Opinión

Muy cerca

Gil vio con los ojos de plato el momento en el cual la Selección Mexicana se acercó al triunfo, a la utopía del quinto partido. Un gol de Giovanni en el inicio del segundo tiempo, un recorrido de locos en el horizonte del área rival, un poco a lo Messi, y un disparo al rincón. México ponía contra la pared a Holanda, uno de los equipos más potentes del torneo. Parecía un sueño. Gil considera que la autocomplacencia es inservible, pero la roña es peor: México jugó bien, muy bien, y cayó por algo que se podría llamar el factor Robben. Con ese factor, los naranjas destrozaron a España y le metieron cinco goles.

Nada más duro en la vida y en el futbol que ese momento en el cual el éxito está a la vista y de pronto se desvanece. Todo queda a oscuras. El equipo jugaba por nota, pero además improvisaba en la media cancha. La gran noticia para el futbol mexicano es que ha surgido un jugador de polendas (gran palabra). Héctor Herrera juega como le da la gana, arma y defiende, tira de media distancia, penetra en lateral y recorre el área rival (al-al). Un gran jugador. Gil repite: un gran jugador. Acompañado de un día luminoso de Giovanni, de la calidad de Márquez, de la experiencia de Salcido, de los embates de Layún, de la velocidad de Aguilar, el equipo estaba a punto para dejar atrás, tendida en el césped, a Holanda. La fractura de Moreno fue una desgracia, pero Diego Reyes hizo su trabajo con seriedad. Aún había tiempo y esperanza.

El factor Robben

Faltaba considerar el factor Robben. Esa cifra consiste en un jugador capaz de avanzar como una polilla en la madera. Roben no logró entrar con peligro en el área mexicana, pero era cosa de tiempo. Un diablo, Robben encontró el camino en el cual su velocidad y maldad destroncaron a la defensa mexicana. Y los tiros de esquina, un suplicio infernal. Al final, en un corner, la defensa descuido el rebote, regaló un balón y Schneijder le pegó a la bola como pocas veces ha visto Gamés, un golpe mortal. Empate a uno en el minuto 87. Gil confiesa que se jaló los pelos. El empate enferma a México pues considera que es la antesala de la derrota y no el momento en el que ninguno de los dos equipos ha sido capaz de superar al rival. En fon.

Si Gil tuviera que ponerse pesado, escribiría aquí que los cambios de Miguel Herrera fueron erróneos. Una vez perdido Moreno en trágicas circunstancias, Herrera decidió retirar del campo a Giovanni y darle su lugar a Aquino. ¿Por qué, si en los partidos anteriores el cambio era Giovanni por Hernández, para qué inventar? Gamés se ensombreció. Fuera del campo Oribe y Giovanni, Hernández jugaría sólo allá en el fondo, y en efecto, nadie pudo darle un pase en profundidad. Por cierto, Aquino jugó bien, pero se trataba de otro equipo. El diablo Robben penetró las líneas enemigas, hasta la línea de meta, Márquez metió el pie, apenas tocó al diablo naranja y el árbitro marco un penalti. Adiós al quinto partido.

Adiós

México se despide de nuevo en el límite de los octavos, a punto de los cuartos del torneo. Desde luego, Gil no comparte la idea de que los fracasos nos enseñan incluso más que el éxito. Falso de toda falsedad: nada como la victoria. También es verdad, por cierto, que como quiso Dickens, el fracaso le enseña al hombre algo que debía aprender. México jugó bien y la copa sigue su curso.

La máxima de Oscar Wilde espetó dentro del ático de la frases célebres: “La realidad es que los éxitos se los llevan los fuertes y el fracaso los débiles, y eso es todo”.

Gil s’en va.