Opinión

Mutilados y ofendidos

Quieren hablar con el presidente Enrique Peña Nieto. Son 15. Han viajado 20 días sólo con el apoyo de las personas que se solidarizan con ellos. Son los mutilados de los trenes de México.

Son el rostro de una cuenta pendiente del Estado mexicano. La deuda del país con los derechos humanos de los migrantes. El pasivo de una política migratoria errada. El saldo del dolor.

Representan a los alrededor de 500 migrantes hondureños mutilados en nuestro país. Pero quieren representar a más: a todos los que intentan atravesar nuestro territorio para llegar a Estados Unidos, los que han sido y son vejados, humillados, agredidos, violados, secuestrados, asesinados en el trayecto.

Viajan en autobuses, con sillas de ruedas, prótesis, bastones, algunos sin manos, otros sin brazos, sin piernas.

Quieren hablar con el presidente del país que ve sin ver a los migrantes centroamericanos, que sabe de sus padecimientos a manos de la delincuencia común y de la organizada, de los malos servidores públicos, de los victimarios del indefenso, y que sin embargo ha permanecido estático, y apenas ha acertado a algunos cambios legislativos, pero que no se ha comprometido a fondo frente a la tragedia.

Tres semanas antes de reunirse con el mandatario mexicano, el presidente de Honduras, Juan Orlando Hernández, no los quiso recibir, cuando fueron a pedirle que cumpliera la promesa de su antecesor, Porfirio Lobo, quien les ofreció un plan de vivienda. Tal promesa se esfumó, como tantas otras.

No los recibió el presidente de su país y ahora piden audiencia con el presidente de otra nación, la del recorrido migrante, el inmenso territorio que es como una barda de más de tres mil kilómetros de ancho y que se ha constituido en el territorio más peligroso para migrantes en el mundo.

Sólo contando a los hondureños, dos personas son mutiladas cada mes, en promedio, desde hace 15 años. Demasiado tiempo para no hacer nada. La parálisis, la indiferencia, la incapacidad, son cómplices del drama.

Hasta hace unos días, el actual gobierno de la República no se había pronunciado respecto de la experiencia de los migrantes en México; los dos gobiernos anteriores lo hicieron sólo retóricamente, sin sustancia ni consistencia. El 2 de abril lo hizo el propio presidente en su visita oficial a Honduras. En Comayagua, Peña Nieto dijo que hará todo lo posible para garantizar el respeto a los derechos humanos de los migrantes centroamericanos.

Dio una señal de la voluntad de su gobierno al autorizar la apertura de cuatro consulados hondureños en Tenosique, Acayucan, Saltillo y Hermosillo.

Sigue otra señal: recibir a los 15 integrantes de la Asociación de Migrantes Retornados con Discapacidad (Amiredis). Será mucho más que un buen gesto. Que el presidente de México reciba a los cercenados por los trenes dirá claramente que el gobierno sabe saludar a las víctimas del olvido, que puede enfrentar la dura experiencia de ver a la cara a los mutilados, que se conduele de su pérdida y está dispuesto a comprometerse a que no sigan aumentando las cifras de la tragedia: no más migrantes mutilados, humillados, secuestrados, asesinados en México.

Esperamos esa sensibilidad humana y ese compromiso político.