Opinión

Nación fronteriza

21 abril 2017 5:0
 
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Caravana. (Reuters)

Uno. No la encuentro reflejada en los planes y programas de investigación humanista (ahí donde, rara avis, los hay), pero la Nación Fronteriza existe, resiste. La forman el Norte de México y el Sur de los Estados Unidos.

Dos. No simple Zona Económica Especial binacional, sino espeso tejido social y cultural que fue diluyendo la línea jurisdiccional, límite de soberanías vecinas, en aras de un espacio tercero, común, nuevo, mexicano y norteamericano.

Tres. Con el agravante histórico de que el Sur de Estados Unidos fue, hasta 1848, Norte de México. No pocos individuos, no pocas familias, no pocas comunidades, pasaron de la noche a la mañana a una condición nacional diversa a la de sus ancestros. Los originales colonizadores de Texas, California, Arizona, Nuevo México.

Cuatro. De ahí el lado luminoso, que cuando las luchas revolucionarias de 1910 a 1921, obligó al exilio a muchos compatriotas (lo mismo Vasconcelos que Guzmán, García Naranjo que Villarreal), estos encontraran, del otro lado de la “raya”, hospitalidad solidaria.

Cinco. Aunque, más que de exilio mexicano en Estados Unidos, mientras aquí se destazaban Huerta, Carranza, Villa, Obregón, Calles, habría que hablar (como ocurrirá con los republicanos españoles), de transtierro. Forma la más extrema de desarraigo, el exilio comporta idioma, cultura, cocina, del todo extraños, extranjeros.

Seis. No pocas experiencias he tenido con la Nación Fronteriza. Como ejecutivo universitario, con San Antonio, sitio de la primera extensión de la UNAM; como reportero, con el viaje por tierra y en autobús, de Monterrey a San Antonio, dejando Laredo; como académico, con Austin, Dallas, Los Ángeles a últimas fechas.

Siete. A Los Ángeles me han conducido las abierta, plurales, recuperaciones críticas, en la California State University, de Mariano Azuela y Alfonso Reyes (mientras aquí, la Fundación Juan Rulfo se inclina por la autofagia, la intolerancia, una especie de rulfi-fundamentalismo).

Ocho. Buen sabor de boca me siguen produciendo, en el marco de los 70’s y los 80’s, los binacionales Encuentros de Mexicanistas (crítica e historia de la literatura mexicana), así como los acercamientos al Movimiento Chicano (hasta se creó en la UNAM un Centro de Estudios Chicanos).

Nueve. De mi última incursión a los Ángeles, este mes de abril, anoto el barrio de Glendale.

Diez. Dos grandes centros comerciales, claro está, Glendale Gallery, cubierto, y Americana at Brand, callejero. Una plaza que no desmerecería en Madrid. Y, cruzando Brand Boulevard, el Museo del Arte Neon.

Once. Reconozco que jamás imaginé, tamaño renacimiento de aquella iluminación de la noche urbana, iniciada en París en los 20’s, mudado ahora arte escultórico con tal cúmulo de aristas. Nuevo elemento: plasma.

Doce. Frente a la plaza, bordeado de cafés, tiendas y bares, el edificio eduardiano en tres niveles de la librería Barnes & Noble. Entre otros títulos me topo con el libro de Luis Valdez, uno de los epígonos del Movimiento Chicano, Zoot suit, apología del Pachuco que no escapó a la voracidad de Hollywood.

Trece. En fin, esta es la Nación Fronteriza, mexicana y norteamericana, y en California multirracial, que Donald Trump, con su fementido muro y su descalificación del Tratado de Libre Comercio, intenta (conjeturo desde ya que sin éxito), borrar, desaparecer.

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