Opinión

Mutaciones X

X Men: Días del futuro pasado o la realidad alternativa. Ante la insistencia de reciclar las ideas exitosas de los films contemporáneos que acaparan la taquilla, parece que la única salida consiste en reconstruir las sagas fílmicas más destacadas ya no tanto basándose en el argumento original sino desmenuzando su interior. Quiere esto decir que la creatividad contemporánea se exige a sí misma pensar que en una misma mitología popular existen realidades alternativas basadas en la teoría de las cuerdas. Teoría en donde el espacio-tiempo puede compactarse, modificarse o replantearse partiendo de cero como posibilidad asequible.

Es así que el complejo universo de X Men: Días del futuro pasado (2014, Bryan Singer) presenta dos puntos de inflexión: el “presente” 2023 y el pasado 1973, cuando tras un accidentado atentado que Mystique (Jennifer Lawrence) lleva a efecto contra el doctor Boliver Trask (Peter Dinklage), cambia el futuro y por su culpa se crea un ser invencible que exterminaría a todos los mutantes del vasto universo Marvel. Sin embargo, el guión de Simon Kingberg, Jane Goldman & Matthew Vaughn, propone un viaje al pasado con los poderes síquicos de Kitty Pryde (Ellen Page) y un casi lavado cerebral mortal efectuado sobre la humanidad del resistente Wolverine (Hugh Jackman).

En consecuencia el futuro que aún no existe, el sugerido 2023 se transforma al modificar lo sucedido en 1973. Aquí se plantea esa realidad alternativa a la que ha recurrido el cine contemporáneo hollywoodense desde las fantasías futuristas de James Cameron y sus Terminators (1984, 1994), hasta la comedia sobre el viaje en el tiempo Volver al futuro (1985, 1989, 1990, Robert Zemeckis), justas herederas del film pionero Escape al futuro (1979, Nicholas Meyer) inspirado en H. G. Wells. En consecuencia, la realidad alternativa que establece el film permite adivinar que se replanteará de nuevo el origen y la evolución de los X-Men, serie que ya en su séptima entrega no sólo no presenta muestras de cansancio sino que resulta la más consistente mito-poética del cine contemporáneo.

X-Men: Días del futuro pasado o las mutaciones del relato. Si bien el film propone todas las circunstancias tradicionales de este neo-género que es el cómic hipervisual, con sus enemigos mutantes prácticamente indestructibles tal cual lo exige el canon, también plantea que el relato mismo es susceptible de someterse a una serie de mutaciones. Mutaciones que permiten la resurrección de viejos personajes. Mutaciones que sugieren la aparición futura de alternativas para que la historia de los X-Men se mantenga estática en un mismo tiempo y lugar (el presente), y seguir así extendiendo vasos comunicantes con el pasado. También con el futuro. Mutaciones que combinan en el argumento pasado y futuro, esa fusión del presente que se ve con admiración inmarcesible en la pantalla cinematográfica. O sea, las mutaciones del relato sólo son concebibles en una pantalla convertida en lienzo. Lienzo donde se plasma la versión más simple de la teoría de cuerdas. O tal vez no la más simple sino la más pop.

Con ello, las mutaciones del relato prefieren la eficacia del argumento bien armado, con sus momentos de humor pero también con sus instantes de enorme dramatismo. Destacan los instantes en el que los personajes subrayan su esencia y participan en la alteración del futuro, ese lugar lleno de mutaciones sujetas a modificaciones de último minuto para intensificar cada instante previo de la historia. Es así que lo visual ocupa un segundo lugar, a pesar de la vistosa fotografía de Newton Thomas Siegel, porque lo primordial es que el argumento y sus múltiples mutaciones funcionen con la eficacia requerida para que la saga continúe y se recicle de principio a fin. Los X-Men demuestran que fílmicamente generarán innumerables mutaciones e innumerables universos a partir de ahora.