Opinión

No oigo, no veo

 
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Chapo. (ilustración)

Hace unos días nos enteramos de que el padrón electoral estaba flotando en la nube –ese concepto que pocos entienden– y que nuestros datos, los de 81 millones de personas, estaban básicamente a disposición de cualquier interesado.

El hacker que lo reportó también nos informó que no había sido un proceso demasiado sofisticado. Días después, un consejero electoral decía en una entrevista de radio que el resguardo que el INE hacía del padrón era invulnerable, con las más altas medidas de seguridad y daba una descripción muy específica de los procesos que se seguían para cuidar la información y respaldarla. Es decir, el padrón del INE es invulnerable, pero está en venta en la nube de Amazon. No es la primera vez. En 2010 se vendía en Tepito.

El 11 de julio del año pasado El Chapo Guzmán se fugó del penal de máxima seguridad del Altiplano. En aquella ocasión, el secretario de Gobernación nos explicó con lujo de detalles la invulnerabilidad del penal. Supimos del funcionamiento de las cámaras, de la rotación de reos, de las múltiples certificaciones de calidad a nivel internacional.

Mientras nos describían las características impolutas de seguridad del penal, éste ya había sido vulnerado por uno de los criminales más buscados del mundo. Que además se fugaba por segunda ocasión.

Hace más años, en el 2000, se puso en marcha, con la idea de mejorar la seguridad y disminuir el robo de autos, el Registro Nacional de Vehículos, Renave. Sería un registro con información detallada de cada vehículo fabricado, importado o en circulación y sería propiedad del gobierno federal. Por supuesto, también contaría con los más altos estándares en el resguardo de la información. Pero hubo un pequeño detalle, el director del Renave, Ricardo Miguel Cavallo, fue detenido en diciembre del mismo año en Cancún acusado de fraude, malversación de fondos y venta ilegal de automóviles. Adicionalmente, ya había sido acusado en Argentina de genocidio, tortura y terrorismo.

Hace pocos días se presentó la cuenta pública del ejercicio 2015, en la que se detalla el gasto que hizo el gobierno el año pasado. Es una fuente fundamental para entender las finanzas públicas del país, o por lo menos para intentarlo. Se pueden revisar miles de datos y contrastar lo que realmente sucedió con lo originalmente planeado. Con estos datos, pudimos analizar cómo se había llevado a cabo el recorte de 52 mil millones de pesos que el Secretario de Hacienda había anunciado en enero de 2015. Era un momento complicado, el precio del petróleo había bajado significativamente y la coyuntura llamaba a la prudencia.

Con los datos de la cuenta pública, vemos que ese recorte no sólo no se dio, sino que se gastaron más de 124 mil millones adicionales a lo originalmente presupuestado. Un incremento de 8.62 por ciento, aunque sería un incremento de 12.71 por ciento si lo comparamos con Presupuesto recortado. Y eso es sólo en las 22 dependencias en las que se especificó el recorte. En toda la administración pública federal se gastaron 180 mil millones de pesos adicionales. Es decir, se presenta un momento complicado, se anuncian medidas de austeridad y se acaba gastando sustancialmente más.

No es un juicio de valor, no tiene nada qué ver con el optimismo o pesimismo con el que haya revisado la cuenta pública. Son datos simplemente.

Tal vez el presidente y su círculo cercano tengan razón y estemos de malas. A lo mejor es eso. O quizás esa incredulidad se ha ido gestando durante años. Años de oír cosas, pero de observar otras. Incredulidad que se basa en datos y en información comprobable. Nos dicen que la cárcel es invulnerable el mismo día que se escapa el preso más buscado. Nos dicen que el padrón del INE está perfectamente resguardado, mientras nuestros datos flotan en el ciberespacio. Nos dicen que ahora sí vamos a ser austeros porque son momentos difíciles, pero gastamos más.

Parece que nuestros gobernantes, de todos los niveles y de todos los colores, prefieren no oír y no ver. Los legisladores no quieren oír los reclamos de la ciudadanía, los funcionarios no quieren ver lo que pasa a su alrededor.

Puede ser que estemos de malas. O de buenas. Da igual. Independientemente de nuestro estado de ánimo, existe la realidad que nos confronta.

La autora es profesora de Economía en el ITAM e investigadora de la Escuela de Negocios en Harvard.

Twitter: @ValeriaMoy

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