Opinión

No confundamos el fin con los medios para alcanzarlo


 
Millones de años de evolución demuestran que la capacidad de adaptarse a los cambios en el medio es esencial para la supervivencia. El gobierno de Enrique Peña Nieto tiene que entender pronto esa lección. La primera presidencia priista del Siglo XXI no puede triunfar refugiándose una y otra vez en prácticas tan viejas como los políticos que las implementan. Este es un gobierno que parece obsesionado con lo político porque ese es el territorio en el cual muchos viejos priistas se sienten diestros. Muy a la vieja usanza priista, todo problema que se resuelva con dinero debe ser así superado, y ven la transparencia como un lujo dispensable.
 
Como dije en mi columna previa, el gobierno de EPN ha adoptado una política de comunicación social “boletinera”, pero dejan sueltas a las redes sociales, sin comprender que es ahí donde se está fraguando la opinión de millones de jóvenes, crecientemente ajenos a la economía tradicional, que obtienen su información en éstas y no en periódicos o noticieros convencionales. Este gobierno parece empeñado en pasar reformas estructurales fundamentales que definirán el potencial futuro de México sin esforzarse por convencer a esos jóvenes, volviéndolos sus aliados si lo logran. Ellos serían los más beneficiados de una, implementación exitosa.
 
Se habla de las reformas como si éstas fueran un fin en sí mismas, no lo son. Queremos que nuestro sistema educativo equipe a nuestros jóvenes con habilidades que les permitirán la adaptabilidad que el mundo actual requiere; para el grueso de la población, habilidades suficientes para garantizar su funcionalidad cotidiana y acceso a empleo digno y bien remunerado. Queremos dotar a aquellos con mayor talento y curiosidad con las herramientas que les brinden la capacidad para investigar, analizar, desarrollar tecnología, crear. Queremos un sistema educativo que permita que todos en la población alcancen su potencial, que logren llegar a ser quienes realmente son, como diría Nietzsche. La finalidad de la reforma educativa no es evaluar maestros, ese es sólo un pequeñísimo primer paso en un largo trayecto al cual hemos llegado tarde y con poco combustible para recorrerlo.
 
El objetivo de una reforma fiscal debe ser recaudar recursos en forma eficiente entendiendo por eficiencia la certeza de que no se recaudará ni un peso más de lo estrictamente necesario para que el estado pueda proveer al país de infraestructura, seguridad, educación pública, leyes justas e impartición de justicia eficiente, y protección para los más necesitados, evitando caer en la tentación de engendrar dependencia como vehículo para obtener capital político. Por eso, tiene que ejercerse el gasto con absoluta pulcritud y transparencia, recordando siempre que ese peso que se está gastando no es del legislador que aprueba su gasto o del funcionario que lo desembolsa, sino del pueblo que con su sacrificio se lo está quitando a su familia para dárselo a un gobierno que lo asignará para el bien común; o a un empresario que tendrá menos dinero para invertir y generar empleos, a cambio de darle recursos al estado para que cree un entorno propicio para tomar los riesgos implícitos en el proceso de emprender.
 
El objetivo de una reforma energética sólo debe ser maximizar la renta petrolera para optimizar el ingreso que recibirán los dueños de esos energéticos, es decir, todos los mexicanos. Modificar la constitución para permitir que empresas internacionales participen del proceso no es el objetivo de la reforma, sino apenas un pequeño elemento indispensable para que empiece el proceso. Una política energética no debe buscar maximizar el empleo o asegurarse de que sean empresas mexicanas quienes produzcan, particularmente si cualquiera de estos propósitos interfiere con la maximización de los recursos que serán obtenidos.
 
Una reforma laboral debe buscar sólo maximizar los niveles de empleo de la población. Si esto se obtiene flexibilizando el régimen laboral para prevenir distorsiones evitando desincentivar la contratación formal de trabajadores, hay que hacerlo. Sí, hay que asegurarse de que hay leyes para proteger a los trabajadores y darles acceso a juntas de conciliación y arbitraje, tanto como hay que proteger los derechos de los empresarios que los contratan. La justicia y la transparencia en su aplicación es importante tanto para quien ofrece su trabajo como para quien arriesga su capital.
 
No confundamos cuál es el objetivo final de cada reforma y evitemos celebraciones prematuras cuando logramos mínimos avances en nuestro largo camino. Una y otra vez hay que recordarle a los mexicanos el objetivo. Sólo lo alcanzaremos si los convencemos sobre por qué vale la pena el sacrificio, y por qué es tanto más peligroso el statu quo que el cambio. En forma incansable, hay que rebatir con datos e información a los escépticos y a los críticos desinformados. Todo mundo tiene derecho a su propia opinión, pero no a dar por hechos datos falaces.
 
Por último, recordemos que hay dogmas que vale la pena preservar y otros que no hacen sentido. Romper con el dogma de cambiar la Constitución para maximizar la renta petrolera es necesario. Salirnos por primera vez en casi dos décadas de la disciplina fiscal que nos ha ganado el respeto del resto del mundo, sienta un peligroso precedente que puede ser peligroso en extremo en manos de un populista; hacerlo para ni siquiera financiar inversión sino gasto corriente. evidentemente inútil, es profundamente irresponsable y, por qué no decirlo, populista.