. Muchos chavos de colegios y universidades con prestigio, viven el infierno de competir todo el tiempo y de sentir que no valen por ellos mismos sino por los resultados que den. Su puntaje (cuánto valen) depende de lo que los otros piensen de sus logros y apariencia.

La relación con cualquier cosa que se parezca al fracaso es, por tanto, malísima. Fallar no es una posibilidad, afirman emocionados los fanáticos del desempeño. Pero un día fallan y se desmoronan. O ven a otros despuntar más y se castigan pensando que ellos jamás lo lograrán.

Como cultura, hemos sido incapaces de desalentar las comparaciones. Facebook, Instagram y Twitter son escaparates de vanidad en los que todos se miden entre sí. Quién tiene vidas más felices, agencias de publicidad más exitosas, relaciones más amorosas o viajes más espectaculares.

Entregar la medida del valor personal a fuentes externas es peligroso. Vivir para comprobar que gustamos, que encajamos, que somos ganadores y populares se vuelve la principal motivación de quienes se aman poco y mal.

El puntaje puede ser interno y mucho más importante que el externo, que suele ser producto de un yo falso, con máscara, que pretende la perfección; una forma de la violencia es maltratarse después de cometer un error; es negar nuestro valor intrínseco y nuestro derecho a ser amados y a pertenecer pase lo que pase.

Recuerdo a unos padres que se parecen a cientos de otros padres, más preocupados por el desempeño laboral de sus hijos que por qué tan contentos o estables se sentían con sus vidas. Esos padres que siempre quieren que sus hijos sean mejores y que casi nunca están satisfechos con ellos, condicionan el amor: si triunfas, te querré más. Si fracasas, te apoyaré pero me habrás decepcionado.

Sé que pensarán que la siguiente idea es cursi pero es resultado de varias investigaciones: El único antídoto para combatir la hostilidad del perfeccionismo es el amor, entendido como la relación apacible que cada uno podemos tener con nosotros mismos. Solo amando quiénes somos sin máscara se pierde el miedo de vivir sin ella. En una cajita de perfección cabe muy poco de nosotros. Establecer metas inalcanzables sirve para lacerarse después por no alcanzarlas.

Creer que somos diferentes o especiales proviene de un optimismo conmovedor que también tiene un lado oscuro, porque si algo sale mal, querrá decir que no somos nadie.

Creer que somos dignos de amarnos y de que nos amen pase lo que pase, es el único modo de construir fortaleza para los buenos y para los malos tiempos.

Amarse no es auto indulgencia, ni flojera, ni narcisismo. Quien se ama sigue teniendo metas pero no se preocupa por decepcionar a los demás. Amarse es aceptar y amar al yo imperfecto que vive dentro de nosotros. Amarse es ser capaz de volver a empezar todas las veces que sea necesario.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa, así como conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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