Opinión

Ni un peligro ni un redentor

  
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El miércoles de la semana pasada, Andrés Manuel López Obrador concedió una larga entrevista para el programa Despierta, con Ana Francisca Vega, Carlos Loret de Mola y Enrique Campos Suárez. Fue la primera vez en cuatro años que AMLO pisó un estudio de Televisa. Hubo algún intento fallido de ridiculizar al aspirante, pero en términos generales las preguntas no fueron particularmente duras y la entrevista se desarrolló de modo cordial. Lo verdaderamente llamativo –y en esto hay al parecer consenso– fue la mesura y la destreza con las que López Obrador manejó la conversación. AMLO respondió con soltura las preguntas que quiso e ignoró de forma sutil las demás. Se enfocó en subrayar su mensaje: no busca el poder por ambición económica, gobernará con honestidad y su ejemplo detonará un cambio. Lo destacado no fueron sus palabras, sino la contención, la autoridad y la ecuanimidad que logró transmitir. Hasta en el tema más polémico que se discutió, su admiración por Fidel Castro, logró darle la vuelta para cerrar con un posicionamiento impecable: sus verdaderos modelos, todos mexicanos, son Hidalgo, Morelos, Juárez, Zapata, Villa (que lucharon por la soberanía y por la justicia social) y Madero (el paladín por excelencia de la democracia liberal).

AMLO no quitó el dedo del renglón en el tema de la corrupción, que seguramente será el eje de su campaña, pero señaló de forma clara la otra gran debilidad de sus adversarios: la crisis de violencia e inseguridad que ha marcado a los gobiernos de Calderón y de Peña Nieto. “Calderón convirtió al país en un cementerio”, fue su frase lapidaria para responsabilizar al panista. Por otra parte, aunque AMLO insistió en la narrativa de la “mafia del poder” comandada por Carlos Salinas, dejó claro que tiene presente que a sus adversarios les aterra que desate una cacería brujas en caso de llegar a la Presidencia. Quizá lo más revelador de la entrevista fue su mensaje conciliador: su gobierno no será persecutorio, no buscará meter a los expresidentes a la cárcel e incluso planteará una amnistía (se entiende que estos ofrecimientos sólo se cumplirán si, a juicio del tabasqueño, sus contrincantes juegan limpio en 2018).

Son todavía muchos los obstáculos que López Obrador habrá de sortear para llegar a Los Pinos. El primero, como señaló Loret de Mola, es su salud. En 2013, AMLO sufrió un infarto que, como él mismo reconoció, pudo haber sido fatal si hubiera estado de gira en un lugar de difícil acceso. El segundo, es el miedo y el repudio instintivo de buena parte de la clase media ante la posibilidad de un presidente de izquierda, sobre todo si se apellida López Obrador. Hay un límite que parece infranqueable al porcentaje de la votación que puede AMLO obtener, tal vez no muy arriba del 35 por ciento que recibió en 2006. El tercero, es el PRD, que sigue controlando el gobierno de la capital y con él una de las maquinarias políticas más eficaces del país. El instituto del sol azteca le podría dar un golpe mortal a López Obrador si va en alianza con el PAN o si presenta a un candidato propio que cautive a los sectores más modernos de la izquierda.

En cualquier caso, hoy López Obrador es el puntero y sería sano un debate público en el que no se impusiera el maniqueísmo. AMLO no es un peligro ni tampoco un redentor. Es un político con experiencia, fue un jefe de Gobierno mesurado y salió bien librado del encargo; con virtudes, pues después de mucho buscar nadie ha demostrado que haya robado; pero también con cola que le pisen, pues ha cobijado a las cúpulas corruptas del SME y de la CNTE, y se dice que aprovecha su posición en Morena para impulsar la carrera política de su hijo, Andrés López Beltrán. Hace falta valorar las razones de su popularidad, sin descalificarlo a él y sus simpatizantes por “chairos” (el arrogante término de moda para denostar a la izquierda). También es necesario sacar al aspirante de su zona de confort para que explique sus posiciones y sus propuestas sobre temas difíciles, algo que el equipo de Despierta no logró en ningún momento durante la larga entrevista del pasado miércoles.

En otro tema, siguen las manifestaciones de hartazgo del secretario de la Defensa Nacional, Salvador Cienfuegos, por la precaria situación de los elementos militares que participan en actividades de seguridad pública. La semana pasada advirtió incluso sobre el peligro de insubordinación (“nuestros soldados ya la están pensando si le entran a seguir enfrentando a estos grupos con el riesgo de ser procesados”, señaló). El presidente Peña Nieto salió rápido al control de daños y aseguró coincidir con el general Cienfuegos, “más allá del contexto o de la descontextualización que hubieran hecho de lo que él expresara”.

Por muchos años, las Fuerzas Armadas permanecieron herméticas y silenciosas, sin reaccionar apenas ante el enorme desprestigio que les han generado los constantes señalamientos por violaciones graves a los derechos humanos. Tampoco denunciaban en público la notoria incompetencia de las policías estatales y municipales, ni siquiera su complicidad con los criminales. Este silencio se terminó. De ahora en adelante vamos a escuchar lo que los militares tienen que decir.


Twitter: @laloguerrero

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