Opinión

Ni un peso en Orizaba

17 abril 2013 15:6

 
A lo largo de los años he descubierto que la cultura, el término "cultura", es una palabra acomodaticia, o perfectamente ambigua, como los comodines en los juegos de mesa, que sirven para salir de los aprietos en las jugadas aparentemente sin salida.
 
Porque "cultura" puede ser todo, incluso la participación en una orgía. Brozo con sus payasadas cree estar haciendo cultura, también. Y los comentaristas de futbol tienen la certeza de que el futbol es cultura. En un supuesto documental, que se transmite muy seguido en la televisión, los integrantes de Timbiriche dicen estar satisfechos con su misión de impartir cultura en las masas televisivas. Cala es el apellido de un locutor de CNN cuyo programa, dicen que de alto rating, induce a su público a sumergirse en la cultura de la superación personal. Hay talleres de costura y confección en las Casas de Cultura. Ahora las modelos semidesnudas caminan con anoréxica gallardía por las pasarelas y a veces aparecen en las páginas periodísticas de las secciones culturales. Las nenas rubicundas y proporcionadamente sinuosas de Hugh Hefner viven la cultura de la dilapidación en la Mansión Playboy. En Venezuela, y en Perú, y en Colombia, y en Panamá, y en Guatemala, y en Costa Rica, la gente cree que la identidad cultural de los mexicanos se encuentra sintetizada en un programa del Chavo del Ocho. Y es cultural, dicen, el problema entre hijos, esposas y padres artistas que discuten y problematizan entre sí públicamente (sí: aireando sus desavenencias y rencores íntimos) el futuro de la herencia, como en el airado caso de José Luis Cuevas.
 
Por eso ahora, y cada vez se mira con mayor naturalidad, los "ídolos" participan con sus "obras" en las Ferias de Libros esparcidas a lo ancho de la República. Asimismo tiene un sitio especial, ¡vaya cosas!, la gente que, de acuerdo con sus editoriales, trafica con los premios literarios para apoderarse de los dineros en juego. Y mientras no existe una sola lectura poética, digamos, en Acaponeta, en la Ciudad de México se despilfarran millones de pesos en una escultura como La Estela de Luz, artesanía por la cual la anterior rectora de la cultura mexicana, Consuelo Sáizar Guerrero, vive olvidada de su país, distante de cualquier magra vicisitud, en los aires neblinosos de Londres, la tierra añorada, ¡ay!, de Carlos Fuentes. Porque "cultura" es, cómo no, también vivir el cosmopolitismo, como lo viviera, a costa del erario, Sergio Pitol, cuando era consentido por el gobierno y, de paso, él se congratulaba haciendo viajar -con discreto dispendio- a sus amigos, curiosamente los aposentados en la cúpula cultural, que le rindieron, por lo tanto, honores... tal como le rindieron honores numerosos intelectuales al presidente Luis Echeverría Álvarez cuando los hizo viajar por el mundo a su diestra. Porque "cultura" es también la tierra ajena. De allí que Octavio Paz afirmara, y con razón, que los intelectuales mexicanos añoran París, porque justamente ahí tenían -¿o tienen?- fincadas sus hondas raíces.
 
Y si todo es cultura en la Viña del Señor, cómo no habría de serlo la rendida burocracia. Por ejemplo, la semana pasada estuve en Orizaba -el foro idóneo para montar a William Shakespeare en cualquier estación del año (con su neblina casi perpetua, como en Londres)- y fui testigo, una vez más, del heroísmo de don Juan Pablo Villegas, el director del Instituto de Cultura de ese poblado, que sin un peso del burocratizado INBA -y ésta no quiere ser una redundancia, aunque lo es-, y no sé cómo, hace vivir su recinto, y mantener a decenas de personas que dependen de su inteligencia para poder milagrosamente mantener en pie a ese espacio cultural, que con sólo el 1 por ciento que se destinó a La Estela de Luz hubiera hecho feliz al maestro Villegas, pianista connotado en las partituras de Mozart y Beethoven.
 
-Pero, por favor, dígame cómo sobrevive -le digo al maestro Villegas, mirándolo siempre con admiración.
 
Sonríe para sí, porque sólo él sabe el significado de la compleja trama de armar a diario talleres, cursos, conferencias, conciertos, conversaciones o exposiciones para poder salir victorioso ante la indiferencia de las autoridades culturales del país.
 
-Las ideas nunca faltan, y a veces algunas funcionan -responde, modestamente.
 
También se ha tenido que enfrentar con un núcleo de sindicalistas que quieren arrebatarle la propiedad donde está su Centro Cultural: él solo se ha confrontado con los querellantes. Porque nadie mira hacia Orizaba. Porque la cultura pertinentemente se halla centralizada. Porque finalmente la cultura (a pesar de que luego se dice que la cultura lo aborda todo) está ceñida territorialmente. Y lo ha dicho ya Emilio Chuayffet, el secretario de Educación Pública, cuando ha sido interrogado sobre el caso: la cultura en los estados tiene que supervisarse mediante una "reforma hacendaria". Es decir, como bien lo dice Fernando de Ita, hay que ahondar aún más en la burocracia, en las hondonadas cartilaginosas de la burocracia, empantanarla aún más, desertizarla, ensabanarla, ahogarla, asfixiarla, guillotinizarla, enredarla más, arrinconarla en los callejones estrechos, agotarla -o acotarla- en la emboscadura, como diría Jünger.
 
-Es que, mire usted señor Chuayffet, en Orizaba no se reparte un solo peso de los miles de millones que se otorga al presupuesto federal de la cultura, y usted ha de comprender, como secretario omnisciente que es, ya que ha estado en todos los escaños posibles de la política nacional/
 
-Acorte usted su perorata, ingeniero.
 
-Sí, le decía, mire usted, resulta que en Orizaba no se le entrega un solo peso al profesor Villegas para que prosiga con eficacia sus labores encomendadas/
 
Pero, caray, faltaba más, y el señor secretario ordena investigar el caso en Hacienda y manda llamar a uno de su confianza. Y le dice:
 
-Bartleby, vea usted el caso de Orizaba, que dicen que no hay dinero.
 
Y Bartleby se lleva el caso a su oficina, y nadie sabe más de él, pero uno debe suponer que está trabajando en el asunto, aunque hubiera preferido no oír aquel mandato. Porque, finalmente, cultura es también dejar pasar, dejar que las cosas sigan como estaban, dejar que el tiempo no transcurra, dejar que la inmovilidad sea un arte, como lo hacen, con exactitud y con gracia suprema, los silenciosos mimos.