Opinión

Nini: Ni ocupa, ni importa

¿A quién le importan los ninis? Después de los comentarios hechos por el director del Instituto Mexicano de la Juventud (Imjuve), José Manuel Romero Coello, parecería que a este gobierno tampoco le importa.

Me asusta pensar en el hecho de que México tenga 7 millones de ninis-jóvenes que ni estudian ni trabajan y que en los últimos 10 años no se ha entendido que probablemente sea la amenaza más peligrosa para el futuro.

Desde el 2004 empecé a escribir sobre esta generación de mexicanos, entre los 14 a 29 años de edad, subrayando cómo la falta de políticas públicas los estaba convirtiendo en la “generación del genocidio”. Y aunque se me criticó en su momento de ser un tanto exagerada en usar esta denominación para describir una generación que ciertamente enfrentaba grandes retos, parecería que los años desafortunadamente me están dando la razón. El concepto de “nini” surge hasta el 2009, cuando el periódico español El País publicó en junio de ese año señalamientos de sociólogos de ese país que habían identificado una generación apática, desvitalizada, indolente, mecida en el confort familiar, que los llamaron ninis porque ni estudian, ni trabajan.

La situación ciertamente ha empeorado para los 7 millones de ninis del país, y gobiernos vienen y van y las políticas públicas no reflejan prioridad ni interés. Yo les pregunto: ¿De todas las reformas que se han aprobado en el año y meses que lleva Enrique Peña Nieto como presidente, cuáles podrían impactar directamente este fenómeno? De hecho, podríamos argumentar que las reformas han agravado el problema ya que no se han promovido ningún incentivo real para contratar y emplear jóvenes, y a corto plazo podríamos esperar inestabilidad en las aulas por las reformas educativas.

Si además adicionamos que se cerró la gran válvula de escape para aquellos mexicanos que era buscar trabajo en Estados Unidos. Los últimos datos son contundentes en este aspecto: en el 2013 más de 350 mil personas fueron deportadas, la mayoría son mexicanos. Por primera vez en décadas se habla de que el número de personas que se deportan y regresan por su propia cuenta a México, sobrepasa el número de los que tratan de ingresar ilegalmente a ese país.

Hace algunos años entrevisté a Priscila Vera Hernández, la entonces directora general de Imjuve, sobre este tema, quién señaló que dos de cada diez jóvenes mexicanos ni estudian ni trabajan, exponiendo a esta generación a más probabilidades de vincularse a la violencia y a los grupos del crimen organizado.

El 40 por ciento de estos jóvenes abandonan sus estudios por falta de posibilidades económicas y el 30 por ciento porque no le gusta o no encuentran un beneficio. Los que sí consiguen empleo, según Hernández, su permanencia laboral es corta y buscan cambiar constantemente de trabajo. Esta generación tiene absoluta desconfianza de las instituciones, ya sean políticas o empresariales. Otra característica, según la directora del Imjuve de ese entonces, era que se rompe la comunicación con los padres debido a la brecha digital y la impersonalidad con que se relacionan los jóvenes por Internet.

Concuerdo con los comentarios de Romero Coello, el actual director del Imjuve, de que el concepto de nini “se ha estigmatizado” en el país, ya que de los más de 7 millones de chicos que se encuentran en esa clasificación, 6.2 millones tienen una actividad no reconocida.

¿Actividad no reconocida? Por más que quieran esconder la realidad de estos datos, ya sea porque sean mujeres que dejaron los estudios debido a que formaron una familia y se dedican al hogar, “cuidan la casa y atienden a sus hijos, pero esto no significa que no estén haciendo alguna actividad; otros están cuidando el negocio familiar, no están dados de alta en la nómina del negocio; unos más están al cuidado de los abuelos o algún familiar (enfermo)”, como dijo el director de Imjuve, el hecho sigue siendo lo mismo: es una generación altamente vulnerable.

El reto para nuestra generación es como comunicarnos con los ninis, y buscar incorporarlos al ámbito laboral. Pero esto también implica que nos responsabilicemos por las reformas integrales educativas y laborales que requiere México.

Pero las implicaciones de no tomar las medidas necesarias es básicamente condenarlos a una vida de violencia y delincuencia. Las generaciones anteriores tenemos que asumir nuestra responsabilidad de no haber hecho las reformas necesarias para asegurar que nuestros hijos tuvieran las mismas, o mejores oportunidades que tuvimos nosotros. Ellos tienen el derecho de aspirar a una mejor calidad de vida, y no hemos creado un país que ofrezca esta realidad. Son la generación del genocidio y del olvido.