Opinión

Neomonarquía

 
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Boleta que entregó la UAM al INE. (Especial)

Concluida la llamada “fiesta de la democracia” con su pletórica carga de ruido mediático y altísimos costos, se aprestan ahora los relevos en los diversos cargos sujetos a elección que serán ocupados por los triunfadores en la contienda. En la práctica, el proceso que hemos vivido ha sido un ejercicio legitimador más de un sistema político que se reedita periódicamente con muy pocas variantes.

En realidad la selección de candidatos se sigue realizando tras bambalinas, al interior de los institutos respectivos. La oferta que se hace a la ciudadanía queda por lo tanto acotada, elegidos los delfines de cada partido para los cargos en juego, se ponen sobre la mesa las cartas de entre las que habrá de escogerse alguna, con la salvedad de las “candidaturas independientes” que, dada su condición, habrán de enfrentarse en desventaja con la maquinaria de los partidos formales.

Al elector le quedan tres opciones: acudir a las urnas y votar por el menos malo; acudir a las urnas y anular su voto; no acudir a las urnas. En cualquier caso, siempre habrá un ganador, con o sin asistencia, con o sin anulación y los cargos serán ocupados por alguno de los delfines seleccionados cupularmente por los partidos o los eventuales “independientes”, patrocinados o no.

La clase política mexicana se asemeja cada vez más a un sistema monárquico, donde la herencia, consanguínea o política, priva sobre la calidad ideológica o la vocación de servicio. Los acuerdos sucesorios se producen en la intimidad partidista entre sus grupos de poder. El producto de la lucha interna será la oferta para el ciudadano. Lo toma o lo deja, no hay más.

Bajo un sistema tal, con más frecuencia observamos la ocupación de relevantes cargos públicos por personajes de conocidos apellidos reivindicando el linaje de sus ancestros en la determinación de los destinos nacionales, nombramientos que de igual forma, son producto del acuerdo interno de la clase gobernante que se apropia – según Weber- del botín una vez que accede al poder y pugnará por conservarlo.

El resultado de la elección del 7 de junio último ofrece variadas opciones a la reflexión, más allá del triunfo aritmético de algunos partidos. En principio, sería un error soberbio el considerarlo como un refrendo ciudadano y aprobación de las gestiones gubernamentales. Existen claras muestras de insatisfacción social con el desempeño de sus autoridades de los distintos colores. No debiera pensarse en el cuarenta y ocho por ciento de asistencia, sino en el más de cincuenta porciento de abstinencia, pese al despliegue mediático. Además, se optó por lo que había, no por lo mejor.

Por otra parte, los ejemplos de Nuevo León y Zapopan, dan una pequeña muestra de que los procedimientos tradicionales pueden tener cambios sustanciales en futuras elecciones y alterar los ritmos sucesorios no sólo en lo local.

Las neomonarquías, con sus pactos secretos, sus alianzas y conspiraciones, sus sistemas hereditarios, sus encuentros y rupturas con los que han accedido y mantenido el poder público deben tomar muy en cuenta, fría y objetivamente, la enseñanza del pasado proceso, no sólo en los resultados, sino en el desencanto de las ofertas con que se realizó.

No debe obviarse que la campaña para 2018 comienza ahora.

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