Opinión

Mujeres y poder

   
1
    

        

Hillary Clinton. (Especial)

Un mundo verdaderamente igualitario sería uno en el que las mujeres dirigieran la mitad de los países y las empresas y los hombres dirigieran la mitad de los hogares

Sheryl Sandberg


Son los estereotipos inconscientes y culturales los que nos hacen percibir a Hillary Clinton o a cualquier mujer con poder, como fría, dura y poco agradable; porque las mujeres deberían ser amigables, educadas, cooperativas y complacientes.

En un estudio de la Universidad de Northeastern, Lisa Feldman encontró que los estereotipos emocionales influyen en la percepción de las expresiones faciales de hombres y mujeres. La gente tiende a pensar que si una mujer está seria es porque está de mal humor o porque es demasiado temperamental; sin embargo, frente al rostro adusto de un hombre, las personas suelen pensar que solo está teniendo un mal día.

No solamente los observadores externos piensan así. Las mujeres también creen que deberían ser empáticas y que son mucho más emotivas que los hombres, que piensan lo mismo de ellas y que creen que ellos deberían ser estoicos y analíticos.

Se ha encontrado que las mujeres que aparecen como víctimas debilitadas, suelen obtener veredictos más favorables en los juzgados que las mujeres que se presentan enojadas y exigiendo justicia. Algo similar pasa en el ámbito laboral, cuando las mujeres piden un aumento, ser tratadas con justicia o cuando denuncian sexismo y se enfrentan a la suspicacia y al rechazo del sistema laboral.

Según un estudio exhaustivo publicado este año en Estados Unidos y dirigido por Leanin.org, (fundada por Sheryl Sandberg) estamos a 100 años de la igualdad de género. La discriminación sigue practicándose del sistema al individuo, pero también de adentro hacia fuera, con la internalización de los roles de género.

La ambición se considera un rasgo negativo en las mujeres y positivo en los hombres. En ese sentido, he escuchado a muchos hombres y mujeres referirse con más frecuencia a otras mujeres como “perras competitivas” y describir sus ambiciones como desproporcionadas. Parece ser que es menos desagradable tener un jefe gritón y neurótico que una jefa gritona y neurótica, a quien sí se califica como loca, hormonal o demasiado emocional.

Las mujeres están mucho más preocupadas que los hombres por el “Síndrome del impostor”, temiendo que tarde o temprano alguien descubra que no son tan talentosas como parecen. Se sienten más inseguras porque están más vigiladas para dar resultados. Muchas viven angustiadas, pensando que tendrán que tomar decisiones que favorezcan la vida familiar por encima del trabajo. En muchos hogares la manutención es compartida pero la crianza sigue correspondiéndole a la mujer.

Las mujeres mucho más que los hombres, se sienten obligadas a hacerlo todo y hacerlo bien, acumulando una brutal angustia de desempeño. Todo esto bajo el supuesto de que la mujer pertenezca a una clase social y racial, que le permita un poco más de libertad frente a la opresión y dominio sistémico que sufren más las mujeres pobres o que pertenecen a una minoría.

Prudence Gourguechon, psiquiatra y psicoanalista norteamericana, afirma que las mujeres poderosas son una amenaza psicológica, debido al miedo ancestral y oculto sobre el poder que una mujer puede llegar a tener. Por ejemplo, Diego Fonseca describió a Hillary Clinton en su nota del New York Times como la “directora del instituto” refiriéndose al debate en el que enfrentó a Trump la semana pasada.

Todos tenemos sentimientos, fantasías, esperanzas y miedos que despertaron con los adultos importantes de nuestra vida y que transferimos a nuestras relaciones presentes, de modo inconsciente. Debido a esa “transferencia materna”, nadie quiere que una candidata o una jefa o una novia, suene como una madre demasiado dura y regañona.

Las mujeres siempre enfrentarán el problema de parecer demasiado duras o no suficientemente duras. La ambivalencia hacia las mujeres en el poder habla de lo importante que es la figura la madre omnipotente en nuestras vidas. Una mujer poderosa puede recordarnos los aspectos negativos de la madre que regaña, prohíbe, avergüenza y controla.

Es una enorme (y entendible) injusticia que se espere que las mujeres sean fuertes y poderosas, pero al mismo tiempo maternales y generosas.

Desactivar los sesgos inconscientes y culturales sobre las mujeres en el poder, sigue siendo una tarea titánica para todos los que anhelamos una sociedad más igualitaria.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.

Twitter: @valevillag

También te puede interesar:

Enigma del masoquismo
Corazón hambriento
Algunas reflexiones sobre enojo y venganza*