Opinión

Murió Ignacio Padilla, contradictorio cervantista

 
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Miguel de Cervantes. (www.siglodeoro.org)

En la madrugada del pasado 20 de agosto, en lamentable accidente carretero ocurrido en las cercanías de Querétaro, ciudad de su residencia, encontró la muerte el destacado escritor mexicano Ignacio Padilla (Cd. de México, 1968). Fue reconocido cervantista, aunque muy extraño.

Dueño de sólido bagaje intelectual, cursó la maestría en Letras Inglesas en la Universidad de Edimburgo e hizo el doctorado en Filología Hispánica en la de Salamanca. Ambos posgrados le permitieron conocer bien tanto la obra de William Shakespeare como la de Miguel de Cervantes, según lo demostró ampliamente en sus ensayos de crítica literaria.

Conocía tan bien la obra del célebre alcalaíno que escribió y publicó una trilogía cervantina. Al primer volumen de ésta, aparecido en 2005, le dio el título de El diablo y Cervantes y al segundo el de Cervantes en los infiernos. El tercero, Cervantes & compañía, fue editado por Tusquets apenas en marzo pasado, es decir, escasos cinco meses antes de su inesperada muerte.

El último de los mencionados, que culmina la trilogía, comprende cinco ensayos. En la pieza central y más extensa de este volumen (134 págs.), que lleva como título Versos de Shakespeare y desdichas de Cervantes, Padilla hace una comparación entre las obras cervantina y shakespereana, comparación en la que parece estar empeñado en empañar la del español y enaltecer a como dé lugar la del inglés. Amerita comentario por separado.

Pues bien, aunque Padilla dice contarse entre “los admiradores de Cervantes” (pág. 50), en ese librito, de manera extraña e innecesaria y casi siempre sin venir al caso, aplica a Cervantes los peores calificativos. Así, señala de él “su escandalosa impericia para la vida” (pág. 21), lo tacha de “hombre derrotado, emponzoñado” (pág. 22) y lo llama “amilanado” (pág. 44).

Tan consciente estaba Padilla de lo anterior, que en un pasaje confiesa lo siguiente: “Acepto –dice- que he escrito duramente contra el Hombre de la Mancha, contra la imagen romántica que tenemos de don Quijote e inclusive contra la idea de un Cervantes impoluto, dechado de virtudes, incontrovertible santo del erasmismo” (pág. 108).

Sin embargo, Padilla no deja ahí las cosas. De manera verdaderamente inaudita incurre en el exceso de “llevar a Cervantes, su pensamiento y su obra al banquillo de los acusados” (págs. 109-118), para lo cual nombra a tres fiscales, quienes le fincan otras tantas acusaciones. Pero se olvida Padilla del más elemental derecho de todo acusado a tener un defensor, pues ni siquiera uno de oficio le asigna.

El primer fiscal acusa a Cervantes de haber sido “un ludópata confeso, un valentón impenitente y asiduo parroquiano de tabernas de mala nota” y otras lindezas por el estilo. Un buen defensor para el caso pudo haber sido don Luis Astrana Marín, autor de los siete enormes tomos de la Vida ejemplar y heroica de Miguel de Cervantes, publicados entre 1948 y 1958.

El segundo fiscal, ¡qué ridículo!, acusa a Cervantes de haber carecido de claridad de pensamiento y sido en el terreno de las ideas un simulador y gran farsante. Frente a esta acusación, un excelente abogado pudo haber sido Américo Castro, autor del monumental libro El pensamiento de Cervantes, en particular como autor de la edición de 1972.

El tercer fiscal acusa a Cervantes de haber incurrido en “incontables errores sintácticos, estilísticos y estructurales” que se encuentran a lo largo de su obra. Aquí pudo haber tenido Cervantes varios defensores. Pero con uno solo habría sido suficiente: Ángel Rosenblat, erudito autor de La Lengua del Quijote, que casi estoy seguro Padilla no conoció.

¿Qué impulsó esta actitud tan agresiva de Ignacio Padilla hacia su admirado Miguel de Cervantes, cuya obra sin duda conoció muy bien? Salvo que algún amigo o discípulo suyo lo sepa con certeza, es probable que estemos ante un secreto que se llevó a la tumba. Descanse en paz.
 
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