Opinión

Naranjos y azahares


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Sevilla

Sevilla es una de las ciudades más bellas del mundo, tiene arte y una esencia especial, no necesita de rascacielos ni centros financieros para figurar en el mundo; el simple olor a naranjos y azahares durante primavera es suficiente para cautivar al mundo entero. No sé exactamente qué es lo que cautiva, sus blancos muros contrastados con el distintivo color ocre de sus remates, sus macetas ordenadas de forma desordenada en maravillosos patios de azulejos coloridos, la extraña mezcla de la cultura mora y española

Ayer por la noche dio inicio de manera formal su feria con el encendido de los farolillos en el recinto principal cuyas calles, por cierto, llevan nombre solamente de toreros, para que no quepa duda de la importancia de la tauromaquia en la sociedad sevillana, donde seguro habrá gente a la que no gusten los toros, y uno que otro anti-taurino. Las corridas los días de pre-feria —miércoles anterior al lunes de farolillos—, así como las corridas son el epicentro de la vida social y cultural de la ciudad hispalense.

Tener la dicha de asistir a los toros en Sevilla es un privilegio. Independientemente de lo que pueda acontecer en su dorado albero, la experiencia mítica de presenciar un festejo en la Real Maestranza de Caballería de Sevilla es un deleite para los sentidos. Todo empieza con el colorido; el cegador blanco de sus pulcros y centenarios muros, contrastados en el albero dorado de su caprichosamente ovalado ruedo; el color vino de su barrera a juego con las rayas del tercio; además los firmes tabiques que reciben la herrería negra trabajada en las forjas gitanas de aquella Sevilla que ha inspirado cante, ópera y drama, a orillas del Guadalquivir, fuente de vida en las marismas andaluzas, y con un cielo azul que hace sentir que desde el mismo se asoman los ángeles para ver torear a un hombre enfundado en seda y oro.

Los silencios de la Maestranza pueden ser majestuosos ante un cite o crueles verdugos de actuaciones que no logran alcanzar el nivel requerido para brillar en su albero. Durante estos eternos instantes de silencio uno puede escuchar la respiración del toro, que mira desafiante al capote que le ofrece un torero. Se escucha como un coro el cantar de las palomas, que gallardas se sostienen en lo alto del tejado de la Maestranza, presenciando una tarde más, un festejo taurino en su hogar. Arranca el toro y las pezuñas raspan en el albero al ritmo que el capote enamora con sus vuelos fucsias y amarillos, la acometida del imponente animal. Viene el olé, distinto a todos, corto y preciso; no acompaña el lance, lo valida. Si la expresión lograda en los mágicos momentos de la lidia alcanza el nivel adecuado, el director de la banda, el Maestro Tejero —solo él—, autoriza que suene la música; con la acústica de cualquier sala de conciertos, en Sevilla el paso doble que sea alcanza la calidad sonora de una obra maestra que acompaña una obra distinta, la de la vida y la muerte, ejecutada por dos seres vivos en el ruedo.

El tendido es también un espectáculo, sus mujeres vestidas con los trajes típicos o elegantemente ataviadas de calle le dan un toque de glamour único. Los hombres, en su gran mayoría de saco y corbata, engalanan, o eso intentan, buscan estar a la altura de las mujeres, que son una cosa digna de verse. Se respira la galantería de otras épocas, donde el hombre es un caballero y la mujer un lujo, valores que hoy ni hombres ni mujeres —en su mayoría— saben apreciar.

El toro es el rey, y por eso en Sevilla se lidia el de mejores hechuras para embestir de cualquier plaza de España. El toro de Sevilla —como le llaman— reúne la seriedad del animal adulto, con la belleza en su trapío que deja satisfecho tanto al público como a los profesionales. Todos los detalles se cuidan a un grado impensable, y eso hace de esta semana en Sevilla una de las más importantes del mundo taurino.
Arte, alegría y tradición: elementos suficientes para hacer esta vida llevadera.

Twitter: @rafaelcue

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