Opinión

Nada para nadie

   
1
   

   

Estado de México

Sólo desde cierto egocentrismo toluqueño se puede afirmar que las elecciones del Estado de México definen las condiciones de la elección presidencial. El comportamiento histórico de las elecciones revela que la victoria o la derrota local no determina el punto de partida y, mucho menos, el de llegada en la subsecuente cita nacional. El partido que gana el Estado de México no necesariamente gana la elección del año siguiente, ni a la inversa. Esta percepción se ha instalado en razón de que al menos en las últimas dos elecciones presidenciales el gobernador era un natural aspirante a la candidatura del PRI, de modo que el refrendo o el castigo en su casa aumentaba o cancelaba sus posibilidades en la disputa interna. Pero más allá de eso, esa elección no vaticina mayor cosa.

La diferencia en esta ocasión es que tanto el PRI como Andrés Manuel López Obrador decidieron hacer de esa elección un plebiscito sobre sí mismos. Después del duro golpe en las elecciones del año pasado, el PRI tenía que apostar su resto en Toluca. Tiene cierto sentido: de las diez entidades con mayor número de electores, ya sólo gobierna tres. Una derrota en ese estado, más la muy previsible alternancia en Jalisco, hubiera significado que el PRI prácticamente desaparecería de la mitad más poblada de México. Dada su alta dependencia del presupuesto público y su baja institucionalidad en la orfandad de los gobiernos, el PRI se jugaba su subsistencia como partido nacional. Pero si bien ha ganado un poco de respiro, no la tiene nada fácil: es claro que el PRI está perdiendo a su electorado más fiel. La estrategia de dispersión del voto para ganar con movilizaciones clientelares se vuelve cada vez más riesgosa. La derrota en Coahuila y el intento desesperado de los Moreira por falsear la voluntad popular, es otra significativa señal de alarma de que su capacidad de captura de electores va claramente en decremento o, dicho de otra manera, de que los ciudadanos, hasta los otrora suyos, los están castigando. Así pues, en lugar de encender fuegos artificiales, deberían estar seriamente preocupados por refundarse o, por lo menos, por renovar su programa, sus liderazgos y sus métodos de vida interna.

López Obrador decidió ser el candidato al Estado de México. Su estrategia fue audaz: si ganaba, sembraba la percepción de su inevitabilidad, y salvo una derrota verdaderamente estrepitosa, cualquier ganancia en representatividad en su primera elección con Morena representaría un innegable triunfo personal. Su saldo es, sin embargo, agridulce. Por un lado, Morena ha arrebatado votos de todos los partidos: se ha convertido en una alternativa trasversal a los distintos tipos de electorado. Ha creado una estructura electoral nada despreciable en la entidad con el padrón más grande del país y, además, forjó un cuadro político (Delfina Gómez) que puede capitalizar electoralmente en el futuro. Pero, por otro lado, recordó las enormes vulnerabilidades de su forma de ser y de su entorno. Muy probablemente sus negativos han crecido. Quizá su barco tenga por ahí un daño estructural que lo deje a la deriva. Por lo pronto, debería registrar que, sin el resto de los partidos autodenominados de izquierda –empezando por el PRD–, su supuesta inevitabilidad es un efecto óptico de su propia ceguera.

Si bien no anticipa nada, el Estado de México sí deja lecciones. La más clara: el PAN no tiene asegurado su lugar como alternativa. Si no somos competitivos por llegar tarde, si sólo bordamos en la furia antipriista o la cantaleta antipopulista, si no somos capaces de ofrecer un relato creíble de la realidad y de sus desafíos, los ciudadanos nos abandonan rápidamente. Es un error estratégico pensar que ya está en la final y sólo necesita cachar un puñado de aliados para alcanzar la minoría mayor: las posibilidades de victoria del PAN no deben depender de nadie; antes de entregarse a los brazos de aliados o coaligados debe definirse en lo que pretende. La inercia del desgaste del gobierno y del PRI es sólo oportunidad para que los ciudadanos escuchen la oferta panista. Y si no queremos que acaben en los brazos de Morena, sería bueno empezar por reconocer que en medio de instituciones que no solucionan la vida de nadie, defender el proyecto de vida institucional exige un poco más de esfuerzo que simplemente anticipar que el lobo está a la vuelta de la esquina.

* El autor es senador de la República.

Twitter: @rgilzuarth

También te puede interesar:
2017, juego nuevo
La pacificación de México
El miedo y la libertad