Opinión

Nada es para siempre

   
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En 1997 el PRI perdió por primera vez el control de la Cámara de Diputados. La oposición consiguió sumar más de 50 por ciento de los votos, divididos de manera casi igual entre el PAN, que prácticamente repetía sus resultados de 1994, y de una izquierda que crecía de forma importante, e incluso ganaba la jefatura de Gobierno del DF, que se elegía por primera vez. En 1998 las encuestas colocaban a Cuauhtémoc Cárdenas como favorito rumbo al 2000, y no pocos esperaban el desquite de 1988. No fue así. En el 2000 la izquierda se fue a un lejano tercer lugar, y el PAN fue quien cosechó la primera presidencia de la transición.

El PRI no aceptó de buena forma su derrota, pero creyó que se trataba de un fenómeno aislado, y que en 2006 recuperaría con facilidad la presidencia. Pero en 2006 la competencia se centró en los otros partidos, y el PRI se fue a un muy lejano tercer lugar. La derrota de ese partido en 2006 nos hizo pensar a muchos en su posible desaparición. Recuerdo haber visitado las instalaciones del PRI a fines de ese año, y era un edificio abandonado, vacío, lleno de polvo, con los cristales rotos y los baños sin funcionar.

Seis años después, ese PRI que parecía en camino de la desaparición, recuperó la presidencia, y se quedó apenas corto de alcanzar nuevamente la mayoría en el Congreso. El PAN cayó al tercer lugar, y no faltó quien supuso que ése sería su lugar en adelante. Más cuando el PRI, con sus alianzas, efectivamente logró una mayoría simple en Diputados en 2015, muy frágil, pero mayoría al fin. En esa dinámica, para el PRI sonaba razonable repetir su éxito de 2010 y ganar nueve de las 12 gubernaturas.

Como usted sabe, eso no ocurrió. El PRI tuvo su peor derrota en elecciones locales de la historia, más cuando esa derrota significa la mayor victoria del PAN. Dicho de otra forma, la elección de 2018, que el PRI ya veía ganada, está ahora en competencia con un PAN que no se queda en tercer lugar, sino que hoy tiene ya más votos que el PRI, sin considerar sus partidos satélites.

El perdedor de 2006 y 2012, que muchos siguen viendo en condiciones competitivas, en realidad tuvo 9.0 por ciento de los votos a nivel nacional el año pasado y 13 ´por ciento este domingo. Le ha logrado quitar al PRD parte de sus votos, pero parece haber obtenido más del PRI. En cualquier caso, hoy no tiene plataforma para competir, aunque siga siendo muy conocido y siga usando al sistema en su beneficio, siempre en el margen de la ley. Una cantidad muy grande de los colegas sigue pensando que será un actor en 2018, pero los datos hoy no sostienen esa creencia.

Lo que ha ocurrido en los escasos 20 años que llevamos en democracia es realmente interesante. Nadie gana ni pierde de forma permanente. Quien parece puntear acaba en tercer lugar. Quien parecía al borde de la extinción, gana. Hoy mismo, las cifras apuntan a que en 2018 la competencia será entre el PRI y el PAN, no entre AMLO y un independiente, como ya se promovía desde la semana pasada. Sin grandes elecciones de aquí a la presidencial, pensaría uno que este escenario está fijo. No lo creo, porque el impacto internacional será importante, tanto en cuestión económica como con sus ejemplos electorales.

Pero no olvidemos que la democracia es el sistema político más eficiente para lidiar con la incertidumbre: no sabemos quién va a ganar, pero sabemos cuándo se irá. Y sabemos que no hay ni ganadores ni perdedores para siempre. Todos tranquilos.

El autor es profesor de la Escuela de Gobierno, Tec de Monterrey.

Twitter: @macariomx

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