Opinión

Narcoperiodistas (I)

La difusión en el programa de radio de Carmen Aristegui en MVS de un video donde dos periodistas michoacanos dialogan con Servando Gómez Martínez, esconde mucho más de lo que muestra. Algunos periodistas, sobre todo ligados a Televisa, cuyo corresponsal era uno de los protagonistas del video, fustigaron a la mensajera –la conductora–, y muchos otros señalaron que Gómez Martínez, el jefe de Los Caballeros Templarios a quien apodan La Tuta, fue el remitente de ese documento videograbado. Afirmación rápida y contundente. Sin embargo, esta lógica no tiene lógica.

Esta racional sugiere que Gómez Martínez, quien según las autoridades federales vive en las cavernas michoacanas a salto de mata, se dio tiempo para seleccionar un nuevo video, editarlo –según afirman los periodistas involucrados–, enviarlo a la conductora como un gesto para darle herramientas en su lucha contra Televisa –abierta e inscrita en la guerra de las telecomunicaciones–, monitorear cuándo lo difundía y todavía, impaciente porque pasaban días, enviarle un nuevo mensaje para preguntar porqué no lo había hecho, y advertirle que no quería enviárselo a un competidor.

Si esa ruta es cierta, La Tuta, el criminal más buscado en México, tiene una enorme capacidad operativa. Significaría que revisó en su videoteca qué sector no había sido tocado por su índice de fuego, y decidió sacrificar a dos de los suyos, uno de los cuales le hablaba con tanta familiaridad, que le daba recomendaciones para superar la campaña de información y propaganda que habían desarrollado los grupos de autodefensa civil. No hay razón clara del porqué entregarlos.

No se sabe la fecha del video, pero se puede establecer que fue después de la entrevista que dio al Channel 4 de la televisión británica
–cuyo enviado quedó embelesado con La Tuta– y antes de una más a Mundo Fox. Lo que es público es que ni La Tuta ni sus colegas criminales necesitaban asesoría para manejar medios. El cártel michoacano tejió durante casi una década una red de relaciones y complicidades con periodistas en el estado, a quienes manipulaban, cooptaban o amenazaban.

Durante el gobierno de Felipe Calderón, el Cisen elaboró un informe donde mostraba que prácticamente todos los corresponsales de medios nacionales en Michoacán tenían relación con La Familia Michoacana. Nunca se hizo nada para enfrentarlo. Se optó por una estrategia discreta, de solapamiento, e inclusive de protección.

Por ejemplo, el corresponsal de un medio crítico del gobierno fue enviado al extranjero por su empresa, cuando supieron que iban a matarlo. No era por su trabajo, sino porque, le dijo un funcionario federal a su director, era el jefe de prensa de La Familia Michoacana, bajo las órdenes de Dionisio Loya Plancarte, El Tío –detenido en enero pasado–, ingeniero de las redes de corrupción del cártel y de las relaciones con la prensa. Otro corresponsal de un medio también influyente que acompañaba a la Policía Federal en operativos, fue congelado al descubrirse que era informante del cártel. Pese a que informaron a sus superiores, no lo despidieron ni lo trasladaron a otra plaza.

¿Por qué razón no hicieron nada el gobierno o los medios? Es un gran misterio. La relación con los medios la manejaba orgánicamente La Familia Michoacana, aunque La Tuta, el menos circunspecto de todos los narcotraficantes, tenía una proclividad superlativa por los medios. Cuando se intensificó su persecución, habló a la televisora del Grupo Milenio en León, y la utilizó como megáfono de sus mensajes al gobierno. Le abrieron el micrófono y lo trataron en forma acrítica. Sus colegas de empresa elogiaron al conductor por la “exclusiva”, que no fue tal. La Tuta los escogió y ellos se dejaron. Cuando enfrentó nuevos acosos, pidió a su lugarteniente por teléfono que buscaran “con sus amigos de Milenio” para que lo entrevistaran. Ya no sucedió. Cuando los directivos de Milenio escucharon la grabación en poder del gobierno federal, entendieron que no estaban haciendo información, sino prestándose a la propaganda criminal.

Si se revisa la nueva conversación del excorresponsal de Televisa –lo despidieron a las horas de difundirse el video–, y se conocen los antecedentes del cártel michoacano con los medios, queda claro que las recomendaciones resultan anacrónicas. La difusión del video no aporta nada a la mecánica de operación del cártel, pero pone en evidencia a un sector que aun en los tiempos más álgidos de la guerra calderonista contra el narcotráfico, vivió en la impunidad.

Si los dos periodistas en el video son o no responsables de colusión con La Tuta, corresponderá a las autoridades aclararlo. Lo que queda de este video, es que un sector intocable hasta esta semana, pero fundamental porque es el que ayuda a moldear a la opinión pública, perdió su blindaje político.

Antes lo perdieron funcionarios y empresarios, gobernantes y policías. Ahora tocó el turno de los medios en Michoacán, dentro de la lógica, cada vez más documentada, de la reconstrucción del tejido social en el estado mediante la guerra sucia más sucia, por abierta y descarada, que se ha vivido en México. El chivo expiatorio es La Tuta, que está en constante fuga y no puede quejarse de que la videoteca que construyó dejó de ser administrada por él hace un buen tiempo, desde que hace más de seis meses cayó en poder de las autoridades federales. ¿Los periodistas? Son desechables, y nadie lo duda hoy en día.

Twitter: @rivapa