Opinión

No nos dan permiso,
nada más nos dan chance

 
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Oficiales de tránsito del Distrito Federal. (Foto: Cuartoscuro)

En Primero Noticias, el informativo matutino de Televisa, Danielle Dithurbide presentó la semana pasada un reportaje sobre “arrancones”.

La joya es un testimonio de uno de los participantes en estas competencias semiclandestinas: “No nos dan permiso, nada más nos dan chance”.

La frase me paralizó. Acababa de escuchar una exquisita y brutal síntesis de una vertiente de la cultura nacional.

La madre de un escolar le dice a su hijo: No entiendo cómo la maestra les da permiso de molestar a Rubén. Y el niño contesta: No nos da permiso, nada más nos da chance.

El venido de otro país, sorprendido, pregunta: ¿Y cómo es que las autoridades electorales les dan permiso a los partidos políticos de violar una y otra vez la ley electoral? Y el mexicano interrogado responde: no les dan permiso, nada más les dan chance.

Y cómo es que los dirigentes de los partidos políticos, y el sistema todo, les dan permiso a sus diputados de cobrar un moche a las autoridades municipales por cada asignación de recursos federales. No, ya se sabe, no les dan permiso, nada más les dan chance.

Señor secretario, señora presidenta municipal, señor director de obras, no me diga que los ciudadanos le dan permiso de cobrar una comisión por cada contrato que adjudica. No, permiso no me dan, nada más me dan chance.

¿Y quién le dio permiso a usted y a sus compañeros de robarse la luz con esos diablitos? No es que nos den permiso, jefe, nada más nos dan chance.

¿Y a aquel dirigente político, quién le da permiso de descalificar a los que no le aplauden, a llamar ladrón a quien sea, a acusar a todos de mafiosos sin probar nunca nada? Ah, no, permiso no, nada más le dan chance.

¿Y a usted, señor servidor público en ventanilla, quién le da permiso de exigir dinero para resolver un trámite? No, permiso no, nada más me dan chance.

¿Y a usted quién le da permiso de comprar cientos de boletos para el futbol y luego revenderlos? Si la cosa es que no me dan permiso, nada más me dan chance.

No me digas que te dan permiso de llegar tan tarde a clase, José. Claro que no, nada más me dan chance.

¿Hay tortura en México, Luis? Desde luego que no, nadie da permiso para eso. ¿Y entonces? Pues, cómo te diré, nada más les dan chance.

¿Y a esos agentes de tránsito, quién les da permiso de montar ese retén y extorsionar a cuanto automovilista pasa por allí? ¿Y a esos delegados, sus electores les dieron permiso de abandonar su cargo para ir en busca de una diputación? No es permiso, ya para qué preguntas, es chance.

Señor gobernador, no me explico cómo sus gobernados le dan permiso de que se vaya haciendo usted de tantas casas y terrenos. No necesito permiso, desde luego, nada más que me den chance.

En nuestro peculiar diccionario cotidiano, entendemos una diferencia clara, tan sutil como enorme, entre permiso y chance.

Los franceses necesitan cuatro palabras para decir laissez faire, laissez passer (dejar pasar, dejar hacer) para referirse a una completa libertad económica. Nosotros una sola para decir lo mismo, pero refiriéndonos a todo: chance.

Chance es margen, permiso sin permiso, oportunidad velada, indiferencia cómplice.

Chance es el territorio condescendiente del abuso, el delito, la corrupción, la cancha en la que puede jugarse impunemente.

Chance es ver hacia otro lado, hacer que no pasa. O enterarse, inventar un chiste, reír un rato, escandalizarse un poco, degustar el tema con un café o una cerveza, y dejar que siga ocurriendo lo que ocurre.

Si se da chance por excepción es una decisión aislada, pero si dar chance se hace un hábito, una forma de relación social, un remedo histórico de la convivencia, una manera reiterada de cubrirnos unos a otros, se convierte en una cultura.

Hoy "dar chance" habita entre nosotros, palpita como corazón colectivo, alimenta el sistema sanguíneo, va por todo el cuerpo social.

Nos damos chance, nos tornamos cínicos, nos hundimos juntos.

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