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Pemex (Reuters)

La semana pasada, de forma un poco sorpresiva (al menos para mí), la calificadora Moody’s decidió cambiar la perspectiva de México, de estable a negativa. No nos redujo la calificación, pero amenazó con hacerlo. Entiendo que su decisión respondió a la situación financiera de Pemex, o más bien, al apoyo explícito del gobierno a esa empresa, en la forma de un crédito puente para cubrir deudas de proveedores, y a la vulnerabilidad de las finanzas públicas en general, debido a los menores ingresos petroleros.

Me parece una decisión exagerada, porque lo segundo, la vulnerabilidad de las finanzas públicas, no es noticia. Es dato conocido desde hace tiempo, y no hay información alguna en las últimas semanas que pudiera hacer más riesgosa la situación. En lo primero, el crédito a Pemex para cubrir deudas a proveedores, tampoco veo nada extraño, puesto que también es conocida la situación financiera de la empresa, y el crédito no pone en riesgo nada adicional.

Al día siguiente de este cambio de perspectiva, se anunció la primera aproximación al Presupuesto de 2017, y Hacienda anunció un recorte adicional de 175 mil millones de pesos. Es adicional al que ya se había anunciado antes, aplicable a 2016, en el que venía el ajuste de 100 mil millones de pesos en Pemex. En relación al anuncio, se hace más lógica la modificación de Moody’s. Alguien con un poco de mala fe podría imaginar que Hacienda tenía un abanico de opciones de reducción de gasto, y alguien pudo filtrar información a Moody’s de que optarían por un ajuste menor. El cambio de perspectiva de Moody’s eliminaría la creatividad en Hacienda, y el resultado es el conocido. Pero tendría que ser alguien con mala fe, claro.

Más allá del entorno global o de circunstancias extrañas, la economía mexicana no tiene enfrente más problema que las finanzas públicas. No quiero decir que vivamos en jauja, o algo parecido, sino simplemente que no tenemos riesgos relevantes. Lo único que puede complicarnos la vida es que las finanzas públicas no se equilibren con rapidez, y el ritmo al que vamos, un incremento anual de tres puntos en la deuda total del sector público, se mantenga cinco años más. Eso nos pondría en una situación muy difícil.

Por ello es necesario reducir gasto e incrementar ingresos del gobierno. Y por eso es buena noticia que el gobierno decida actuar. Si no lo hiciese, entonces Moody’s tendría razón, y estaríamos en camino de complicarnos la vida, es decir, de reducir nuestra calificación crediticia. Ahora vienen los detalles, que no son cosa menor.

En esta columna hemos insistido mucho en la dificultad de equilibrar las finanzas públicas. Por un lado, le pedimos al gobierno que gaste en una gran cantidad de cosas: educación, salud, infraestructura, seguridad, vivienda, mientras que por otro nos negamos a colaborar en el financiamiento de esas mismas cosas, y no queremos pagar impuestos. La excusa de siempre es que “se roban el dinero y por eso no pagamos”. Nadie puede negar la corrupción en México, pero nadie puede, tampoco, negar la falta de solidaridad y respeto a la ley de los mexicanos. Sin importar nivel de ingreso.

Insistiré en que tenemos que tomar decisiones de verdad. Una, primera, es que Pemex no tiene futuro (ya lo dijo Sergio Negrete en estas páginas). Hay que liquidar lo posible, rescatar lo que sirva, y reducir la planta laboral. Algo similar habría que hacer en CFE, con menos urgencia, y convendría seguirse con el IMSS y el ISSSTE. Nada mal nos haría definir con claridad qué queremos que haga el gobierno y cómo vamos a pagarlo. A menos que queramos que Moody’s tenga razón, y que nos alcance el destino, como ya ocurre con Brasil.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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