Opinión

Nacionalismo económico, otra vez

       
1
 

    

trump

En Estados Unidos, entre 1871 y 1913 las gabelas a las importaciones no bajaron de 38 por ciento, el doble que las británicas. Esto frenaba el crecimiento del país, pero al mismo tiempo permitía sostener un sector público fuerte. Para hacer al gobierno menos dependiente de ese tipo de ingresos, Theodore Roosevelt impulsó la ratificación de la Decimosexta Enmienda, que permitió la creación de un impuesto sobre la renta federal.

Aun así, los republicanos hicieron que prevalecieran sus políticas mercantilistas porque las envolvieron en un nacionalismo exacerbado. Tachaban de malos americanos a los que compraban productos extranjeros y acusaban a quienes querían eliminar los aranceles de ser parte de una conspiración para entregar la economía a Gran Bretaña.

Todo empeoró con la Gran Depresión. Para enfrentar el cierre de fábricas y los despidos, Herbert Hoover auspició la Ley Smoot-Hawley, que impuso gravámenes a veinte mil artículos, algunos al 100 por ciento. Los ingleses respondieron con el Sistema Imperial de Preferencias (que privilegiaba los negocios dentro de la Mancomunidad Británica) y se desató una guerra de tarifas que redujo a la mitad el comercio mundial.

Las cosas empezaron a cambiar con Franklin D. Roosevelt. Cordell Hull, su secretario de Estado, logró vencer la resistencia del Congreso y pasar la Ley de Acuerdos Comerciales Recíprocos, que dio al Ejecutivo el control en esa materia e inició una tendencia a liberalizar el intercambio mundial de mercancías.

Sin embargo, Estados Unidos (EU) no abrazó esa política en serio hasta después de la Segunda Guerra Mundial, cuando ya era la primera potencia económica y ni Europa ni Asia, destruidas en la contienda, le podían hacer competencia.

¿Campeón del libre comercio?

Como Estados Unidos propició la creación del GATT (1948) y de la OMC (1995), se suele pensar que es el país más accesible. La realidad es que en las anteriores siete décadas ha protegido a sus sectores agrícola e industrial de mil formas, incluso bajo la cubierta de preocupaciones ambientales o laborales. Esto se ha venido acentuando desde los años ochenta, cuando la manufactura entró en crisis y sindicatos, patrones y gobiernos locales exigieron apoyo del gobierno.

El mismo Ronald Reagan, promotor del Consenso de Washington y de la apertura, cedió a las presiones de los fabricantes de su país, incapaces de superar la eficiencia de los procesos y la calidad de los productos nipones. Para salvar a Ford, General Motors y Chrysler, acusó a Japón de practicar dumping (ganar mercado vendiendo por debajo del costo) y castigó a Nissan, Toyota y Honda con impuestos (mil dólares por automóvil en promedio) y cuotas disfrazadas (“restricción voluntaria de exportaciones”). Los compelió además a poner sus plantas en territorio americano y a comprar ahí las autopartes.

A Yamaha y a Kawasaki de plano les puso un impuesto de 45 por ciento y no les dejó importar motocicletas de alta cilindrada, que le quitaban los clientes a Harley-Davidson.

Con similares acciones abrió el mercado japonés para las televisiones, semiconductores, computadoras y herramientas eléctricas americanas.

Aunque los siguientes presidentes (George H. W. Bush, William Clinton, George W. Bush y Barack Obama) propiciaron convenios bilaterales y multilaterales, no dejaron de limitar la entrada del acero, el azúcar y los textiles extranjeros. Los industriales, que decían no demandar protección sino ayuda (import relief), incluso lanzaron a Ross Perot como candidato, haciendo perder a Bush padre la reelección.

Más recientemente, al mismo tiempo que Obama negociaba nuevos acuerdos con Corea del Sur, Colombia, Panamá y Centroamérica, y trataba de concluir los pactos Transpacífico y Transatlántico, le recetaba derechos compensatorios a un gran número de productos chinos.

Recordemos que a pesar de lo previsto en el TLCAN, México ha tenido que salvar innumerables obstáculos para el ingreso del autotransporte y para venderles tomate, aguacate, atún, pollo o carne de res.

El credo nacionalista de Donald Trump en la convención de Cleveland (“compra americano, contrata americano”) no es muy diferente al de Reagan en la convención de Detroit en 1980. En aquella ocasión el republicano terminó su discurso diciendo “Let´s make America great again”.

Como él, Trump se presenta como un partidario de la libertad económica que se ve forzado a tomar medidas 'defensivas' (que no proteccionistas) temporales. Asegura que no lo quisiera hacer, pero las prácticas desleales de China y los tratados 'asimétricos' con México y Corea del Sur, que perjudican al trabajador americano, no le dejan otra opción.

También te puede interesar:
Nacionalismo económico, el principio
Obama, recuperación desigual
​Obama, desentenderse del mundo