Opinión
CÉSAR CERVANTES, Empresario y coleccionista de arte 

“No creo en el arte que está en las bodegas”

  
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César Cervantes es el segundo de tres hijos de una familia chilanga y acaudalada. Los hijos de en medio son un poco hijos de nadie. Él, para sorpresa de su familia, tuvo un anticipado interés por el arte. Despreció los deportes, para los que tuvo un futuro prometedor. Pudo ser un tenista respetable y un gran portero pero “decidí cerrar esa puerta”, afirma convencido.

Sus inquietudes artísticas tuvieron su origen en el aburrimiento. “Odiaba las reuniones familiares. No me gustaba la comida, no me gustaba el setting y mucho menos las conversaciones. Estaba en la mesa de casa de los abuelos totalmente sustraído. Mi familia ampliada era competitiva y acomodada”.

Los Cervantes eran los dueños de Taco Inn, la taquería más exitosa de la ciudad por muchos años. Su hijo César era un muchacho tremendamente independiente. A los 18 hizo maletas y se fue a Florida para estudiar diseño gráfico, porque “ignoraba que existía la carrera de artista”. Desencantado, volvió y se inscribió a la Ibero para estudiar administración, “aunque en realidad yo estaba haciendo una carrera para mi papá. Y pensé que podría contribuir más al mundo del arte como empresario si generaba una colección. Además, en ese tiempo vivir del arte era casi imposible”.

Indeciso, regresó a Florida. Terminó administración de la industria de la hospitalidad, a pesar de su padre, en la Universidad Internacional de Florida y realizó otros estudios en el Fort Lauderdale College. Quería regresar y hacer de Taco Inn una enorme cadena. En 1988 no existían franquicias pero era el momento; las marcas extranjeras comenzaban a inundar México. Treinta años después, dice: “Quiero regresar a la universidad. Quiero aplicar a la UNAM y estudiar filosofía”.

Durante su estancia en Estados Unidos, Cervantes trabajó en casi todas las cadenas importantes: en Mc Donald’s, en Domino’s Pizza, Subway, Chillis y en los hoteles Westin. Hizo algunos cursos en la Universidad de la Hamburguesa y ahí contactó a desarrolladores de franquicias.

Era un solitario. No embonaba. “No me podía sentar sobre un cartón de cervezas a ver el partido de futbol americano o ir a una fiesta a ver quién se emborrachaba más. Comprendí que disfrutaba de mi soledad en los museos y las galerías. A la fecha, prefiero ir solo. Creo que ahí empezó mi pasión por el arte. Había una galería cerca de mi casa. Tenían expuesto un cuadro maravilloso, abstracto, y el día que desapareció fui a preguntar por él. La encargada me explicó cómo funcionaba ese mundo. Compré el cuadro a crédito, 30 dólares al mes. Fue el primero de mi colección”.

La vuelta a casa no fue lo que esperaba. Después de cuatro meses, César Cervantes fue despedido por su padre. Sin embargo, negociaron que obtuviera una licencia para usar la marca, y como reloj. “Para ellos era un sistema perfecto. Y marchaba bien, pero yo creía que era mejorable. Se armó una revolución sólo porque yo mandaba a los taqueros a lavarse las manos una vez por hora y porque les pedía que pesaran los bistecs”.

Sin un centavo y con un contrato “incumplible”, a Cervantes lo pescó el error de diciembre. Tenía 25 años. “Mi papá nunca quiso ser mi socio, y se lo agradezco porque fue una manera de forjarme. Debía millones a los arrendadores”.

En absoluto desorden, pero Taco Inn creció. En 1995 era una cadena con 25 establecimientos y más adelante abrió más de 126. La estrategia de su nuevo dueño fue entrar a los centros comerciales, aunque en un principio se resistieron los desarrolladores.

Sin la presión de las deudas, Cervantes tuvo más tiempo libre y se dedicó a recorrer museos y galerías, a conocer artistas y, sobre todo, a conocer México. Y construyó una colección de arte contemporáneo, inspirado en la exposición “México, Esplendor de 30 siglos”, que vio en Nueva York.

En 1999 acudió por primera vez a ferias internacionales de arte, en Basilea y luego en París, donde descubrió que su colección, que incluía los nombres de los grandes artistas mexicanos de ese tiempo –Tamayo, Cauduro, Gustavo Aceves, Javier y Jorge Marín, Cortázar, Castro Leñero, entre otros– no aparecía en el catálogo… salvo Gabriel Orozco. “Ese es el parteaguas de lo que se convirtió en una colección muy importante, a la que le dediqué veinte años de mi vida, mucho de mi patrimonio y toda mi atención y mi tiempo. Llegó a ser, junto con la de Eugenio López y una más –hoy hay muchas más grandes– de las más relevantes”.

Tres años atrás, Cervantes vendió su colección, asqueado del mundo del arte. “Todo se convirtió una cuestión tremendamente banal, superficial, aspiracional”. Trató de moderarse imponiéndose como regla la lectura de diez libros por cada obra que compraba. “Hasta que un día, en una revelación, pensé partirla a la mitad porque me estaba divorciando, pero no tenía sentido, perdería su valor. Además, ella no la quería porque mi entrega al arte fue una de las causas de nuestra ruptura.

“Yo ya había aprendido lo que tenía que aprender y no creo en el arte que está en las bodegas. La decisión estaba tomada pero la venta de mi colección se transformó en un asunto tremendamente polémico. La gente a la que yo había apoyado se sintió defraudada porque me desprendí de su obra. Perdí amigos, varios me dieron la espalda. Procuré ser cuidadoso; me parecía vulgar subastarla y no lo hice. La vendí en persona y fue muy doloroso. Aun así, me tomaron por tránsfuga, me trataron como un cura que deja la Iglesia. Pero no me arrepiento. Los libros tienen un final, las películas también. Yo debía ponerle el punto final”.

La pasión que ahora mueve a Cervantes es la arquitectura. Es dueño de la primera casa que se erigió en la tierra volcánica de El Pedregal. Empeñado en rescatarla, trató de venderla a mexicanos y extranjeros que aprecian la arquitectura y no tuvo éxito, así que se quedó la casa para sí, la restauró y la ha abierto al público. La suya es una de las 100 casas más importantes de México del siglo pasado, y la primera que concibió y levantó Luis Barragán después de la propia. Con la adquisición, afirma Cervantes, él ha sellado un compromiso “con la cultura de mi país, de mi ciudad y de mi barrio”.

* Esta página volverá a publicarse el 6 de enero de 2017.

Twitter: @maria_scherer_i

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