Opinión

Narrativa y fracturas

Blanca Heredia

Una educación sin narrativa que dote de sentido al pasado, esclarezca el presente y nos ofrezca alguna finalidad por la cual valga la pena intentar seguir haciendo futuro es una educación quebrada. En México, nos hace falta una historia, un cuento que nos interpele y nos haga sentir que educar tiene algún propósito y algún sentido.

Desafortunadamente, este asunto se ha quedado atorado en el tráfico y el barullo. En parte, porque es más cómodo no preguntarse sobre el para qué o el porqué de la educación, asumir que lo sabemos, y concentrarnos en la mejor forma de alcanzarlo –la más eficiente, la más efectiva, la más escalable. En el fondo, porque estamos bastante más perdidos de lo que pudiera pensarse con respecto a lo que valoramos (y somos capaces de decir en voz alta) y a lo que nos parece deseable (más allá de la enloquecida idea de que podemos solos, y de que el futuro es la extensión al infinito del presente inmediato).

La primera tarea –la central, aquella para la que fue inventada- de la escuela es preservar y darle futuro a la colectividad grande –la especie- y también a la chica –la comunidad de nuestros afectos íntimos, de nuestras costumbres y nuestros hábitos entrañables, de todo eso con que nos ancla a la vida y nos hace vehículos del tiempo. Así, la tarea indispensable para intentar re-construir alguna narrativa fuerte capaz de darle brújula y motor a la educación en México, pasa, inevitablemente, por reconstruir alguna “historia” que nos mueva y resuene en relación a qué es eso de “México”, y a por qué valdría la pena que siguiese existiendo.

La tarea no es trivial. Hace rato que nuestro cuento identitario –el cuento que nos contamos sobre quiénes somos - es harto lastimoso. La falta de consistencia y las muchas fracturas de ese “cuento” se hacen evidentes todos los días de muchas maneras. Baste como espejo, especialmente vívido y reciente, el caso de Cuarón.

Todos los mexicanos tenemos algo de Alfonso Cuarón. Queremos poder soñar, lograr cosas, hacer cosas grandes. Como él, sin embargo, muchos –demasiados- no encuentran en el país los espacios para armarse vidas de las que puedan sentirse orgullosos. Y, por ello, se van, se despiden en una estación de autobuses o en un aeropuerto de sus amores sin saber cuándo volverán a verlos, y se lanzan a la odisea esa de hacerse y hacer en otra parte y en otra lengua.

Los que se van no se olvidan ni dejan, por ello, (necesariamente) de querer a México. Su partida expresa, eso sí, al país de las fracturas y, al cabo del tiempo, ahonda y complica su fractura con lo que llevan adentro y dejaron atrás. Colectividad de fracturas, quiebres y distancias expandiéndose y multiplicándose; narrativas sobre ese colectivo atoradas en el pasado, y en uno y mil intentos mercadotécnicos fallidos que no logran alcanzar, nombrar, darle significado a todo aquel maremágnum.

Exhibit 1. Cuarón declarando a la prensa que su película “Gravedad” y sus premios no tienen nada que ver con México; que Gravity es puro Hollywood, y que lo único mexicano de ella es él. Exhibit 2. En una entrevista en radio, Cuarón diciendo que le llama la atención que casi nadie haya reparado en el hecho de que en los cuadros iniciales de su película –vistas espectaculares del planeta-, tras los océanos, la masa de tierra que aparece es, nada más y nada menos, que México… patas para arriba, pues así es como está el país, su país. Exhibit 3. Alfonso Cuarón recibiendo el Oscar y cambiando –al final, cuando le agradece a su madre- del inglés al español (de México), sin mencionar ni una sola vez, por otra parte, la palabra “México”. (Nota al margen: Cuando Cate Blanchett recibe su Oscar, poco le faltó para cantar el himno nacional de Australia… o sea, el código “Ceremonia entrega de los Óscares”, no parece incluir la prohibición de mencionar o incluso celebrar el país de origen del/a premiado/a).

Fracturas y discordancias; ausencia de narrativas mínimamente coherentes: “Este” país contra el país de mis amores (a pesar mío). El país de mis dolores y mis vergüenzas contra el país de mis amigos, mis papás y mis olores. El país global y moderno contra (y al ladito) (d)el país inenarrablemente folclórico.

Exhibit X. Una chica listérrima, egresada de una gran institución de educación superior mexicana y alumna de doctorado en una de las mejores universidades del mundo, diciéndome, por skype, "me encanta lo que me cuentas que están haciendo ustedes allá en México, pero yo quiero vivir de 'este' –el norte- lado del Bravo". Conversación entre los que van y se quedan que se repite, se repite y se repite.

Miles de mexicanos eligiendo aquel otro lado del Bravo, siendo y haciendo –desde allá- al “México” más insólito y, en simultáneo, perseverante; ese que, a juzgar por los datos, no logran quebrar todas las fracturas del mundo. Ese mismo, al que no logramos (¿todavía) nombrar ni explicar; ese que nos hace falta para darle sentido a la reforma educativa, a la educación y a (casi) todo lo demás.