Opinión

Neonacionalismo: Proteccionismo pragmático frente a proteccionismo extremo

 
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Donald Trump

A una semana de la toma de posesión de Donald Trump y con la visita de Theresa May, las primeras acciones anunciadas ya por la nueva administración nos van poniendo más en claro el alcance de sus planes.

Tres décadas atrás, la alianza Reagan–Thatcher logró imponer al mundo una agenda ideológica denominada neoliberalismo, caracterizada por una filosofía objetivista en lo económico (capitalismo salvaje) y una renovación conservadora en lo moral. El monetarismo y la teoría neoclásica lo han fundamentado. De nueva cuenta, en nuestros días, los mismos dos países anglosajones parecen marcar la pauta para el futuro, impregnada ahora por el neonacionalismo.

Años más tarde, el derribamiento del Muro de Berlín y la adopción de la Perestroika y la Glasnost, impulsadas por Gorbachov en la Unión Soviética, se convirtieron en la sentencia de muerte del comunismo.

El mundo sufrió una importante transformación ante el GATT, la conformación de la Comunidad Económica Europea, el lanzamiento del euro, la OMC y la proliferación de los tratados de libre comercio regionales.

Los estados europeos, arraigados en la ideología de la socialdemocracia y el neokeynesianismo mantuvieron sus estructuras de la economía del Estado de bienestar. Estados fuertes, que cobran elevados impuestos para poder ofrecer a sus ciudadanos amplios beneficios sociales en salud, educación y pensiones.

La acelerada evolución de la tecnología y el proceso de globalización y desregulación económica prometían elevar los niveles de bienestar de los pueblos. Sin embargo, la crisis hipotecaria de Estados Unidos (2008) representó un infarto al miocardio del sistema capitalista.

Unos cuantos años más tarde, el sobreendeudamiento de los países europeos también ha llevado al colapso del Estado del bienestar. La transformación demográfica de los países pone en evidencia que no hay dinero que alcance para que el Estado pueda brindar a la población envejecida las prestaciones sociales a las que se ha comprometido.

Prácticamente los tres sistemas se han colapsado. Como resultado de todo esto, en años más recientes hemos regresado a la sobreregulación y a la sobrefiscalización de los recursos. Los bancos centrales de los países ricos han ensayado agresivas políticas de expansión monetaria, llegando a una creación de medios de pago como nunca antes la habíamos visto. La factura del sobreendeudamiento de los Estados se la han pasado a la sociedad.

Es evidente que la globalización ha generado una mayor desigualdad. En los países desarrollados los empleos industriales han emigrado a otros países que presentan ventajas en el costo de la mano de obra, y en sustitución de ellos se han generado empleos en el sector servicios.

Amplios sectores de la población de diversos países, ricos y pobres, están inconformes con su destino.

También se ha venido globalizando el desencanto por la democracia y por el desempeño de los políticos. La clase política se ha convertido en una elite que se beneficia a costa del pueblo, y no está representando adecuadamente a sus conciudadanos.

Todo esto nos explica el fenómeno del neonacionalismo: una ola que se expande rápidamente en el planeta, con las banderas del proteccionismo, la antiinmigración y la antipolítica, y que es aprovechada por políticos oportunistas, populistas y antisistema.

También se destaca en estos movimientos el regreso al conservadurismo en lo moral. Rusia, Italia, España, Reino Unido, Estados Unidos y próximamente Francia, Holanda y varios países más están viviendo este fenómeno.

May y Trump proponen renovar la ‘relación especial’ que han mantenido siempre. Y en lo económico plantean un nuevo acuerdo comercial bilateral. ¿No es curioso? ¿Salirse de la Unión Europea para profundizar ahora una zona de libre comercio con los americanos?

El equipo comercial de Trump busca desmantelar los tratados comerciales multilaterales y regresar a los acuerdos bilaterales. Aunque fue una promesa de campaña, hasta ahora no se está hablando de sacar a Estados Unidos de la OMC.

No se trata de implantar un proteccionismo extremo, sino de tener un mayor control del comercio exterior. Suena pragmático, ¿no?

Ahora bien, imponer un impuesto-arancel de 20 por ciento a las importaciones provenientes de países con los que Estados Unidos mantiene un déficit comercial es un verdadero disparate. Los déficit comerciales no van en perjuicio de las economías, y menos en un bloque en donde se ha dado un profundo proceso de integración, donde las empresas americanas han invertido su capital en plantas que permiten reducir los costos de producción en beneficio de su competitividad y en beneficio de sus consumidores. Ese impuesto lo pagarán los consumidores americanos mediante inflación. A la reducción del déficit comercial le corresponderá un fortalecimiento adicional del dólar, perdiendo aún más su ventaja competitiva.

Twitter: @EOFarrilS59

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