Opinión

Nada es suficiente

   
1
   

    

Ambición

Lo persigue una sombra. Hace tiempo creyó ser superior a los demás porque nada era suficiente: siempre quería ser el mejor, conocer todos los lugares, divertirse más que nadie, devorarse los países, los vinos, las mujeres. Era muy joven y no se dio cuenta de que lo que parecía amor salvaje por vivir, era hambre.

El sentimiento de insatisfacción llegó con los años y con las muchas cosas que se le han caído de las manos: añicos de personas, de proyectos, de ilusiones, regados por todas partes. Destruyó todo cuanto le pareció poca cosa. Un escándalo imposible de ignorar.

Se hastió de su matrimonio de 15 años y decidió irse a buscar su felicidad. En soledad, se ríe al recordarse tan ridículo, diciéndole a la mamá de sus hijos que se iba porque no era suficientemente feliz.

Muchos proyectos de trabajo le han parecido por debajo de sus capacidades. Critica despiadadamente a sus colegas a quienes considera mediocres por conformarse con lo que sea. La verdad es que está atrapado en una paradoja: mientras más anhela, más desea, más echa a andar la imaginación sobre todas las posibilidades maravillosas que quedan por vivir, menos tranquilo está; se le olvidó qué se siente elegir una sola cosa y no querer nada más; incapaz de conformarse, vive frustrado.

Ha tenido novias, muchísimas. De todos los colores y tamaños. Cuando estaba con una alta, se fijaba en las bajitas. Cuando se enamoraba de una morena, soñaba con una rubia. Las quiere a todas, pero no quiere a ninguna. Es incapaz de entender que todo en la vida sólo puede ser “suficientemente bueno”.

El psicólogo norteamericano Barry Schwartz ha escrito libros y dado conferencias sobre el valor de lo suficientemente bueno, explicando que frente al exceso de oferta la gente tiende a paralizarse al decidir. La libertad se ha vuelto sinónimo de maximizar las posibilidades de elección. Al perder la capacidad de conformarse y estabilizarse con lo que se tiene, se comete el exceso de cuestionar todas las decisiones, de tener expectativas muy altas, de culparse por haber elegido mal.

Son particularmente voraces los narcisistas, por su necesidad patológica de tener lo mejor de lo mejor y de atención y reconocimiento. Ellos y ellas son las principales víctimas de este mal que podría describirse como insatisfacción crónica, decepción irremediable, arrepentimiento eterno.

Schwartz afirma que el secreto de la felicidad es tener bajas expectativas y abandonar la idea de que podríamos haberlo
hecho mejor.

Aquellos capaces de establecerse en relaciones amorosas de una forma solvente, de quedarse en un trabajo que los haga suficientemente felices, que no ambicionan tener más ni mejor, sino que están bien con lo que tienen, viven más satisfechos que aquellos obsesionados con la posibilidad de una opción mejor.

Donald Winnicott, el gran y nada pretencioso psicoanalista inglés, abordó en los años 50 la importancia de la madre suficientemente buena, que es aquella que se adapta de modo óptimo a las necesidades del niño, pero que sabe desprenderse gradualmente para que el chico alcance su autonomía y su libertad.

Existe la posibilidad de que los voraces hayan estado sobrados de madre, siendo los objetos narcisistas de elección, dañándoles profundamente al hacerles creer que eran maravillosos. O que hayan tenido carencias afectivas tan graves, que los vacíos emocionales son hondos y, por tanto, difíciles (no imposibles) de reparar.

* Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

También te puede interesar:
Saber pelear
El miedo a vivir
Nunca me dices nada