Opinión

Mujeres y estructuras de exclusión: pensar fuera de la caja

18 octubre 2016 5:0
 
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Campesina

Llega la mitad del décimo mes y con él, dos días muy importantes para la comunidad internacional, el 15 de octubre que es el Día Internacional de las Mujeres Rurales y el 16 de octubre que es el Día Mundial de la Alimentación.

Mujeres rurales y alimentación son dos temas que arrastran consigo diversas luchas inacabadas: el combate a la pobreza, la exclusión social y la inseguridad alimentaria.

En este sentido, parecería que ahora si el compromiso de los países, entre ellos el nuestro, es que la Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible no deje a nadie atrás, aunque cada vez el desafío se hace más complicado pues al escenario se añade cambio climático y migración.

El diagnóstico sobre la condición de la mujer es exhaustivo y hay bastante literatura que muestra que las mujeres siguen apareciendo en las estadísticas como las más pobres entre los pobres, concentrando índices de desnutrición, discriminación y violencia. Existe suficiente evidencia empírica acerca de la disparidad salarial de la mujer, de su baja participación en la esfera política, hasta el crédito empresarial y productivo tiene un sesgo masculino. Es una gran noticia cuando la portada de alguna revista de negocios anuncia que una mujer asume un alto cargo en alguna corporación connotada, ya que son contadas las mujeres que a nivel mundial logran llegar a un puesto de tal tamaño.

Ante esto, cabe preguntarnos, ¿qué tanto se ha cambiado la forma de abordar los problemas que enfrentan las mujeres para poder tener cambios realmente transformadores principalmente en países en vías de desarrollo y preferiblemente antes del año 2030?; ¿qué tanto ha cambiado la estructura mental de nuestra sociedad, para que las mujeres tengan una posición de equilibrio e igualdad de oportunidades frente a los hombres y frente a la sociedad? Parece que ahí está el dilema, no hace muchos días el presidente de Nigeria dijo delante de la Canciller alemana Angela Maerkel, que “su esposa pertenecía a su cocina”.

No faltan ejemplos de declaraciones similares en funcionarios mexicanos, de otros países y de diversas corrientes políticas. Esto es, a pesar de que las políticas públicas en pro de la mujer han avanzado de los presupuestos de género y las cuotas de mujeres en la esfera de los apoyos públicos o de candidaturas políticas, a formas más específicas de empoderamiento como la capacitación, la asistencia técnica y el acceso a crédito, lo cierto también es que poco se podrá seguir avanzando mientras las propias políticas e instituciones (tanto instituciones formales como las que regulan la vida de una comunidad) en su operación o implementación refuercen o reproduzcan roles y parámetros de comportamiento “tradicionales” en una mujer.

Por tal motivo, en la discusión de cómo empoderar a la mujer y revertir su condición de exclusión hay que pensar fuera de la caja y no preconcebir conceptos que llevan a ambigüedades en las que se resuelven otras cosas, excepto las necesidades de las mujeres.

Ejemplos de esto último se pueden enumerar. En programas de combate a la pobreza como Prospera, se asume que poner dinero en manos de las mujeres es sinónimo de empoderamiento, ya que tienen más poder de negociación en el hogar, cuando en realidad existe una etiqueta social de este dinero en la cual, la mujer Prospera es para el resto, una mujer que debe al Estado y a la sociedad, es decir, recibir el subsidio la obliga a asumir corresponsabilidades y más allá, responsabilidades como limpieza de aulas, calles o clínicas de salud, deslindando a otros miembros de su familia y del pueblo que debieran compartir tales obligaciones, reforzando sus roles tradicionales “maternales” y de sumisión.

En otros casos, se preconcibe que brindar apoyos a la mujer rural para que se convierta en productiva –como si no lo fuera- debe quedar sujeto a programas de formación y capacitación, haciendo uso del tiempo de las mujeres de forma unilateral y abrumadora.

O bien, en el ámbito de las microfinanzas, para que una mujer reciba crédito se le otorga en grupos solidarios, haciendo uso y abuso de la colectividad como forma de mutualismo; cuando muchas veces el agrupamiento responde al uso del capital social en las mujeres para reducir costos de información y transacción del microcrédito, como filtro de la demanda y construcción del mercado, más que un vínculo de ayuda mutua.

Por eso, es ineludible visualizar el problema de la mujer rural con empatía, fuera de ideas de gabinete, lo que significa que gobiernos, ONGs, instituciones financieras, académicos, entre otros, deberán invertir más recursos humanos, talentos y capacidades, para salir a buscar a las mujeres en su diversidad, preguntar y entender sus necesidades, a fin de romper con barreras estructurales y sobre todo, evitar que las intervenciones sigan siendo un reforzamiento de relaciones de poder- sumisión de las mujeres.

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